La mañana había empezado tranquila. Jackson estaba en la cocina, cantando bajito mientras preparaba hotcakes. Llevaba mi delantal rosa con la frase "Besos primero, café después", y nada más que eso sobre el torso. Una escena digna de enmarcar. Yo, todavía en pijama, lo miraba desde el sofá con una sonrisa boba y la cámara del celular lista para tomar una foto cuando...
Ding dong.
—¿Esperas a alguien? —preguntó él, frunciendo el ceño.
Negué con la cabeza. Nadie había dicho que vendría. Me levanté, descalza, y fui a abrir la puerta. Y ahí estaban. Mis papás.
—¡Hola, hija! —exclamó mi mamá, con esa voz alegre y fuerte que podía llenar cualquier habitación.
—¿¡Mamá!? ¿Papá!?
Mi papá sonrió con su típica expresión de "sorpresa, lo logramos".
—Pensamos que era hora de una visita sorpresa —dijo, abriendo los brazos.
Mi corazón latió con fuerza. No porque no quisiera verlos, sino porque... ¡Jackson seguía sin camiseta y con el delantal rosa!
—¡Eh... pasen! —me hice a un lado, nerviosa.
Jackson apareció en ese momento con una sonrisa, hasta que se detuvo al verlos. Su rostro cambió de "boyfriend en modo chef" a "novio conoce a los suegros en ropa comprometedora".
—¡Hola! Ustedes deben ser los papás de Paula... qué gusto, soy Jackson —dijo con una reverencia casi perfecta, el delantal todavía colgando.
Mi mamá lo miró de arriba abajo, divertida. Mi papá le estrechó la mano con una ceja alzada.
—¿Usted es el famoso Wang?
—Sí, señor. El mismo.
Yo quería desaparecer en el suelo.
—Jackson... tal vez... camiseta, ¿sí? —le susurré entre dientes.
—¡Ah! Claro. ¡Un minuto!
Corrió al cuarto y yo los guié al sofá. Mis padres miraban el departamento con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—Está... muy bonito aquí. ¿Tú decoraste? —preguntó mamá.
—En parte... Jackson también tiene buen gusto —respondí, intentando sonar normal.
Jackson volvió, ahora sí con una camiseta blanca, el cabello un poco más peinado y la sonrisa de siempre.
—Lamento el recibimiento informal, no sabía que hoy conocería a dos personas tan importantes —dijo, sentándose a mi lado pero sin tomar mi mano. Tacto total.
—Pues ya era hora de conocerte. Aunque te confieso que no fue fácil entender por qué te escondías tanto —dijo papá con tono neutral—. Hasta que vimos las entrevistas.
Yo tragué saliva.
—No quería que se enteraran así...
—Tranquila, hija —interrumpió mamá, tomando mi mano—. Solo queríamos saber que estabas bien. Y ahora que te vemos así, con esta sonrisa... entendemos muchas cosas.
Jackson se animó a hablar.
—Sé que todo esto fue rápido... y también complicado. Pero quiero que sepan que amo a su hija. Que voy a cuidarla y respetarla, sin importar lo que el mundo diga.
Papá lo observó en silencio. Luego, asintió lentamente.
—Bien. Eso queríamos escuchar.
Suspiré, aliviada. Luego pasamos horas hablando. Jackson cocinó para todos. Mis padres compartieron historias de mi infancia que lo hicieron reír a carcajadas (especialmente cuando contaron cómo rompí la piñata antes de tiempo en mi sexto cumpleaños). Y al final del día, mi papá incluso le dio unas palmaditas en el hombro.
Cuando se fueron al hotel, Jackson y yo nos quedamos en la puerta mirándonos, aún en shock.
—Bueno... eso fue intenso —dije.
—Pero sobrevivimos.
—Y no te mataron. Ni siquiera por el delantal.
—Tal vez les caí bien por eso.
Reímos juntos. Luego me abrazó por detrás, besando mi cuello suavemente.
—Tus papás son geniales. Pero tú... tú eres la verdadera sorpresa de mi vida.
Cerré los ojos y sonreí, pensando que ese día había sido caótico... pero perfecto
Apenas cerramos la puerta después de despedir a mis papás, solté un largo suspiro y me dejé caer en el sillón.
—¡Dios mío! ¿Te imaginas si hubieran llegado diez minutos antes? —dije, llevándome las manos al rostro—. ¡Estabas medio desnudo y cantando "Cherry Bomb" mientras batías masa!
Jackson, aún con la sonrisa marcada, se dejó caer a mi lado y me miró con cara de "tú no sabes lo cerca que estuvimos de la tragedia".
—Paula... —dijo en tono serio, entrecerrando los ojos—. ¿Te diste cuenta de que dejaste tus calzones en la sala ayer en la noche?
Abrí los ojos como platos.
—¿¡Qué!?
Salté del sillón como si me hubieran electrocutado y empecé a buscar con la mirada como loca.
—¡No, no, no, no, no...! Dime que estás bromeando.
Jackson no aguantó la risa.
—Relájate, los metí en tu suéter cuando fui a buscar mi camiseta. Pero por dos segundos... dos segundos, amor, estaban en la alfombra, bien expuestos al universo.
Me tapé la cara de la vergüenza y me dejé caer de rodillas dramáticamente.
—¡Dios, si mis papás hubieran visto eso, me mandan de regreso a México sin boleto de regreso!
Jackson se rio tanto que terminó tirado en el piso, sosteniéndose el estómago.
—Y eso no es todo —añadió, recuperando un poco el aliento—. Cuando fui al baño a ponerme la camiseta, vi que el paquete de condones estaba sobre la mesita del recibidor. ¡El maldito paquete dorado!
—¡Nooooo! ¡El dorado, no! ¡Ese brilla como si fuera una estatua de premiación!
—Exacto —dijo, aguantando la risa—. Parecía el premio al "Rendimiento Destacado en Actividades No Aprobadas por Papás".
Ambos terminamos riendo como adolescentes. Nos tiramos en la alfombra, exhaustos de tanto nervio y carcajadas.
—Gracias, universo, por los milagros —dije al final, mirando el techo.
—Gracias, Jackson, por tener reflejos ninja —añadió él, tomando mi mano.
Nos miramos un segundo... y luego nos reímos otra vez.
Definitivamente, sobrevivir una visita de padres ya era un logro. Sobrevivirla sin que vieran tus calzones o condones en plena sala... merecía una celebración.
Pao Wang
