«El hermoso príncipe, se ha convertido en sapo o quizás, jamás fue príncipe»
Hanna Scott, a terminado con su matrimonio. Dejando todo atrás, decide volver a su pueblo natal, donde su amiga Alison Evans, la espera ansiosa.
Este retorno, no sólo...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
8 meses después...
—¡Vamos Scott! ¡Que no se queme el risotto!—. Marco, gritó burlesco desde su escritorio, mientras yo, cerraba la puerta de su oficina.
Ya han pasado 8 meses desde que deje el pueblo. He visitado a Ed, en tres ocasiones. Londres, queda mucho más cerca de lo que imaginé.
Así también, he visitado a Marie y al Sr. Evans, quienes invitan a Ed, cada fin de semana a sus estancias. Los comprendo, están lejos de Ali y sus nietos. Él, es lo más cercano a uno.
Nunca dejé la comunicación con mi castaña alocada. Amaba los gritos detrás de aquellas llamadas.
—¡Por Dios! ¡No comas tierra, Pete!—alegaba mi amiga a su hijo.
De alguna u otra manera me sentía cerca de casa, porque sí, sentía que era mi hogar... aunque «Él», había desaparecido.
Después de nuestra despedida, no volví a saber de Matt. Le preguntaba a su melliza, pero creo que dejó ordenes explicitas, que no me diera información. Estaba molesto, y no lo culpo.
Sus redes sociales, no tenían imagen de perfil, y no publicaba nada. Solo en su cuenta empresa. Por lo que podía ver, su trabajo lo mantenía ocupado, era algo que también me comento Ali, quien decía que Paul, estaba sufriendo abuso laboral por su jefe, obvio, Matt.
Solo podía observar fotografías de Paul, en las historias de WhatsApp, en la cuenta empresa de Matt. Paul con planos, Paul sonriendo, Paul enseñando casas diseñadas por Matt... Paul, Paul, Paul.
Pero... no había nada de Matt, literalmente había desaparecido, y me dolió. Lo extrañaba, mas de lo que quisiera, más de lo normal.
Por otra parte, Madrid -España, se convirtió en mi refugio y mi hogar. La cocina del «Four Seasons, Hotel Madrid» era todo lo que tenía. Pero la pregunta es: ¿Logré encontrar lo que buscaba?
Y Si, durante este tiempo, aprendí a amar mi soledad. Las caminatas, que se hicieron diarias, eran reconfortantes y con cada paso, comencé a conocerme. Me sentaba en el parque a leer uno que otro libro. La cocina, era el lugar donde más pensaba, pues, el arte culinario, hacia mi mente volar. Aunque terminaba exhausta, agradecía a la vida por todo lo que estaba viviendo. Experiencias nuevas, conocer gente nueva y que mi soledad la amaba y no dependía del amor de otro, sino del mío. Yo me sostenía emocionalmente. No había nadie que me quebrara, si no era yo, por mí, por mis pensamientos.
He aprendido y he entregado, he votado y limpiado... No ha sido fácil ¿Y que lo es? Cuando, por fuerza mayor comprendes que la vida es de aceptar, perdonar... amar y respetar. Aceptar lo que no quieres, pero debes para continuar tu camino, sin cargas, para que no te estanques, para que no te pierdas.
Si bien, Matt cambio mi vida de maneras maravillosas, acepté con el corazón hecho pedazos, que no podíamos estar juntos. Así la vida lo dictó, todas las veces que lo intentamos.
Papá, no tenía culpa alguna de todo lo que viví. Nadia, por otra parte, sin pedir nada a cambio, crío a su hermana con todo el amor y poco conocimiento que obtuvo a sus veintitrés años. Se convirtió en mamá, sin querer serlo.
Y recuerdo a mamá y nuestros paseos en su bote. Mamá... hubiese querido tenerla por más...
Agradecida de la vida, de cada escalón que costo subir, porque estar aquí sentada en el parque «El Retiro» con un libro en mis manos, es enriquecedor, sobre todo cuando el otoño cubre algunas bancas...Otoño. Ese que muy bien me recuerda a él.
Observo la notoria estación regada por todo el parque, y cuando me dispongo a cerrar el libro e irme del lugar, una llamada me detiene.
«Nadia, llamando» Marca la pantalla de mi teléfono.
—¿De veras me llamas un miércoles?—respondí con todo feliz. Su llamada me había sorprendido, solo las recibía los sábados y por la tarde. Esto era, sin duda alguna, una sorpresa.
—Annie... ¿Estas sentada? —respondió exaltada.
—Si. Pero por favor ¡No me asustes! ¿Qué pasa? —pregunté preocupada, cerrando de golpe a Cortázar, quien se encontraba en mis manos.
—Bueno... El día de hoy recibí un correo con una serie de documentos...
—¿Ok?
—Es papá, Annie...—Nadia solo quería soltar todo de una vez y yo también quería escuchar, lo que la traía exaltada—. ¡Nos dejó un seguro! ¡Annie!
—¿¡Qué!? —respondí sorprendida.
—¿Aún quieres el cine?—preguntó la castaña, nerviosa y feliz.
Recordé al tipo detraje azul, el día que vi a papá en el hospital. Él, tenía todo arreglado.