-Capítulo 50-🦋

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4 meses después...

10:15PM. Un lunes en la noche, era lento para un restaurante de pueblo.

 Afirmaba el lápiz, en uno de los mesones de la cocina, haciendo el pedido de la feria para el día siguiente, mientras el personal de la cocina se disponía irse a casa, aun quedaba una mesa en el comedor, nuestra cocina había cerrado a las 10:00PM pero mientras el comensal de la última mesa de esa noche, no se retirara, era imposible marcharme a casa.

Abigail, era uno de nuestros garzones, solo quedábamos ella y yo.

—Esta anonadado con el lugar —informa Abigail, hablando del comensal.

—Apenas termine su plato, vete—. ordené a la chica—no quiero que te quedes hasta tarde. Yo me encargo de lo demás—sonreí.

Asintió con la cabeza y luego se encamino al comedor.

A la semana de la llamada de Nadia, corrí a Londres, a cerrar el trato con el Sr. Evans, quien por cierto estaba feliz.

—No podía quedar en mejores manos—enfatizó, después que firmamos los documentos.

Me despedí de Madrid, y todo lo que me entregó.

—Lo sabía... sabía que no te tendría por mucho —respondió Marco, luego que ofrecí mi renuncia a uno de los mejores Hoteles de Madrid.

Con una sonrisa traviesa me encogí de hombros y acto seguido, mi amigo y mentor, brindó pequeños golpecitos en mi espalda.

—¡Vamos por un trago! —ofreció a modo de despedida y celebración por mi futuro y nuevo negocio.

A las tres semanas de recibir la noticia, regresé al pueblo, pero esta vez, acompañada de mi hermana y socia, quien me esperaba entusiasmada en el aeropuerto.

—¡Ah! ¡Por fin llegaste! —Me abrazó, tomo de mi maleta y se adelantó casi en una carrera, al estacionamiento.

Recuerdo con exactitud aquella tarde, cuando nos disponíamos a poner «Manos a la obra». Nos detuvimos frente al cine con las manos en la cintura y suspiramos al observar, el gran trabajo que nos esperaba.

—¡Pff! —suspiro Carl— ¡Bien! Transformemos esta mierda—. Levantó sus lentes de sol y acto seguido, dio dos fuertes aplausos adentrándose al oscuro y abandonado cine.

Nadia y yo, nos dimos una mirada traviesa, y lo primero que hicimos, fue arrancar el gran letrero de: «Se Vende».

Comenzamos quitando las butacas aterciopeladas en color vino, cortinaje, y muebles deteriorados. Quien parecía disfrutar aun mas era Carl, quien cantaba al compas de la música que le ofrecían sus auriculares.

De vez en cuando aparecía Ali, y se sentaba a conversar, mientras nosotros destrozábamos el lugar. Nos llevaba comida rápida y podía ver a su madre, Marie, era igual a ella.

𝑫𝒆𝒗𝒖𝒆𝒍𝒗𝒆𝒎𝒆 𝑴𝒊 𝑻𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐Donde viven las historias. Descúbrelo ahora