Después de dejar nuestras mochilas en el sofá, Jackson caminó directo al ventanal del departamento. Afuera, la lluvia seguía cayendo, como si el cielo no tuviera intenciones de detenerse. Sus manos estaban en los bolsillos, los hombros tensos.
Yo me acerqué en silencio, con una manta en las manos, pero no me animé a cubrirlo aún. Lo observé desde la distancia. Sabía que estaba procesando más cosas de las que podía decir en voz alta.
—¿Quieres que prepare un té? —pregunté suavemente, intentando romper el silencio sin romperlo del todo.
—No... no te vayas todavía —dijo sin moverse.
Me quedé quieta. Luego, con paso lento, me acerqué y apoyé mi frente en su espalda. Él suspiró, largo y pesado. Levantó una de sus manos y la llevó sobre la mía, que estaba en su cintura. Se aferró con fuerza. Como si eso fuera lo único real.
—Hay algo que no te he dicho —confesó—. Porque me da vergüenza. Porque me hace sentir peor de lo que ya me siento.
—Puedes decirme lo que sea, lo sabes.
Se dio la vuelta. Sus ojos estaban más oscuros, cargados de una rabia contenida, pero no contra mí. Contra el mundo.
—Me duele más lo que dicen de ti... que lo que dicen de mí.
Tragué saliva. No dije nada, lo dejé hablar.
—Entiendo que me funen a mí. Me expuse. Fui famoso. Hay gente que me ama, y otra que me odia. Pero tú... tú no pediste esto, Cherry. Tú solo te enamoraste de mí. Y ahora te están despedazando como si fueras culpable de algo.
—Jackson...
—¡Te llaman interesada, falsa, aprovechada! —explotó, alzando la voz, pero sin perder el control—. Dicen que estás con un maltratador. Que eres "igual de tóxica" por defenderme. ¡¿Qué se supone que haga, eh?! ¿Cómo se supone que viva tranquilo cuando sé que te están destruyendo por amarme?
Me dolió verlo así. Vulnerable, impotente. Me acerqué y le tomé el rostro entre las manos.
—Yo no estoy hecha de papel, Jackson. No soy tan frágil como piensan. Sí, me duele... pero no me rompe.
—Pero debería protegerte. Y no puedo. No puedo silenciarlos. No puedo poner un escudo sobre ti cuando me necesitas.
—Pero sí puedes estar aquí. Así. Conmigo. Sin esconderte. Sin huir. Y eso vale más que mil escudos.
Jackson bajó la cabeza, derrotado.
—A veces siento que te metí en una guerra que no era tuya.
—Y yo elegí quedarme —le recordé con suavidad—. Porque el amor no se trata de estar solo en los días de sol. Se trata de quedarnos cuando llueve, como ahora.
Me abrazó fuerte, como si necesitara asegurarse de que no iba a desaparecer. De que no era un sueño. Hundió su rostro en mi cuello y murmuró:
—No soporto la idea de que te hieran por mi culpa.
—Entonces solo hazme una promesa —le pedí.
Se separó un poco y me miró a los ojos, confundido.
—¿Cuál?
—Que no te vas a dejar vencer por esto. Que no vas a dejar que Mia, ni el odio, ni las redes... te conviertan en alguien que no eres. Porque si tú caes... yo también.
Jackson me besó la frente y luego se apoyó contra mí, como si el peso del mundo hubiera encontrado descanso.
—Te lo prometo, Cherry. Por ti, por nosotros... no voy a dejar que esto me hunda.
Nos quedamos abrazados frente al ventanal, con la lluvia como telón de fondo. Y en medio del caos, del escándalo, de los insultos... ahí estábamos. Dos corazones que no sabían cómo pelear contra el mundo, pero que seguían eligiéndose en la tormenta.
La tarde estaba quieta. Demasiado. Como esas calmas que solo llegan antes de que todo se desmorone.
Jackson estaba en la cocina, con el celular en la mano, girando la taza de café como si necesitara mantener las manos ocupadas para no quebrarse. Yo lo observaba desde el pasillo, sin hacer ruido, sin anunciarme. Algo en su cuerpo me decía que había tomado una decisión. Algo que no quería compartir.
—¿Jackson? —pregunté finalmente.
Se giró con un leve sobresalto. Forzó una sonrisa, pero no le llegó a los ojos.
—Hey, Cherry. ¿Te desperté?
—No estaba dormida. ¿Qué pasa?
Guardó el celular en el bolsillo demasiado rápido.
—Nada. Solo... cosas.
Me acerqué. Me detuve a centímetros de él. Supe en ese instante que algo estaba mal.
—¿Qué cosas?
Dudó. Y eso fue peor que una confesión.
—Me llamaron del canal "StarTV". Quieren que dé una entrevista. En vivo. Esta noche. —Bajó la voz—. Para aclarar todo.
El silencio se volvió espeso entre nosotros. Yo lo miraba fijo, esperando que dijera lo que quería oír. Pero no lo hizo.
—¿Y...?
—Y acepté.
Mi corazón se cayó. Literalmente. Sentí cómo se hundía en mi estómago.
—¿Aceptaste?
—No podía seguir viendo cómo te destrozan en redes, Cherry. Cómo inventan cosas. Cómo me llaman abusador. No quiero que vivas en la sombra de eso. Pensé que si hablaba... si explicaba...
Me alejé un paso. Él extendió la mano, pero no lo dejé tocarme.
—Pensaste. Pero no me preguntaste.
—Sabía que dirías que no.
—¡Porque NO queremos esto, Jackson! ¡Porque habíamos decidido mantenernos fuera del show! ¡Tú me prometiste que no ibas a dar entrevistas, que no ibas a caer en el juego de Mia!
—¡Y qué querías que hiciera! —gritó, dolido—. ¡¿Seguir escondiéndome?! ¡¿Ver cómo te insultan todos los días sin poder defenderte?!
—¡Prefería eso a que te sientes en una silla, frente a millones, a justificar nuestro amor como si fuera un crimen!
Me temblaban las manos. Las lágrimas querían salir, pero no les di permiso. Jackson bajó la mirada, con la mandíbula apretada.
—Lo hice por ti.
—No. Lo hiciste por ti. Porque no soportas perder el control. Porque no puedes ver que el mundo te odie sin hacer algo al respecto. Pero no pensaste en mí, en lo que significa revivirlo todo frente a cámaras, que el tema se haga más grande... más viral.
Jackson se quedó en silencio. Por primera vez, no tuvo respuesta. Y eso dolió más que su decisión.
—¿Vas a ir igual? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.
—Sí.
Asentí. Me sequé los ojos sin delicadeza.
—Entonces vete. Pero cuando regreses, ya no sé si voy a estar.
Vi en su rostro una grieta. Una real. No la que se disimula con sonrisas. Una que parecía dolerle más que cualquier comentario en redes.
—No digas eso...
—Te dije que esto me dolía. Te dije que lo único que necesitaba era tu silencio, tu presencia. Pero me cambiaste por un foco. Por una cámara. Por una maldita entrevista.
Fui al cuarto, cerré la puerta. No con rabia. Con tristeza. Esa que pesa como una roca en el pecho.
Él no me siguió.
Y eso fue lo que más me rompió.
Pao Wang
