[\] CINCUENTA Y DOS

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C I N C U E N T A Y D O S
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Un nuevo día había llegado y la italiana estaba sentada en la cama, su mano aún estaba encadenada al ahora poste de metal

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Un nuevo día había llegado y la italiana estaba sentada en la cama, su mano aún estaba encadenada al ahora poste de metal.

Su mirada se mantenía fija en un punto indeterminado, ignorando por completo la presencia de Jim, quien iba de un lado a otro de la habitación con pasos rápidos y erráticos, casi parecían desesperados.

El hombre parecía más perturbado que nunca, y cada segundo de silencio por parte de Mia solo avivaba su ira contenida, la castaña en sus leves contemplaciones había observando incluso un pequeño tic.

—¿Por qué me haces esto, Ángel? —preguntó de repente, deteniéndose frente a ella. Su tono de voz era casi suplicante, pero la tensión en sus hombros traicionaba su frustración—. Yo no quiero lastimarte. Lo sabes, ¿verdad?

Se sentó en la cama con ella, Jim extendió sus manos para acariciar los despeinados cabellos de la castaña y sus mejillas húmedas por las lágrimas derramadas.

Mia continuó sin responder, aunque su mandíbula se tensó, y ciertamente todo su cuerpo lo hizo cuando el hombre la tocó. No estaba dispuesta a darle ni una sola palabra, no después de lo que había hecho o de todo lo que había hecho.

Jim se inclinó hacia ella, sus ojos parecían estar  ardiendo de rabia.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó, golpeando la pared cercana con el puño. El sonido resonó en la habitación, pero la joven psicóloga  no reaccionó.

La calma aparente de Mia solo lo enloqueció aún más, los hombros de la joven subieron y bajaron intentando recomponerse a ella misma para no reaccionar.

—No quiero hacerte daño —repitió, esta vez con un tono más oscuro—. Pero no me estás ayudando, Mia. Ángel Si sigues así... —se interrumpió, pasando una mano por su cabello, como si estuviera luchando contra sus propios demonios—. No me obligues a hacer algo que ambos lamentemos.

No hubo respuesta, y eso solo hizo que aquel tic y tironeo nervioso en su rostro aumentara, se alejó de la castaña y salió de la habitación dando un portazo.

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La oficina de la UAC parecía un auténtico campo de batalla, agentes mantenían ojeras bajo sus ojos mientras otros se paseaban con tazas de café para mantenerse en pie.

Casi un mes, donde no tenían idea del paradero de la joven psicóloga de la unidad y eso ciertamente les tenía aún más en alerta.

García, quien ya estaba al borde del colapso emocional, atendió la llamada con rapidez, una vez el teléfono fijo del lugar comenzó a sonar. Al escuchar la voz de Jim, hizo un gesto a Hotch para que la llamada fuera transferida al altavoz.

𝐄𝐥𝐲𝐬𝐢𝐚𝐧 - 𝐒𝐩𝐞𝐧𝐜𝐞𝐫 𝐑𝐞𝐢𝐝.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora