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El auto iba en silencio, con la única compañía del viento acariciando los vidrios. Jackson conducía con una sonrisa tranquila, una que no le había visto en días. Mis dedos entrelazados con los suyos sobre la palanca de cambios eran la única señal de que yo seguía ahí, completamente suya.

—¿A dónde vamos? —pregunté mientras jugaba con su anillo.

—A un lugar donde el sol sale lento y nadie te mira como si les debieras una explicación —respondió sin apartar los ojos del camino—. A una cabaña que conozco, a unas tres horas de Seúl. Nadie va por allá. No hay señal. Solo hay árboles, lago... y una cama gigante.

Me reí, sonrojándome.

—¿Esa última parte era necesaria?

—Lo era. Es mi parte favorita.

Pasamos el resto del viaje entre pequeñas risas, canciones bajitas que salían del estéreo y miradas cómplices. Cuando llegamos, el atardecer nos recibió con una paleta de colores imposible de imitar. La cabaña era de madera clara, rodeada de pinos altos y un pequeño muelle que tocaba un lago tranquilo. Perfecta. Íntima. Nuestra.

Jackson bajó del auto y se acercó a mi puerta para abrirla. Como siempre. Como si yo fuera su universo entero.

—Bienvenida a nuestra escapada secreta, señora Wang —dijo haciendo una reverencia exagerada.

—Gracias, señor Wang —reí con tono burlón mientras tomaba su mano.

Dentro de la cabaña olía a pino y a vainilla. Todo era cálido: los tonos en madera, la chimenea ya encendida (seguro Jackson había pedido a alguien que preparara todo antes), y la enorme cama que ocupaba la parte central, cubierta por una colcha blanca y almohadas mullidas.

—¿Quieres comer algo? —preguntó mientras dejaba las mochilas en un rincón.

—Quiero... —me acerqué a él despacio—, esto.

Lo besé. No con hambre, sino con calma. Como cuando bebes agua después de un día agotador. Mis manos se aferraron a su nuca, su respiración se volvió más profunda. Sus dedos me rodearon la cintura y me pegaron a su cuerpo. Pero no había prisa, no había deseo salvaje. Era ternura pura. Conexión real.

—Te extrañé tanto —susurró contra mis labios—. No solo físicamente... te extrañé aquí —llevó su mano a mi pecho, sobre mi corazón—. Extrañé tu voz en la mañana, tu risa tonta, tu forma de hacerme ver la vida sin máscaras.

—Estoy aquí —le respondí bajito—. Por fin, sin nadie que nos vigile.

Él asintió. Sus ojos brillaban como si acabara de encontrar algo que había perdido por mucho tiempo.

Pasamos la noche cocinando juntos: pasta, vino tinto, música bajita en el fondo. En la cena me miraba como si fuera un secreto que solo él podía conocer.

—¿Sabes algo, Cherry? —dijo mientras recogía mi cabello detrás de la oreja—. Esta versión de nosotros... así, sin maquillaje, sin cámaras... es mi favorita.

—La mía también. Aquí nadie puede decirnos que estamos mal por sentir tanto.

Después de cenar, fuimos al muelle. La luna se reflejaba sobre el lago como un espejo suave. Jackson se quitó la camiseta y se sentó con los pies en el agua.

—¿Vienes? —me llamó.

Me quité la sudadera y me senté a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro.

—Gracias por traerme aquí —dije.

—Gracias por venir —me respondió—. No todos se atreven a escapar del mundo.

—Contigo, sí.

Hubo un momento de silencio. De esos que no pesan. De esos que dicen más que mil frases.

Luego me tomó la cara con ambas manos y volvió a besarme. Esta vez fue más profundo. Más íntimo. Me sentí completamente suya. No por posesión, sino porque el amor lo llenaba todo.

Volvimos a la cabaña tomados de la mano, y nos dejamos caer en la cama riendo como niños. Jugamos con las almohadas. Me hizo cosquillas. Le puse mi sudadera porque quería verlo con ella. Nos acostamos, abrazados, enredados.

—¿Quieres quedarte aquí por siempre? —me preguntó, acariciando mi espalda con la yema de los dedos.

—Si eso significa vivir contigo cada día, sí.

—No quiero perfección —dijo—. Quiero las discusiones tontas por qué película ver, quiero verte llorar con las canciones, quiero pelear contigo porque dejaste la ropa tirada... y luego reconciliarnos con abrazos. Quiero eso contigo. Todo eso.

—Jackson...

—Sí, Cherry?

—Te amo. Te amo incluso cuando no sé cómo amar bien.

Me abrazó más fuerte, y nos quedamos así, en la oscuridad, con su respiración guiando mi calma.

Y esa noche, el amor no fue un acto, ni una escena, ni una foto bonita. Fue la manera en que me miró antes de apagar la luz. Fue la forma en que entrelazó sus piernas con las mías. Fue cómo me susurró antes de dormir:

—No importa lo que diga el mundo. Yo te elegí. Y te voy a seguir eligiendo

Pao Wang

~Drive you home~Where stories live. Discover now