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La lluvia caía a raudales sobre la cabellera azul de Yuuko, quien había llegado al lugar donde se había originado la terrible masacre perpetrada por Suguru Geto.
En ese sitio no quedaba más que cenizas, olor a quemado y cadáveres desfigurados. Yuuko permaneció allí, sin importarle que la lluvia la empapara por completo.
Ren había sido una figura materna para ella desde que tenía memoria, alguien que lograba arrancarle momentos de tranquilidad en medio de la carga de pertenecer al Clan Zenin. Ella merecía una vida plácida y feliz.
Pero la vida a menudo era demasiado injusta, incluso con los más bondadosos. Ren había muerto a manos de Suguru, su propio amigo.
Yuuko aún no podía entender el por qué de todo esto, por qué Suguru había cometido semejantes actos atroces. Apretó los puños con impotencia, sintiendo que su corazón se desgarraba al rememorar la devastación que su amigo había causado.
¿Cómo habían llegado a este punto? ¿Qué fue lo que los llevó por un camino tan oscuro? Recuerdos de tiempos más felices se agolpaban en su mente, haciéndole aún más difícil aceptar la cruda realidad.
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Un recuerdo pasó por la mente de Yuuko, transportándola a una de las primeras misiones exitosas que había realizado junto a Suguru, cuando caminaban rumbo a la Escuela de Hechicería.
—Esa maldición hablaba de humanos con gran poder.— Dijo Yuuko, pensando en voz alta.
Suguru la miró con atención y respondió: —Esa maldición hablaba de estupideces. Ningún ser humano estaría conviviendo con maldiciones, por muy malvado que sea.
—No lo sabes, hay tanta maldad en el mundo que no me sorprendería.— Musitó Yuuko, sumida en sus pensamientos.
—Claro que lo sé, deja de darle más vueltas al asunto, Yuuko.— Repitió Suguru, sonriendo. —Algo como eso jamás pasará.
—Deberías tomártelo con un poco más de seriedad, Suguru.— Dijo Yuuko molesta, caminando por delante de él.
—¡No puedo!— Exclamó Suguru, riendo. —Es simplemente absurdo, ¿lo sabes, no? Y si llegara a pasar, estás tú, Satoru y Shoko. Incluso yo, alguien con esa maldad humana, no tendría perdón. Hacer daño a los no-hechiceros es imperdonable.
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Con una mirada llena de angustia, Yuuko se preguntaba si sería posible recobrar de alguna manera a ese Suguru que ella había conocido y querido. O si acaso todo estaba perdido para él.