Capitulo extra por los 90k

862 37 0
                                        

Aria

La luz tenue de la mañana se filtra a través de las cortinas, proyectando sombras suaves en la habitación. Giro lentamente sobre las sábanas de lino y lo veo ahí, acostado a mi lado, respirando de manera pausada, con el rostro relajado en un sueño profundo. Su cabello está ligeramente despeinado, los mechones oscuros cayendo sobre su frente de una manera que me hace sonreír.

Es absurdo cómo, después de más de seis años de matrimonio, sigo sintiendo este torbellino en el pecho cada vez que lo miro. Mariposas, fuego, electricidad—lo que sea que describa mejor la sensación que me recorre el cuerpo al verlo tan cerca, tan mío y, al mismo tiempo, tan increíblemente hermoso.

Alargo una mano con cuidado, con miedo de despertarlo, y dejo que mis dedos rocen su mejilla con suavidad. Su piel está cálida, y su expresión tranquila me hace preguntarme en qué estará soñando. Tal vez en algo simple, o quizás en alguna de nuestras discusiones sin sentido que terminan en risas y besos. Porque sí, hemos tenido problemas—qué pareja no los tiene—pero al final del día, siempre volvemos el uno al otro.

Lo amo. Más de lo que las palabras pueden expresar. Lo amo en las mañanas cuando gruñe porque no quiere levantarse, en las tardes cuando se concentra tanto en su trabajo que se olvida del mundo, y en las noches cuando me abraza, incluso medio dormido, como si su cuerpo entendiera que mi lugar es a su lado.

Respiro hondo y sonrío. No sé qué hice para merecerlo, pero aquí está, junto a mí, y no cambiaría esto por nada en el mundo.

Hoy la casa se siente extrañamente silenciosa. Los niños están con sus tíos Marco y Selene, disfrutando de un día especial lejos de casa. Aunque no compartimos lazos de sangre con ellos, eso nunca ha importado. La familia no siempre está determinada por la genética, sino por las conexiones profundas que se forjan con el tiempo, por el amor y la lealtad inquebrantable que crecen con los años.

Marco ha sido el mejor amigo de Alexandro desde que eran niños, inseparables desde el primer día que se conocieron. Han crecido juntos, compartiendo sueños, travesuras y momentos que los convirtieron en hermanos en todo menos en sangre. Con el tiempo, Selene se unió a nuestra vida como si siempre hubiera tenido un espacio reservado en ella. Su amistad con nosotros floreció de manera natural, convirtiéndose en una pieza fundamental de nuestra familia.

Sabemos que los niños están en buenas manos con ellos. Probablemente, en este mismo instante, Marco les esté contando alguna historia exagerada sobre su infancia con Alexandro, haciendo que se rían hasta quedarse sin aliento. Selene, con su paciencia infinita, seguro los tiene ocupados con alguna actividad creativa o un juego que los mantiene entretenidos.

Es un alivio saber que pueden contar con ellos, que los niños crecerán rodeados de amor y de personas que los cuidan como si fueran suyos. Y aunque la tranquilidad es bienvenida, hay algo en la quietud de la casa que se siente inusual, como si faltara una pieza esencial en nuestro día.

Aun así, estos momentos de calma también nos permiten a Alexandro y a mí reconectar, recordar que antes de ser padres fuimos solo nosotros dos, y que ese vínculo sigue siendo igual de fuerte. Y mientras los niños disfrutan de su día con sus tíos, nosotros podemos disfrutar de un raro instante de paz en nuestra propia burbuja.

Alexandro deja escapar un gruñido bajo y gutural mientras se remueve entre las sábanas, su brazo aún enredado firmemente alrededor de mi cintura. Su cuerpo cálido y fuerte se presiona contra el mío, su respiración pesada rozando mi cuello. Aún está atrapado en la pereza del sueño, pero su instinto parece estar más despierto que nunca.

—Mmm... estoy cachondo —murmura con voz gruesa y rasposa, esa tonalidad grave que solo tiene cuando acaba de despertarse.

Su confesión me toma por sorpresa y, al mismo tiempo, no lo hace. Conozco demasiado bien a este hombre, su insaciabilidad, su manera de desearme incluso en los momentos más inesperados. La sonrisa se dibuja en mis labios de forma automática, divertida y, al mismo tiempo, enternecida por su absoluta falta de filtro.

El rostro del enemigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora