Capitulo 34

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Alexandro

Habían pasado más de 15 días desde que Aria había desaparecido. Me sentía vacío, como si me hubieran arrancado el corazón y dejado un hueco imposible de llenar. Cada día que pasaba sin ella era una tortura. Sus recuerdos me perseguían: su cuerpo diminuto pegado al mío, la calidez de su voz, incluso el dolor en sus ojos cuando encontró esas malditas cartas de Ethan. Había intentado explicarle, pero ella no quiso escuchar.

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Nikolai, mi guardaespaldas más confiable, entró con el ceño fruncido.

—Señor, tengo noticias.

Me levanté de inmediato, la tensión acumulada en mi cuerpo buscando un escape.

—Habla.

—Las informaciones más recientes apuntan a que Aria está en Italia. Nuestras fuentes la sitúan en un pequeño pueblo cerca de Florencia.

Italia. Mi pecho se llenó de una mezcla de alivio y rabia. Alivio porque por fin tenía un rastro, rabia porque no entendía cómo había llegado tan lejos sin que yo pudiera protegerla.

—Prepárate —le ordené con firmeza—. Nos vamos ahora mismo.

—Sí, señor.

Horas más tarde, el jet privado aterrizó en una pista aislada en las afueras de Florencia. El clima frío y la bruma matutina hacían juego con mi humor. No era un viaje de placer, no esta vez. Nikolai y yo nos dirigimos directamente al lugar indicado: una villa apartada, escondida entre colinas y viñedos.

La tensión crecía con cada kilómetro recorrido. Mi mente no dejaba de imaginar posibles escenarios. ¿Estaba ella bien? ¿Por qué no había intentado contactarme? ¿Y qué demonios hacía en Italia?

Al llegar, la villa estaba tranquila, demasiado tranquila. Desde el exterior parecía deshabitada, pero algo en el aire me decía que ella estaba allí.

—Señor, hay movimiento en la planta superior —dijo Nikolai, observando a través de un par de binoculares.

—Vamos.

Entramos con cautela, asegurándonos de no alertar a nadie. La mansión estaba llena de silencios y sombras, cada rincón parecía susurrar secretos que aún no quería revelar. Subimos las escaleras, y entonces la vi.

Aria estaba allí, de pie junto a una ventana abierta. La brisa movía su cabello mientras miraba hacia el horizonte, completamente ajena a nuestra presencia.

—Aria... —murmuré, mi voz ronca por la emoción.

Ella se giró lentamente, y cuando sus ojos se encontraron con los míos, una mezcla de sorpresa y algo que no pude descifrar cruzó por su rostro.

—Alexandro... —susurró, pero no se movió.

Corrí hacia ella, mis brazos envolviéndola con fuerza. Por un momento, sentí que el mundo volvía a estar en su lugar.

—Te encontré, tigressa —dije contra su cabello, mi voz cargada de alivio pero su cuerpo no se relajó en mis brazos. Algo estaba mal.

—¿Por qué viniste? —preguntó con un hilo de voz, apartándose ligeramente de mí. Sus ojos, que solían brillar con calidez, ahora estaban llenos de algo que no esperaba: desconfianza.

—¿Qué está pasando, Aria? ¿Por qué estás aquí? —pregunté, sosteniéndola por los hombros.

Ella bajó la mirada, como si estuviera debatiendo si debía hablar o no.

—No deberías haber venido, Alexandro —susurró, con un tono que me dejó helado.

Antes de que pudiera responder, el sonido de pasos se escuchó detrás de mí. Me giré de inmediato, encontrándome cara a cara con Damon. Una sonrisa arrogante se dibujaba en su rostro mientras nos observaba con calma.

El rostro del enemigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora