53

2 0 0
                                        

Nos despedimos de todos pasada la medianoche. Las luces de la azotea comenzaron a apagarse lentamente mientras Jackson tomaba mi mano, guiándome hacia el ascensor privado que nos llevaría al piso de abajo, al penthouse que había reservado solo para nosotros.

—¿Toda esta planta es solo nuestra? —pregunté, sorprendida.

—Esta noche... el mundo es solo tuyo —susurró cerca de mi oído.

Su voz, ronca y baja, me hizo estremecer. La emoción del momento seguía flotando en el aire como electricidad estática. Entramos a la habitación, y en cuanto se cerró la puerta detrás de nosotros, supe que algo había cambiado.

Ya no era solo su novia.

Era su prometida.

Y él no me miraba como antes.

No.

Me miraba como si acabara de ganarse el universo entero.

—Jackson... —dije apenas, sintiendo cómo mi corazón latía más rápido.

Él caminó hacia mí, sin apuro, con una expresión que mezclaba deseo, ternura y adoración. Me tomó del rostro y apoyó su frente contra la mía.

—Gracias —murmuró.

—¿Por qué?

—Por decir que sí. Por elegirme. Por hacerme creer que merezco todo esto... todo de ti.

Lo besé. Lento. Profundo. Como si tuviera que recordarle que sí, que lo elegí. Que lo volvería a elegir mil veces más.

Sus manos viajaron por mi cintura, deslizándose hasta mi espalda. El beso se hizo más urgente, más necesario. Sentí cómo mi vestido se aflojaba al notar sus dedos desatando el cierre con cuidado, como si se tratara de abrir un regalo.

—Este vestido... —susurró contra mis labios—. No sabes cuánto me costó mantenerme tranquilo toda la noche viéndote así.

—¿Y por qué lo lograste? —pregunté con una sonrisa traviesa.

—Porque quería hacerlo bien. Quería que el "sí" viniera antes de perder la cabeza por ti.

El vestido cayó al suelo con un susurro de tela, dejándome solo en mi lencería negra, delicada, que Lisa me había insistido en usar "por si acaso".

—Wow... —exhaló él, apartándose apenas para mirarme de arriba abajo—. ¿Esto también fue planeado?

—Un poquito... —reí, mientras él me cargaba en brazos sin previo aviso.

—No sabes lo que provocas en mí, Paula.

Nos hundimos en la cama, entre sábanas blancas y suaves, con Manhattan como telón de fondo a través de los ventanales. Sus manos recorrían mi piel con una devoción que me hacía sentir única. Me besaba como si cada parte de mí mereciera atención, como si esta fuera la primera vez... y al mismo tiempo, la más importante.

—Prométeme algo —dije entre susurros.

—Lo que quieras.

—Que siempre vamos a volver a este momento. Que pase lo que pase, siempre vamos a recordar cómo se siente esto.

Él me miró fijamente, con los ojos brillantes.

—Te lo prometo, futura señora Wang.

Hicimos el amor con calma, con pasión contenida, con fuego en la piel y amor en el alma. No hubo prisa. Solo sus manos, mi piel, nuestros latidos desacompasados... y el eco de una promesa que acabábamos de sellar bajo las estrellas.

Horas más tarde, recostados, con mi cabeza en su pecho, él jugueteaba con mi anillo, deslizándolo suavemente por mi dedo.

—¿Te das cuenta de lo que hicimos hoy? —preguntó.

—¿Sí? —sonreí—. Nos comprometimos, hicimos llorar a Lisa, emocionamos a Megan, y ahora estamos desnudos en una cama de lujo en Nueva York. Nada mal para un martes.

Él soltó una carcajada y me besó la frente.

—Esto es solo el comienzo, ¿lo sabes?

—Lo sé —dije, abrazándolo más fuerte—. Pero no quiero que termine esta noche.

—Entonces no lo hagamos terminar. Quedémonos aquí... hasta que el mundo deje de girar.

Y así, entre caricias, risas y el roce de nuestras pieles, nos quedamos despiertos, soñando con un futuro que ya había comenzado.

Uno en el que no éramos solo novios.

Éramos promesa.

Éramos destino.

Éramos para siempre.

Pao Wang

~Drive you home~Where stories live. Discover now