El sonido del agua hirviendo en la tetera llenaba el loft en Nueva York, mientras Paula salía del baño envuelta en una toalla, secándose el cabello con otra. Hacía días que estaba en casa, recuperándose. Jackson no se había separado de ella en ningún momento. Literalmente.
Y al principio era adorable. Dulce. Cariñoso. Como siempre había sido.
Pero había algo distinto ahora. Algo que Paula no terminaba de entender.
—¿Otra vez sopa de jengibre con miel? —preguntó en tono divertido al ver a Jackson sirviendo un tazón humeante.
—Sí. Y también preparé el té de menta que te gusta —respondió sin mirarla, concentrado en no derramar nada mientras lo colocaba todo con precisión frente a ella, como si fuera parte de un ritual milenario.
—Jackson... estoy bien. De verdad. El doctor dijo que ya puedo hacer mis cosas. No tienes que estar al pendiente cada segundo —le dijo, tocando su brazo suavemente.
Él se giró a verla. Esa mirada intensa, esa mezcla de amor, miedo y algo más que Paula no lograba descifrar.
—No es eso. Es solo... no quiero que te falte nada.
Paula suspiró y se dejó caer en el sofá. Jackson se sentó a su lado enseguida, rodeándola con una manta aunque no hacía frío.
—¿Estás seguro que eres tú y no una app de cuidado personal con IA? Porque te juro que te pareces mucho a la versión premium —bromeó ella.
Él sonrió, pero su sonrisa no llegó del todo a sus ojos.
—No me gusta cómo te están viendo allá afuera, cómo hablan de ti. No me gusta que te empujen, que te acosen por rumores estúpidos —dijo, con una tensión en la mandíbula que Paula reconocía: estaba enojado. Otra vez.
Desde que el accidente provocado por los paparazzi los obligó a encerrarse unos días, Jackson había cambiado. Era como si no pudiera permitirse el más mínimo error con ella. Como si la culpa lo persiguiera y necesitara redimirse en cada detalle, cada plato servido, cada vaso de agua ofrecido con manos temblorosas.
—Jackson... ¿me estás vigilando? —preguntó con una sonrisa nerviosa cuando él le dijo que había puesto cámaras extra en el lobby del edificio "por seguridad".
—No, te estoy cuidando —respondió él con firmeza, como si no hubiera diferencia.
Paula parpadeó.
—Cariño... esto ya se está sintiendo como que esperas que algo horrible pase en cualquier momento.
Él se levantó del sofá y caminó hacia la ventana. Estaba anocheciendo, y los faroles de la ciudad comenzaban a encenderse como estrellas artificiales.
—Porque sí lo espero, Paula —confesó, dándose vuelta—. Desde que te vi en ese hospital, inconsciente, con tubos conectados a ti... no dejo de imaginar que te pierdo otra vez. Y no lo voy a permitir. No me importa si me llamas exagerado, loco o intenso. ¡Me da igual! —su voz se quebró—. No voy a dejar que algo te pase otra vez por culpa del mundo que me rodea.
Paula se levantó despacio, caminó hasta él, y le tomó el rostro con ambas manos.
—Estoy aquí, Jackson. Contigo. No me voy a ir a ningún lado —le dijo con una calma que contrastaba con la tormenta en los ojos de él.
Él cerró los ojos y la abrazó con fuerza, enterrando su rostro en el cuello de ella.
—No sé cómo dejar de sentir este miedo —susurró—. Desde que empezaron a atacarte en redes, desde lo de Mia, desde que casi te mueres... no puedo soltar este peso.
