El desayuno del día anterior había sido un show inolvidable. Mis padres, Jackson y yo sobrevivimos a uno de los momentos más incómodos de nuestras vidas, y como buenos mexicanos —y chinos—, decidimos seguir adelante como si nada. Bueno, casi como si nada. Jackson no dejaba de burlarse en voz baja cada vez que veía mis calzones doblados en la canasta de ropa limpia.
—No es gracioso —le dije esa mañana mientras me maquillaba frente al espejo.
—Es adorable —respondió él, rodeándome por la cintura desde atrás—. Tus papás ya me vieron medio desnudo, Esto es más íntimo que conocer los nombres de tus exnovios.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír.
—Eres un tonto. Y lo peor es que mis papás te adoran.
—¡Me lo gané con carisma! —dijo con orgullo, levantando los brazos como si hubiera ganado una medalla—. Además, tu papá me dijo que le caigo mejor que tu ex.
—¿Cuál ex?
—Todos.
Reí mientras él dejaba un beso en mi cuello.
—¿Listos para la comida con mis papás? —pregunté, girándome para mirarlo a los ojos.
—Listo desde que me dijiste que tu mamá nos llevaría a comer enchiladas.
**
El restaurante mexicano en Nueva York era pequeño, con manteles de colores y música de mariachi sonando bajito en el fondo. Mis padres habían reservado una mesa en la parte de atrás, lejos de los flashes y las miradas curiosas. Afortunadamente, no había paparazzis ese día. Al menos no todavía.
Nos sentamos y pedimos margaritas. Bueno, yo pedí agua mineral, pero mi mamá... pidió tequila.
—¿Seguro quieres eso, ma? —pregunté con una ceja levantada.
—Pau, tú crees que después de lo que vi anoche, no me merezco un caballito de tequila.
Papá soltó una carcajada y brindó con ella.
—Salud por nuestros jóvenes apasionados.
Jackson casi se atraganta con la totopos.
La comida llegó pronto, y entre enchiladas, tacos dorados y guacamole, el ambiente se volvió relajado. Incluso mamá había bajado la guardia y le estaba contando a Jackson anécdotas mías de cuando era niña. Demasiadas anécdotas.
—Una vez, en la primaria, Paula se enamoró de su maestro de música. Tenía ocho años —decía mamá entre risas.
—¡Mamá!
—¿Y le compusiste una canción? —preguntó Jackson burlón.
—¡No! Solo me gustaba cómo tocaba la guitarra. Y olía a canela.
—Sospechoso —dijo Jackson mientras me guiñaba el ojo.
Mi papá, que ya iba por su segunda cerveza, se puso nostálgico.
—Lo importante es que mi hija encontró a alguien que la mire como si fuera la piedra más preciosa como tú la miras, Jackson.
El silencio se instaló unos segundos en la mesa. Yo bajé la mirada, y Jackson apretó mi mano debajo del mantel.
—Gracias, señor. Yo... —tomó aire—. No voy a mentir, estar con Paula me cambió. Me enseñó otra forma de amar.
Mi mamá suspiró fuerte.
—Ay no, ya me emocioné. Otro tequila, por favor —le dijo al mesero.
Y ahí fue cuando todo comenzó a escalar.
Mamá se puso habladora. Papá nostálgico. Y yo nerviosa porque el tequila mexicano y los secretos familiares son una combinación peligrosa.
—¿Sabes qué, Jackson? —dijo mamá con tono serio y mejillas rojizas—. Yo pensaba que ningún hombre sería suficiente para mi hija. Pero tú... tú estás bien. Aunque te vi sin camisa en casa de mi hija.
—¡Mamá! —grité, escondiendo la cara.
—Es un cumplido —respondió, dando un sorbo a su copa—. Además, ya me hice a la idea de que si un día llego y veo un baby shower montado en la sala... pues, ni modo.
Jackson se puso rojo.
Yo me atraganté con el agua mineral.
Papá solo levantó su copa y dijo:
—¡Salud!
**
Más tarde, ya de regreso en casa, nos tiramos en el sofá riéndonos como locos.
—¿Un baby shower en la sala? —dije, aún riéndome—. ¿De dónde sacan esas ideas?
—¿Te imaginas? —Jackson me miró con una sonrisa traviesa—. Todo rosa, globos, y tu mamá preguntándome si quiero cargar al bebé primero o después de la comida.
—No me provoques, Wang. Que te organizo un simulacro de baby shower solo por molestar.
Nos quedamos en silencio un momento. Él entrelazó sus dedos con los míos.
—¿Y tú... te imaginas eso?
—¿El baby shower?
—No, bueno sí. Pero también... ¿una familia? ¿Tú y yo?
Lo miré. Su expresión era serena, pero sus ojos estaban cargados de emoción.
—La verdad... antes no lo pensaba. Todo era trabajo, metas, cosas por cumplir. Pero ahora contigo... no me asusta.
Jackson asintió, mirándome como si acabara de decirle el secreto del universo.
—A veces sueño con eso. Con una casa llena de música, con niños que corren por el pasillo mientras tú gritas que no pisen tus papeles del trabajo...
—¡Y tú componiendo en calzones en la sala!
—Exacto. Y un perrito que ladra a todos menos a ti. Y tus papás viniendo a visitarnos cada domingo.
Apoyé mi cabeza en su pecho y cerré los ojos.
—¿Y cómo se llama el primero?
—¿Ya estamos en eso?
—Claro. Si ya hablamos de baby showers...
—Mmm... si es niña, quiero que se llame como tú. O algo parecido.
—¿Paolita?
—Paola Martinez Wang.
Estallé en carcajadas.
—Ese pobre bebé va a necesitar terapia.
—No importa. Le daremos tanto amor que ni lo notará.
**
Más tarde, mientras veíamos una película abrazados en el sofá, Jackson me susurró:
—¿Sabes qué pensé cuando tu mamá dijo eso del baby shower?
—¿Qué?
—Que no me importa si es dentro de cinco años o de diez... quiero que cuando llegue ese momento, sea contigo.
Me giré para mirarlo, con el corazón latiendo lento y feliz.
—Lo será, Jackson. Ya es contigo.
Nos besamos sin prisa, entre mantas, risas y la promesa tácita de un futuro compartido.
Y en ese instante, entendí que el amor no era solo pasión o deseo... era compartir la risa después del caos. Era soñar juntos con una familia, con un hogar lleno de vida. Era saber que, pase lo que pase, estábamos construyendo algo real.
Pao Wang
