Jackson estaba a punto de dejar el podio cuando una figura se acercó desde un costado. Algunos periodistas se incorporaron de golpe. Otros empezaron a murmurar. Era yo. Paula. Con un pantalón negro, una blusa blanca sin pretensiones y el corazón a punto de salirse del pecho.
Me acerqué al micrófono sin mirar a nadie, solo a él. Jackson me dio una pequeña sonrisa, y se hizo a un lado para que yo tomara su lugar.
Respiré hondo.
—No tenía planeado hablar, pero creo que es justo que también se escuche mi voz... porque muchas personas han construido una historia sobre mí sin siquiera saber quién soy.
Hubo silencio total. Ni un parpadeo. Solo yo y mis palabras.
—Conocí a Jackson en México. En mi ciudad natal. Yo no sabía que iba a encontrarlo ahí, en un restaurante pequeño donde yo... hice el oso de mi vida —dije, soltando una risa nerviosa—. Literalmente, me tropecé frente a él. Fue vergonzoso. Pero él... él solo sonrió. Me miró como si esa torpeza fuera adorable. Y antes de irse, me dio su número.
Algunos periodistas se miraban confundidos. No esperaban eso.
—Tardé muchísimo en llamarlo. No me atrevía. Tenía su número en la pantalla muchas veces... pero no podía. Me parecía irreal. Yo era una chica común. Él era él. Jackson Wang. Hasta que un día escuché Pretty Please. Y entendí. Esa canción... estaba dedicada a mí.
Me temblaron los dedos sobre el podio.
—Nos reencontramos mucho después, en Nueva York, en mi empresa de publicidad. Yo soy diseñadora , no influencer, no figura pública. Nunca quise ser parte de este mundo mediático. Y sin embargo, el amor me trajo aquí. Y no me arrepiento.
Miré a Jackson. Estaba emocionado, con los ojos húmedos, mordiéndose el labio para no llorar.
—Yo no robé a nadie. No entré en una relación a escondidas. No fui cómplice de ninguna infidelidad. Lo que viví con Jackson nació limpio, como nacen las cosas que de verdad están destinadas.
Me incliné un poco, como él lo había hecho.
—No vine a pedirles que me crean. Solo vine a pedir que respeten. Que antes de lanzar odio, recuerden que soy un ser humano. Una mujer que ama y que solo quiere vivir en paz.
Me retiré entre murmullos y murmullos que poco a poco fueron apagándose. Al bajar del escenario, Jackson me tomó de la cintura y me abrazó como si no existiera nada más.
—Eres increíble —susurró.
—Lo hice por nosotros —le respondí—. Porque esto también es mío.
Y aunque sabíamos que el escándalo no terminaría ahí, algo cambió en ese momento. La narrativa. La energía. La fuerza.
Ahora ya no éramos una versión distorsionada.
Ahora éramos reales. Ante todos.
La lluvia comenzó a caer justo cuando apagamos las luces del salón. No era una tormenta violenta, sino una de esas lluvias finas que arrullan. Que limpian. Que parecen hechas a propósito para calmar un alma cansada.
Jackson se acercó desde la cocina con dos tazas de té humeante. Sonrió de lado, con los ojos medio dormidos, y me las ofreció como si fueran paz líquida.
—No hay medicina mejor —dijo, sentándose a mi lado en el sofá.
—¿Para qué es esto? —pregunté mientras tomaba la taza caliente entre mis manos.
—Para todo lo que no sabemos cómo sanar.
Lo miré. Y por un segundo, todo lo que habíamos vivido esa semana me cayó encima: los titulares, las amenazas, la entrevista, las lágrimas que no lloré en público. El amor que gritamos cuando el mundo quería callarlo. Y también la ternura con la que él, aún en el caos, siempre me encontraba.
—No sabía que podía cansar tanto defender algo tan bonito —confesé, con la voz más bajita de lo que esperaba.
Jackson dejó su taza en la mesita. Se acercó sin decir nada, y con ambas manos me sostuvo el rostro.
—Yo sí sabía. Por eso quise que lo supieras desde el principio. Amar a alguien como tú... no es difícil. Lo difícil es proteger lo que tenemos del ruido de afuera.
Sus labios rozaron los míos con un cuidado que me estremeció. No era un beso por impulso ni por deseo. Era un beso que decía gracias por quedarte. Uno que decía perdón por todo lo que tuviste que soportar por mí.
Me dejé caer lentamente sobre él. Jackson me acomodó entre sus brazos como si ya supiera exactamente dónde va cada parte de mí. Nuestras tazas quedaron olvidadas. El sonido del agua en las ventanas era el único testigo.
—¿Tienes miedo de lo que venga mañana? —le susurré.
—Solo si tú no estás en él.
Cerré los ojos, apoyando mi cabeza en su pecho. Escuché su corazón. Era constante. Fuerte. Como él.
Jackson pasó sus dedos por mi cabello, lento, enredando y desenredando mechones como si pudiera peinar también mis pensamientos.
—¿Puedo preguntarte algo sin filtro? —dijo, bajito.
—Siempre.
—Si no fuera por mí ... ¿lo soportarías todo esto por otra persona?
Me reí contra su cuello.
—No. Solo por ti. Solo tú me haces sentir que vale la pena quedarme cuando todo arde.
Él me abrazó más fuerte. Y así, entre el calor de su cuerpo, la lluvia suave y las palabras que no hacía falta decir, nos fuimos desvistiendo del cansancio.
No hubo urgencia. No hubo espectáculo. Solo piel con piel. Miradas que decían más que un discurso. Manos que reconocían cada rincón como si cada cicatriz fuera también un mapa de todo lo que habíamos vencido.
Y cuando por fin estuvimos fundidos en uno, entre sábanas blancas y susurros apenas audibles, supe que ya nada nos podía quebrar.
—Te amo —dijo, con voz rota.
—Y yo a ti —le respondí, con voz entera.
Porque aunque el mundo opinara, aunque la tormenta siguiera afuera... nosotros ya habíamos encontrado el refugio.
Pao Wang
