La brisa entraba por los ventanales abiertos, arrastrando el aroma del mar y el murmullo de las olas. Jackson tenía el torso desnudo, la piel ligeramente húmeda por el baño reciente, y una toalla colgando de su cintura. Se acercó con paso lento y felino, como si supiera exactamente el efecto que provocaba en mí.
—¿En qué piensas, señora Wang? —preguntó con voz grave, mientras se sentaba a mi lado en la cama.
Yo me mordí el labio. No podía evitar mirarlo fijamente. Sus clavículas, su abdomen marcado, su cuello... todo él parecía sacado de una fantasía.
—Estaba pensando en una fantasía —admití, jugando con el borde de la sábana.
Él alzó una ceja, divertido.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué clase de fantasía?
Me incliné hacia él, acercando mis labios a su oído.
—Siempre he querido verte con un piercing en el labio —susurré, mordiéndole suavemente el lóbulo—. Uno de esos plateados... del lado izquierdo. Sería... tan sexy.
Jackson se echó a reír, sorprendido, y me tomó del mentón para mirarme directamente.
—¿Un piercing? ¿Eso te gusta?
Asentí lentamente, mientras deslizaba mis dedos por su pecho.
—No sé... Hay algo en esa mezcla de ternura y peligro que me vuelve loca.
Él sonrió con picardía.
—¿Ternura y peligro? —repitió, acercándose a mi boca—. Eres peor de lo que pensé.
—¿Eso es malo? —le dije, fingiendo inocencia.
—No —murmuró, besándome con deseo creciente—. Es perfecto.
Me recostó sobre las sábanas, dejando su cuerpo sobre el mío. El beso se volvió más profundo, más urgente. Sus manos exploraban mi piel con una mezcla de ternura y necesidad.
—Entonces, ¿qué dices? —le dije entre suspiros—. ¿Te harías el piercing por mí?
—Si tú lo quieres... lo haría esta misma semana —respondió, besándome justo donde estaría el metal—. Pero luego no te quejes si no puedes dejar de mirarme.
—Ya no puedo ahora —susurré, perdida en su mirada.
Y en ese instante, entre caricias y promesas ardientes, supe que mi fantasía no era solo verlo con un piercing... sino tenerlo a él, completo, libre, salvaje y completamente mío.
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Unos días después, en pleno corazón de Seúl, Jackson me pidió que lo acompañara "a hacer una vuelta rápida". Iba con gorra negra, gafas oscuras y una sonrisa traviesa que me hizo sospechar.
—¿A dónde vamos? —le pregunté, entre risas, mientras caminábamos tomados de la mano.
—A cumplir una fantasía —dijo sin más.
No me dijo nada más hasta que entramos a un pequeño estudio de tatuajes y piercings de aspecto moderno y algo alternativo. El ambiente olía a alcohol antiséptico y tinta, y sonaba música chill de fondo. Mi corazón dio un vuelco cuando vi al artista preparar el área.
—Jackson... —susurré, llevándome las manos a la boca—. ¿En serio lo vas a hacer?
Él se giró hacia mí, con esa mirada intensa que tanto me derretía.
—Te lo prometí, ¿no? Además... si eso te vuelve loca, ¿cómo voy a negarme?
Me quedé viéndolo mientras se sentaba en la silla, tan seguro, tan relajado. El piercer preparó todo, y cuando le colocó la joya —un aro plateado discreto pero tremendamente atractivo—, sentí que el aire me faltaba.
Jackson se giró hacia mí, bajándose un poco la mascarilla y mostrándome su nueva adquisición.
—¿Y bien, señora Wang? —dijo en tono burlón, con el aro brillando bajo la luz—. ¿Fantaseaste con esto... así?
—Estás... ridículamente sexy —le solté, sin filtros, con los ojos brillando—. Esto no va a terminar bien.
Él se acercó peligrosamente a mí, con una sonrisa de medio lado y voz grave.
—¿Quieres probar cómo se siente?
Y sin darme tiempo a responder, me besó. Y vaya que lo sentí. El frío del metal rozando mi labio, el contraste con el calor de su boca, su lengua acariciando la mía con lentitud... fue como un chispazo eléctrico directo al estómago.
Cuando el beso terminó, me tuvo que sostener porque mis piernas temblaban.
—Esto es ilegal —murmuré, completamente sonrojada.
—¿Yo? ¿O el beso?
—¡Tú con ese maldito piercing!
Jackson soltó una carcajada, feliz con mi reacción.
—Ahora el problema va a ser que no puedas dejar de besarme.
—Ese problema ya lo tenía antes...
Y mientras salíamos del estudio, con mi mano en su nuca y sus dedos jugando con mi cintura, supe que ese simple detalle —ese pequeño aro de metal— sería el inicio de muchas, muchas noches peligrosamente sensuales.
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La brisa nocturna entraba por la enorme ventana abierta de la habitación, acariciando suavemente las cortinas mientras el mar susurraba a lo lejos. La luz de la luna se reflejaba sobre la piel desnuda de Jackson, que estaba recostado en la cama, con la sábana apenas cubriéndole la cintura. El aro en su labio brillaba con descaro.
Lo miraba desde la puerta del baño, con una bata de seda negra que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. Me mordí el labio inferior. Aún no me acostumbraba a lo que ese piercing provocaba en mí.
—No me mires así... —murmuró él con una sonrisa ladeada—. Sabes lo que me haces cuando me ves así.
—¿Y tú sabes lo que me haces tú con ese maldito aro? —le dije caminando hacia él, dejando caer lentamente la bata en el camino.
Jackson se incorporó al instante, sus ojos recorriéndome de arriba abajo como si fuera un tesoro recién descubierto. Me senté sobre él, a horcajadas, y sin decir nada, rocé mi dedo por su labio inferior, tocando el piercing.
—¿Te gusta? —susurró, tomándome de la cintura.
—Me vuelve loca —respondí antes de besarlo con fuerza.
Sentir el frío del metal mezclado con el calor de su boca me arrancó un gemido involuntario. Su lengua jugaba con la mía, pero cada vez que el aro me rozaba, era como si se encendiera algo en mi interior. Él lo sabía. Lo estaba usando a su favor.
Sus manos acariciaron mi espalda, mi cintura, mi trasero... y después se deslizaron con lentitud hasta mis muslos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Quiero que te acuerdes de este momento cada vez que veas este piercing —dijo contra mi cuello—. Porque lo hice por ti. Para ti.
—Pues quiero que lo uses bien... —le murmuré al oído, provocándolo.
Él gruñó bajo, girándonos con un solo movimiento hasta dejarme debajo de su cuerpo. Sus besos bajaron lentamente por mi cuello, mi clavícula, mi pecho. Me arqueé bajo él, sintiendo cómo cada roce con el aro me encendía más.
Cuando volvió a besarme, profundo, dominante, el mundo simplemente desapareció. Solo estábamos él, yo... y el bendito piercing.
Esa noche fuimos fuego. Lento, ardiente, peligroso. Y mientras él me amaba con todo su cuerpo y me susurraba en voz ronca cuánto me deseaba, supe que nunca volvería a mirar un piercing del mismo modo.
Y que definitivamente, Jackson Wang sabía cómo cumplir fantasías... y cómo hacer que una se volviera adicta a ellas.
Pao Wang
