La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales del ventanal, mientras Jackson y yo nos acurrucábamos bajo una manta en el sofá. Afuera, Nueva York se apagaba poco a poco, pero dentro de nuestra burbuja, todo seguía cálido.
Yo estaba recostada sobre su pecho, escuchando el ritmo pausado de su corazón. Él jugaba con los mechones de mi cabello distraídamente, con esa calma que solo compartía conmigo.
—¿En qué piensas? —preguntó, su voz ronca y baja, apenas un susurro.
Levanté un poco la vista, encontrándome con sus ojos oscuros que parecían siempre saber más de lo que decían.
—Que jamás imaginé esto —confesé—. Cuando te conocí en ese restaurante, en México... no tenía idea de quién eras. Bueno, sí sabía tu nombre —reí—, pero no la magnitud de lo que iba a pasar.
Jackson sonrió.
—¿De verdad no imaginaste que terminarías siendo mi novia?
Negué con la cabeza, con una sonrisa nostálgica.
—Para nada. Apenas si me atrevía a mirarte. Hice el oso más grande de mi vida ahí... y tú solo... estabas mirándome.
—Me pareciste adorable. Estabas tan nerviosa —rió con ternura—. Fue imposible no notarte.
—Y luego me diste tu número —continué, acariciando su pecho suavemente—. Y lo guardé, pero nunca me atreví a llamarte. Me parecía imposible que algo entre nosotros pudiera pasar. Éramos mundos distintos.
Jackson me besó la frente con dulzura.
—Pero pasó.
—Sí —asentí—. Y lo más loco es que fue gracias a Pretty Please. Cuando escuché esa canción y entendí que era una señal, que estabas buscando algo más... fue como una sacudida. Nunca nadie me había buscado así. Con música. Con arte. Con intención.
Él me tomó el rostro entre sus manos, sus ojos brillando con emoción.
—No me importaba dónde estabas. Solo sabía que tenía que encontrarte. Que esa historia en ese restaurante no podía ser el final. Era el principio.
—Y luego llegaste a mi empresa, en Nueva York, como si el universo hubiera dicho: "ya, es ahora".
—Y desde ahí —susurró—, el resto es historia.
Nos besamos. Sin prisa. Sin necesidad de decir nada más. Su beso sabía a hogar, a destino cumplido, a todo lo que nunca imaginé pero siempre soñé.
—¿Sabes qué es lo mejor? —dije en voz baja, acurrucándome aún más en su pecho—. Que ahora no solo eres la persona que me buscó con una canción... eres el amor de mi vida.
Jackson me abrazó más fuerte, como si esa frase se le hubiera clavado en el alma.
—Y tú eres la letra que me faltaba escribir.
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El reloj marcaba las 10:47 p. m. cuando decidimos que era hora de cenar... aunque ninguno de los dos tenía muchas ganas de cocinar. Jackson estaba tirado boca abajo en el sofá, haciendo ruidos de sufrimiento como si se le hubiera acabado la vida, no la batería del celular.
—Estoy muriendo —gimió dramáticamente—. Necesito comida. O besos. Lo que llegue primero.
Me reí desde la cocina, con la cabeza metida en el refrigerador.
—Hay sobras de pasta, medio aguacate triste y una caja de fresas. Elige tu destino.
Jackson se incorporó, con esa camiseta blanca que le quedaba peligrosa. Caminó descalzo hacia mí y se apoyó en la puerta del refrigerador, mirándome como si yo fuera el manjar.
—¿Y si mi elección eres tú? —dijo con voz grave, acercándose peligrosamente.
—Eso no te va a quitar el hambre —contesté, pero ya estaba sonrojada hasta las orejas.
Me tomó de la cintura y me alzó como si no pesara nada, sentándome en la encimera. Su nariz rozó la mía, con esa sonrisa traviesa que me derretía.
—No, pero alimenta otras necesidades —susurró, antes de besarme lentamente.
Entre risas, caricias y besos robados, terminamos comiendo pasta fría con las manos, directamente del tupper. Jackson hacía comentarios sobre cómo eso era "una experiencia gastronómica de alto nivel" y yo no podía parar de reír.
Después de cenar, nos recostamos en el sillón, enredados en una manta, viendo una película que nadie estaba realmente mirando.
—Cherry —murmuró él, besando mi hombro—. Me encanta esta versión de nosotros. Sin nada más que un pijama, pasta fría y tú diciéndome que tengo restos de salsa en la cara.
—Esa salsa te hace ver muy sexy —bromeé, limpiándosela con el dedo—. Deberías salir así en tu próximo video musical.
—O podríamos grabar uno aquí —dijo, mirándome con una ceja levantada—. Un video casero, muy íntimo. Ya sabes...
—Jackson Wang —dije, dándole un golpe suave con el cojín—, ¿estás insinuando lo que creo que estás insinuando?
—Solo digo que la cámara del iPhone tiene buena resolución —se encogió de hombros—. Y tú te ves increíble en pijama. O sin él.
Solté una carcajada y lo empujé sobre el sofá, dejándome caer sobre él. Sus manos me atraparon al vuelo.
—Eres un descarado —dije.
—Soy tu descarado —respondió, besándome con una sonrisa.
La noche siguió entre caricias suaves, bromas internas y risas sin motivo. Cantamos a gritos canciones en el karaoke del televisor, Jackson bailó como un loco mientras yo me moría de risa, e incluso terminamos haciendo un mini dúo improvisado con cucharas como micrófonos.
—¿Te das cuenta de que somos ridículos? —le dije, jadeando de risa.
—Sí —contestó, sin dudar—. Ridículamente felices.
Y en ese instante, en pijama, despeinados y con la casa hecha un desastre, supe que no necesitaba más pruebas: este era el amor más real que había vivido. El que no se graba para redes, pero se graba en el alma.
Pao Wang
