Capitulo 33

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Aria

De repente desperté llena de sudor en una cama enorme sin Alexandro a mi lado y recuerdo donde estoy. No ha venido a por mi, ha sido todo un sueño.

Me levanté lentamente, sintiendo la fría madera del suelo bajo mis pies descalzos. Mi respiración seguía agitada, y mi cuerpo aún vibraba con la intensidad del sueño. Un sueño tan real que casi podía sentir las manos de Alexandro en mi piel, su voz ronca reclamándome como suya.

Pero no estaba aquí. La habitación estaba vacía, y el único sonido era el tic-tac de un reloj lejano, marcando el paso del tiempo en la inmensidad de la mansión de Damon.

Cerré los ojos por un momento, tratando de calmar mi mente. ¿Dónde estás, Alexandro? Pensar en él solo hacía que mi pecho doliera más, pero también me llenaba de una determinación que no sabía que tenía. Si él no había venido, tendría que salir de aquí por mí misma.

Me puse una bata que encontré al pie de la cama y salí al pasillo, mis pasos suaves pero firmes. La mansión estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba a través de las enormes ventanas. La quietud del lugar me resultaba inquietante, como si algo estuviera acechando en las sombras.

—¿No puedes dormir?

La voz grave de Damon rompió el silencio, haciéndome detenerme en seco. Me volví hacia él, encontrándolo de pie al final del pasillo, apoyado contra el marco de una puerta. Estaba descalzo y llevaba una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación. Su mirada, como siempre, era intensa, pero esta vez había algo más.

—No —admití, cruzándome de brazos—. Esta casa es demasiado silenciosa.

Él sonrió ligeramente, aunque sus ojos permanecían serios.

—Quizás tu mente no te deja en paz —dijo, caminando hacia mí con una calma que me ponía nerviosa.

—¿Por qué iba a hacerlo? —respondí, enfrentándolo—. Estoy atrapada aquí, lejos de todo lo que conozco, y tú no dejas de llenarme la cabeza con más preguntas que respuestas.

Damon inclinó la cabeza, como si estuviera estudiándome.

—¿Quieres respuestas? Muy bien. Pero recuerda que a veces, saber demasiado puede ser peor que la ignorancia.

—Déjame decidir eso por mí misma —repliqué, mi tono desafiante.

Él dio un paso más cerca, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo. Sus ojos, uno negro y el otro azul, me atraparon como si estuviera mirando directamente a mi alma.

—Alexandro no es el hombre que crees que es, Aria —dijo en un tono bajo, casi como si fuera un secreto.

Sus palabras me hicieron retroceder un paso, aunque no podía apartar la mirada de él.

—¿Qué sabes tú de él?

Damon sonrió de lado, su expresión peligrosa.

—Sé lo suficiente como para entender que te ha mentido. Pero claro, también lo hace muy bien. Es su especialidad, ¿no? Engañar, seducir, manipular...

Mis manos se cerraron en puños.

—No hables de él como si lo conocieras.

—Te prometo que lo conozco mejor de lo que tú crees —dijo, su voz calmada pero afilada—. Pero tranquila, no voy a robarte tus ilusiones. Aún no.

Sentí cómo la rabia se mezclaba con la confusión dentro de mí. Damon estaba jugando conmigo, como siempre, pero había algo en su tono, en sus palabras, que me hacía dudar.

El rostro del enemigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora