Después de correr por el apartamento entre risas y almohadazos —con Jackson envuelto en una toalla a punto de traición—, ambos terminaron en el sofá, sin aliento de tanto reír.
—Te juro que vi mi carrera profesional desmoronarse en tiempo real —dijo Paula, tirada boca arriba con la cabeza colgando del borde del sofá.
—Y yo vi mi vida pasar ante mis ojos cuando casi se me cae la toalla en vivo frente a tus inversionistas. ¿Te imaginas la portada? "Cantante internacional muestra más de lo debido en junta corporativa" —rió Jackson, dejando un beso en su frente.
Ella le sonrió, ya relajada, con el cabello algo alborotado por la pelea de cojines. Había algo en él que hacía que incluso las situaciones más vergonzosas se sintieran... bonitas.
—¿Entonces todavía aceptas mi oferta de cena? —preguntó él, con esa vocecita juguetona que usaba para convencerla de todo.
—Solo si la cocina no termina incendiada y no me sales en bóxer de nuevo frente a gente importante.
—Entonces prometo vestirme... al menos de la cintura para arriba —dijo con una sonrisa pícara.
Ella le lanzó un cojín otra vez.
Horas más tarde, el apartamento estaba transformado. Jackson había puesto luces tenues, unas velas aromáticas y música suave de fondo. En la mesa del comedor, dos platos perfectamente servidos (bueno, comida para llevar servida como si fuera casera, porque Jackson no cocinaba ni arroz sin quemarlo).
Pau apareció con un vestido sencillo pero elegante, y Jackson la esperó con una copa de vino en la mano y una sonrisa que derretiría el hielo del Ártico.
—Estás hermosa. Pero... no tan sexy como cuando me gritaste "¡estoy en Zoom!" —bromeó.
—Tú también luces bien. Y sí, fue lo menos sexy que he dicho en mi vida.
Brindaron, se sentaron y comieron entre risas, recordando juntas pasadas, peleas absurdas, y los inicios de su historia. Todo fluía. Cómodo. Divertido. Íntimo.
—¿Sabes? —dijo Paula, en un tono más suave— Nunca imaginé que estaría aquí contigo. Literalmente nunca. Cuando te conocí en ese restaurante en México, jamás pensé que ese chico que me dio su número sin conocerme... estaba buscándome con una canción.
Jackson la miró con ternura.
—Y yo nunca imaginé que esa chica, que se tropezó con la silla y se sonrojó tanto que parecía un tomate, sería la razón por la que Pretty Please existiera.
Ella bajó la mirada, emocionada, sin querer soltar una lagrimita.
—¿A veces te pasa? ¿Que esto... parece un sueño?
—Todo el tiempo —respondió él, tomándole la mano—. Pero uno del que no quiero despertar.
Un silencio cómodo los envolvió. Luego él se levantó, le ofreció la mano.
—¿Bailamos?
—¿Aquí?
—¿Quién necesita pista cuando tenemos espacio entre el sofá y la mesa?
Ella rió y aceptó. Bailaron lento, torpes, pegados. Él apoyó la frente contra la de ella.
—Prometo no volver a salir en toalla en ninguna junta —susurró.
—Y yo prometo cerrar con llave la puerta del estudio —contestó ella, abrazándolo más fuerte.
Jackson la besó suavemente, sin apuro, con todo el cariño que cargaban en el pecho desde hace días.
—Te amo, Cherry.
—Te amo, desastre andante.
Y entre bailes, risas y besos robados... se olvidaron del mundo por un rato.
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Nueva York comenzaba a oscurecerse, y el apartamento estaba impregnado de un suave aroma a lavanda, con luces tenues encendidas. Paula terminaba de revisar unos pendientes desde su laptop, sentada sobre la cama, mientras Jackson preparaba algo de vino en la cocina. Había sido un día largo, y ambos necesitaban un poco de relax.
—¿Quieres blanco o tinto, mi ejecutiva poderosa? —gritó desde la cocina con esa voz que la hacía sonreír sin esfuerzo.
—Blanco, por favor. Pero tráelo ya que esto necesita una pausa urgente —respondió, estirándose mientras se quitaba los lentes con un suspiro.
Jackson apareció con las dos copas, una sonrisa traviesa y una mirada que decía todo sin pronunciar palabra. Se sentó a su lado y comenzó a besarle el cuello suavemente.
—¿Sabes que me encantas cuando estás tan concentrada? Me dan ganas de interrumpirte...
—Jackson... tengo una junta temprano mañana... —murmuró entre risas, aunque claramente no hacía mucho esfuerzo por detenerlo.
Las copas de vino quedaron olvidadas en la mesita de noche mientras los besos se volvían más intensos. Pronto, la camisa de Jackson ya no estaba y la blusa de Paula tampoco. El ambiente comenzaba a calentarse de una forma deliciosa... justo cuando se escuchó el pitido del código de la puerta.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Paula, congelada.
—No puede ser... No espero a nadie —respondió Jackson mientras se ponía los pantalones a toda prisa.
—¡Jackson! ¡Paula! ¡Sorpresa! —gritaron en coro los chicos de GOT7 y las amigas de Paula al abrir la puerta. BamBam, Yugyeom, Jinyoung, Jennie y Valentina entraron con bolsas de botanas, cervezas y una bocina Bluetooth.
Jackson, descalzo y sin camisa, se lanzó hacia la puerta del cuarto justo cuando Jennie asomaba la cabeza.
—¡NO! ¡NO ENTREN! —gritó, cerrando de golpe.
—¡Ay, por Dios, Jackson! ¿Estabas desnudo? —preguntó BamBam entre carcajadas.
—¿Otra vez interrumpimos? —añadió Yugyeom, dándole un codazo a Jinyoung, que solo negaba con la cabeza.
Dentro del cuarto, Paula se cubría con las sábanas, totalmente roja de la vergüenza.
—¡Dios mío! ¡Mis calzones están en el piso y no vi si los vieron! —susurró desesperada.
Jackson regresó con la puerta cerrada, y se tiró sobre la cama con una mezcla de risa y frustración.
—Lo siento... olvidé que hoy era "noche de locura" con ellos. Dijeron que vendrían algún día, no que era hoy —dijo, mientras intentaba buscar su camisa entre la ropa tirada.
—Esto ya parece una maldición —respondió Paula entre risas—. Cada vez que intentamos un momento íntimo, ¡alguien aparece!
Ambos estallaron en carcajadas, rendidos ante la ironía.
—¿Salimos a saludarlos? —preguntó él.
—Solo si tú sales primero... yo tengo que encontrar mis calzones —rió, escondiéndose bajo las sábanas mientras Jackson se vestía.
Cuando finalmente salieron del cuarto, todos los amigos los aplaudieron como si fueran celebridades entrando a una alfombra roja.
—¡Los tortolitos salieron vivos! —gritó Valentina con un brindis.
—¿Podemos poner una regla de avisar antes de llegar? —preguntó Paula aún sonrojada.
—¡Claro! Pero entonces no tendría tanta gracia —respondió Jennie guiñando un ojo.
Y así, la noche terminó en carcajadas, bromas y un karaoke improvisado. Porque aunque sus momentos íntimos fueran interrumpidos, el amor que compartían era tan fuerte que incluso las escenas más bochornosas terminaban siendo parte de los recuerdos que más atesorarían.
Pao Wang
