Alexandro
Una segunda bomba. Acababa de explosionar una segunda bomba, justo al lado de Aria. Mi corazón martillaba con fuerza, un eco ensordecedor que competía con el zumbido de mis oídos. No sabía hasta dónde llegaría esto, hasta qué punto el Cuervo estaba dispuesto a llevarnos al límite. Pero ahora lo tenía claro: no importaba lo que costara, ese bastardo terminaría bajo tierra, incluso si tenía que acompañarlo yo mismo.
Giré la cabeza hacia ella. Estaba allí, cubierta de polvo, con los ojos abiertos de par en par y una expresión que mezclaba miedo y confusión.
—¿Estás bien, tigresa? —pregunté, mi voz ronca, mientras la ayudaba a levantarse del suelo.
Ella asintió, pero sus manos temblaban, y su mirada parecía perdida.
—Alexandro... esto no puede seguir así. —Su voz era apenas un susurro, ahogado por el peso de lo que acababa de suceder.
La miré, y por un instante quise mentirle, decirle que todo estaría bien. Pero la verdad se reflejaba en la sangre que manchaba mis manos, en el humo que aún flotaba en el aire.
—No va a seguir así —le prometí, ajustando la pistola en mi mano—. Esto termina ahora.
Antes de que pudiera responder, Marco apareció corriendo desde el otro extremo del callejón, su rostro endurecido.
—Tenemos que movernos ya. El ruido va a atraerlos.
—¿Atraer a quiénes? —preguntó Aria, su voz un poco más firme ahora.
—A los cazadores —respondió Marco, sin detenerse a explicarse.
Los cazadores. Sabía exactamente a quién se refería. Eran los perros de caza del Cuervo, fanáticos entrenados para perseguir a cualquiera que estuviera en su lista. Y nosotros éramos el premio mayor.
—¿Cuántos? —le pregunté mientras avanzábamos entre las sombras, guiando a Aria con cuidado.
—Cuatro, tal vez cinco. Pero están cerca.
Maldita sea. No teníamos tiempo.
—Aria, escúchame —le dije, girándome hacia ella mientras seguíamos avanzando—. No te separes de mí, pase lo que pase. ¿Entendido?
Ella asintió, pero su mirada todavía estaba cargada de preguntas.
—¿Qué quieren de mí? ¿Por qué no simplemente matarme?
—Porque no eres solo una víctima para ellos —dijo Marco desde atrás, sin detenerse—. Eres una llave, un arma, o tal vez ambas cosas.
—¡No soy un arma! —espetó Aria, su voz llena de rabia—. No soy nada de lo que dicen.
—No importa lo que creas que eres —respondió Marco, sin girarse—. Importa lo que ellos creen que eres.
La tensión era palpable, pero no había tiempo para discutir. Doblé una esquina y nos encontré frente a un viejo edificio abandonado. La puerta estaba entreabierta, y el lugar parecía desierto.
—Aquí —dije, empujando a Aria hacia adentro mientras Marco cubría nuestra retaguardia.
El interior era oscuro, con las paredes cubiertas de grafitis y el suelo lleno de escombros. Un refugio improvisado, pero mejor que nada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Aria, cruzando los brazos con frustración.
—Ahora esperamos —respondí, asomándome por una ventana rota para vigilar el callejón.
El silencio que siguió fue casi tan opresivo como el ruido de las explosiones. Finalmente, Aria rompió la calma.
—Alexandro, dime la verdad. ¿Qué sabía Ethan? ¿Qué hizo para que el Cuervo venga tras mí?
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El rostro del enemigo
RomanceAria ha vivido toda su vida atrapada en una espiral de tristeza, un peso que ha aprendido a cargar en silencio. Ha construido su imperio desde cero, enfrentando cada desafío sola, sin un alma que la apoye. Sin embargo, su mundo se sacude cuando se e...
