Aria
Seguíamos corriendo sin parar, hasta que llegamos al edificio donde solía vivir Alexandro, su antiguo refugio. Mi vida antes era color de rosa, solo tenía que preocuparme de que las cuentas fueran bien. Ahora, Ethan está muerto, a mí me quieren matar. Esto es una puta locura.
El edificio era un bloque de apartamentos en el centro de la ciudad, de aspecto descuidado pero con una fuerte presencia. La fachada, aunque algo deteriorada, conservaba la misma imponente apariencia que recordaba de cuando Alexandro me hablaba de él. Había vivido allí durante años, escondido entre las sombras de la ciudad, lejos de los ojos curiosos. Y ahora, era nuestro último refugio.
—¿Aquí? —pregunté, mirando la entrada, que se veía igual de sombría que el resto del edificio.
—Sí, aquí. —Alexandro asintió, su voz grave y seria mientras se acercaba a la puerta principal. Estaba concentrado, como si cada paso que diera pudiera ser el último. Como si supiera que este lugar tenía demasiados recuerdos, demasiadas conexiones con su pasado que ahora no podía escapar.
La puerta era pesada, pero Alexandro la abrió sin esfuerzo, como si estuviera acostumbrado a los mecanismos de seguridad del lugar. Al cruzarla, entramos en un pequeño vestíbulo oscuro, con las paredes manchadas de humedad y el suelo cubierto por una alfombra envejecida. Apenas había luz, pero al menos estábamos dentro, y el peligro de ser vistos por los cazadores se desvanecía por un momento.
—Este es el lugar —dijo él, mirando a su alrededor como si estuviera comprobando que todo estaba en su lugar. No había más palabras. No las necesitaba.
Miré alrededor, sintiendo que el lugar respiraba historia. Este edificio había sido el refugio de Alexandro cuando el mundo le dio la espalda. Había sido su escondite, su fortaleza. Y ahora lo era nuestro.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunté, incapaz de dejar de pensar en lo que acabábamos de dejar atrás.
—Esperar —respondió Marco desde el fondo del pasillo, cerrando la puerta con cuidado. Parecía tenso, vigilante. Sabía que no podíamos relajarnos demasiado. El peligro seguía estando cerca.
Nos dirigimos a uno de los apartamentos, el más alejado, donde Alexandro había vivido antes. El interior era simple, casi austero. Un par de muebles viejos, una mesa de café en el centro y una estantería llena de libros polvorientos. No era el lugar más acogedor, pero era lo que teníamos.
—Vamos a quedarnos aquí por ahora —dijo Alexandro, cerrando la puerta tras de nosotros y apagando la luz. La oscuridad nos envolvió, y el silencio llenó la habitación.
—¿Y después qué? —pregunté, sintiendo el peso de la incertidumbre caer sobre mí.
Alexandro se acercó a una mesa cerca de la ventana y comenzó a revisar un par de papeles, como si estuviera buscando algo.
—Después, encontraremos una forma de desaparecer. No podemos quedarnos mucho tiempo aquí. Los cazadores no tardarán en encontrarnos, y el Cuervo no va a dejar de buscarnos hasta que te encuentre a ti, Aria.
Me senté en un sofá desgastado, mi mente dando vueltas. Pensaba en Ethan, en su muerte, en todo lo que había pasado. El peso de su traición seguía pesando sobre mis hombros. ¿Qué había hecho realmente? ¿Por qué se había involucrado con el Cuervo?
—¿Qué sabes de Ethan? —pregunté, mi voz temblorosa, pero firme. Necesitaba respuestas.
Alexandro se giró hacia mí, sus ojos oscuros como siempre. Parecía que iba a decir algo, pero se detuvo. Finalmente, suspiró.
—Tu hermano hizo algo que no debía, Aria. Algo que nos metió a todos en este lío. El Cuervo tiene sus propios intereses, y Ethan los conocía.
—¿Qué tipo de intereses? —pregunté, ahora con el corazón acelerado.
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El rostro del enemigo
Roman d'amourAria ha vivido toda su vida atrapada en una espiral de tristeza, un peso que ha aprendido a cargar en silencio. Ha construido su imperio desde cero, enfrentando cada desafío sola, sin un alma que la apoye. Sin embargo, su mundo se sacude cuando se e...
