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La sala de espera del hospital estaba sumida en un silencio que no combinaba con el caos emocional que ardía en el pecho de Jackson. Afuera, los flashes seguían estallando como relámpagos malditos. Él no los soportaba más. Caminaba de un lado a otro con el rostro sombrío, los ojos hinchados por el llanto contenido, y los puños cerrados como si fueran a romper el aire en cualquier momento.

—Señor Wang, ya no pueden seguir aquí —dijo uno de los guardias de seguridad refiriéndose a los reporteros afuera—. ¿Desea que pidamos refuerzos?

Jackson respiró hondo. Miró hacia la puerta, donde una muchedumbre de cámaras seguía gritando su nombre y el de Paula como si fueran personajes de una serie en lugar de personas reales. Se pasó una mano por el cabello, furioso.

—No. Yo me encargo.

Se ajustó la chaqueta, le dio una última mirada al pasillo que conducía a la habitación de Paula —quien seguía negándose a hablarle desde que abrió los ojos—, y salió con paso decidido.

Las cámaras estallaron.

—¡Jackson! ¿Qué pasó con Paula?

—¿Es verdad que estaban comprometidos?

—¿Tienes algo que decir sobre el accidente?

Jackson levantó una mano, exigiendo silencio. Y sorprendentemente, lo obtuvo. Su mirada era fuego puro.

—Voy a decir esto una vez —comenzó con voz grave—. Ustedes. Todos ustedes... la pusieron en esa cama.

Algunos bajaron las cámaras. Otros parpadearon, sin saber cómo reaccionar.

—La han perseguido, acosado, hostigado con preguntas, inventos, fotos que nunca fueron autorizadas. ¡Y todo por un maldito rumor! —alzaba la voz, pero cada palabra era clara como una bofetada—. ¿Querían una historia? ¿Un escándalo? Pues ahí lo tienen: ¡mi novia está en el hospital por su culpa!

Tomó una pausa, tragando saliva con dificultad.

—¿Saben lo que es verla inconsciente? ¿Ver sangre en el asfalto? ¿Escucharla gritar mi nombre con miedo? —su voz se quebró, pero no bajó la mirada—. No voy a perdonarlos. Y no voy a quedarme callado mientras destruyen la vida de la mujer que amo solo para vender titulares.

Las cámaras seguían grabando, ahora sin morbo, sino con algo más parecido al respeto. O al miedo.

—No se atrevan a volver a acercarse a ella. Ni a su familia. Ni a sus amigas. A partir de hoy, no soy solo un cantante. Soy su escudo. Y les juro... que no voy a dejar que la toquen otra vez.

Jackson se dio media vuelta sin esperar respuesta, dejando atrás el silencio más incómodo que jamás había reinado entre tantos periodistas.

Cuando volvió al hospital, aún temblaba por la furia. Se apoyó contra la pared, cerrando los ojos un momento. Quería entrar a la habitación de Paula, abrazarla, suplicarle que le hablara... pero aún no estaba lista. Y él respetaría eso.

Pero mientras tanto, al menos el mundo ya sabía lo que había en su corazón.

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El olor a desinfectante, el zumbido constante de las máquinas y el leve pitido del monitor cardíaco eran lo único que rompía el silencio en aquella habitación blanca. Paula seguía allí, recostada en la cama, con la mirada perdida en el ventanal del hospital. Afuera, Nueva York no se detenía. Dentro de ella, todo sí lo había hecho.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde el accidente. Solo recordaba los flashes, los gritos, el intento de escapar de los paparazzi que la seguían obsesivamente tras los rumores de boda con Jackson. Y luego, oscuridad.

Cuando despertó, no pidió por nadie. Ni siquiera por él.

—¿Cómo te sientes, hija? —preguntó su mamá con suavidad, sentada junto a la cama, acariciándole el cabello como cuando era niña.

—Bien —mintió Paula, su voz era apenas un susurro.

Su padre estaba de pie, con los brazos cruzados, con el ceño fruncido. No era hacia ella, no. La preocupación se le notaba hasta en el andar.

—Tenemos que mostrarte algo, Pau —dijo él con tono firme.

Ella giró lentamente la cabeza hacia ellos.

—Si es algo sobre Jackson... no quiero.

—Paula —intervino su madre—, esto... esto tienes que verlo. No es un video cualquiera.

Su papá sacó su celular y buscó en silencio el clip. Paula suspiró hondo, sabiendo que no tendría escapatoria. Y cuando su padre le tendió el teléfono, sin decir más, lo tomó con manos temblorosas.

En la pantalla apareció Jackson, de pie frente a un grupo de reporteros. Los flashes estallaban por todas partes. Su cabello estaba revuelto, no por estilo, sino por estrés. Sus ojos oscuros ardían, y su voz... su voz tenía un filo que nunca le había escuchado antes.

—¡Basta! ¡Paren esto ya! —gritó, empujando con el cuerpo a un par de cámaras que se le acercaban demasiado—. ¿Saben lo que hicieron? ¿Saben lo que causaron? ¡Paula pudo haber muerto!

Los periodistas intentaban preguntar cosas, pero él los ignoraba.

—Todo por un rumor absurdo. Un maldito anillo, una foto, y ya imaginan bodas, hijos y escándalos. ¿Pero saben qué? ¡Eso no les da derecho a acosarla como si no fuera humana! ¡Ella es una mujer increíble, valiente, trabajadora, y ustedes la arrastraron por el suelo con sus especulaciones!

La imagen temblaba un poco, como si quien grababa también estuviera afectado por la intensidad.

—Y si quieren culpar a alguien, culpenme a mí. Porque sí, la amo. La amo tanto que daría mi carrera, mi vida entera, por haber evitado lo que le hicieron. Pero ya basta. ¡Ella no les debe nada!

El video terminó ahí.

Paula sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho. Trató de disimularlo, pero una lágrima se le escapó. Luego otra. Y otra.

—No lo he visto desde que pasó todo —confesó con voz quebrada—. No quiero... no sé cómo mirarlo sin recordar el sonido de los frenos, el dolor, el miedo.

—Lo sé, mi amor —dijo su madre sentándose a su lado y tomando su mano—. Pero también debes ver lo que hizo por ti. No te dejó sola ni un segundo.

Su padre asintió, con los ojos brillantes.

—Él no dio entrevistas, no grabó nada nuevo. Solo estuvo aquí, esperando que despertaras, llorando como un niño. Ese chico te ama, Paula.

Ella se mordió el labio con fuerza.

—¿Creen que... que sea seguro volver a confiar en todo esto? En lo que éramos...

—No es sobre seguridad, hija —respondió su papá—. Es sobre amor. Y si algo quedó claro en ese video... es que ese muchacho está dispuesto a enfrentar al mundo por ti.

Paula bajó la mirada al celular todavía en sus manos. Jackson, con su voz temblando de furia y tristeza, seguía resonando en su cabeza.

"¡Ella no les debe nada!"

Sus dedos temblaban, pero no soltó el teléfono. Por primera vez desde que despertó, se permitió una pequeña sonrisa rota. Porque tal vez no estaba lista para hablar con él... pero ese video había encendido una chispa.

Una que no se iba a apagar tan fácil.

Pao Wang

~Drive you home~Where stories live. Discover now