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La ciudad seguía latiendo afuera, pero dentro del departamento de Jackson, todo era silencio y paz.

Cerró la puerta con cuidado detrás de mí, como si temiera que algún sonido rompiera la burbuja que habíamos creado. Se acercó sin decir palabra, rodeó mi cintura con sus brazos y me abrazó como si no me hubiera visto en años. Me dejó apoyar la frente en su pecho. Allí, por fin, respiré.

—¿Ya se acabó? —pregunté, en un susurro.

—No lo sé —me respondió contra mi cabello—. Pero ahora estamos solos. Eso es lo único que importa.

Nos quedamos así un rato. Respirando juntos. Sintiendo cómo el mundo se deshacía más allá de las paredes.

Luego Jackson me tomó de la mano y me guió hasta el sofá. Tenía preparada una botella de vino tinto, dos copas y un pequeño pastel con la palabra "Libres" escrita con glaseado blanco.

—¿Celebramos? —preguntó con esa media sonrisa suya que siempre me rompía la defensa.

—Celebramos —asentí, y choqué mi copa con la suya—. Por nosotros. Por lo que construimos. Por lo que nadie va a romper.

Brindamos. Y luego Jackson tomó una cucharada del pastel, se la llevó a los labios y me miró como si se le acabara de ocurrir una idea brillante.

—¿Quieres? —me ofreció con ojos traviesos.

Me acerqué, abrí la boca, pero en lugar de dejar que lo comiera... me besó.

Lento. Dulce. Como el pastel. Como él.

—Me mentiste —le dije con una sonrisa—. Dijiste que íbamos a comer.

—Te estoy alimentando de amor, no lo arruines.

Reímos. Después él me acomodó entre sus brazos, con las piernas sobre las suyas, como si siempre hubiéramos sido parte del mismo cuerpo. Puso música suave. Jazz, mezclado con algún acústico coreano que él murmuraba bajito al oído. Sentí su voz más cerca que nunca.

—Cherry —dijo en voz baja—. Lo de hoy... cuando dijiste que tu vida privada no le pertenece a nadie... eso me tocó. Porque siento que también hablaste por mí.

Le acaricié la mandíbula. Estaba tensa.

—¿Te duele lo que han dicho?

—No por mí. Estoy acostumbrado. Pero que se metan contigo... que digan cosas horribles, sin conocerte... eso me duele más que cualquier otra cosa. Tú no merecías ser arrastrada a esto.

—Jackson —tomé su rostro con ambas manos—, si ser arrastrada significa caminar contigo, prefiero mil veces estar en la tormenta a salvo contigo... que en paz, pero sin ti.

Él me besó la palma de la mano. Cerró los ojos como si mis palabras hubieran sanado algo profundo.

—No sé cómo lo haces —dijo, apenas un susurro—. Cómo logras hacerme sentir así. Tan en casa. Tan seguro.

Me incliné y lo besé. Esta vez más despacio. Sin prisa. Sin testigos. Un beso que sabía a consuelo, a fuego contenido, a gratitud.

Nos fuimos desvistiendo sin palabras, como si el silencio entendiera mejor que nosotros lo que pasaba. Su piel contra la mía era todo lo que necesitaba. No hubo urgencia. Solo conexión. Sus dedos dibujaban mi espalda como si memorizara cada parte de mí. Yo me aferré a su cuello mientras nuestros cuerpos se encontraban una y otra vez.

Cuando terminamos, no hubo necesidad de palabras.

Nos recostamos entre las sábanas, enredados. Jackson me acariciaba la espalda con la yema de los dedos, como si dibujara promesas invisibles.

~Drive you home~Where stories live. Discover now