Desperté con el sonido de la cafetera automática zumbando en la cocina. El aroma del café recién hecho se colaba por la puerta entreabierta de nuestra habitación. Me estiré lentamente, acariciando el lado vacío de la cama, y sonreí al sentir el calor aún reciente de Jackson. Siempre se levantaba antes que yo, como si quisiera ganarle al sol.
Me envolví en la sábana, caminé descalza hasta la cocina y lo encontré ahí, en la isla de mármol, sin camiseta, con unos pantalones de pijama colgándole bajo la cadera. Su cabello estaba despeinado y tenía ese look matador que parecía planeado... pero no, así era naturalmente.
—Buenos días, esposo sexy —dije con voz ronca.
Jackson giró, con esa sonrisa que me dejaba sin oxígeno.
—Buenos días, señora Wang —me respondió, caminando hacia mí con una taza en la mano—. Café para la reina de la casa.
—¿Qué hiciste ahora? —bromeé, arqueando una ceja.
—Nada... solo me desperté agradecido de tenerte —me besó la frente y luego la comisura de los labios.
Nos sentamos juntos a desayunar. Él hablaba sobre una idea loca para un video musical, y yo, mientras lo escuchaba, acariciaba su pierna con el pie por debajo de la mesa. Todo era tan sencillo... tan nuestro.
Después, cada uno se fue a trabajar. Yo tenía reuniones por Zoom desde casa, y él salía a ensayar con los chicos. Pero antes de irse, me abrazó desde atrás en el pasillo, apoyó la barbilla en mi hombro y murmuró:
—Guárdame un poco de ti para esta noche, ¿sí?
—¿Quieres cena o algo más? —le pregunté con picardía.
—Ambas —dijo él, dándome una nalgada suave y corriendo antes de que le lanzara una almohada.
La casa estaba en calma al mediodía. Después de mis juntas, limpié un poco, puse música y me metí a preparar algo especial para la cena. Pasta, vino, una vela en la mesa. Estaba emocionada. Hacía semanas que no teníamos una cita en casa, solo los dos.
Pero las horas pasaron.
Y Jackson no llegaba.
No respondía mensajes.
Ni una llamada.
Las velas se consumieron a la mitad cuando la puerta se abrió por fin. Eran casi las diez.
—¡Jackson! —exclamé, sin poder ocultar la molestia.
—Hola, amor —dijo con una sonrisa cansada, quitándose la chaqueta—. Perdón, la práctica se alargó y después...
—¿Después qué? ¿Te olvidaste que habíamos quedado en cenar?
—Lo siento, de verdad. Perdí la noción del tiempo —se acercó, quiso besarme, pero yo giré la cara.
—Preparé todo. Cociné, esperé, puse música, encendí velas... y tú ni un mensaje. ¿Tan difícil era?
Jackson frunció el ceño. No le gustaba cuando discutíamos, pero tampoco era del tipo que se quedaba callado.
—No fue con mala intención, Paula. Estoy haciendo lo mejor que puedo. A veces se me escapan cosas, pero no significa que no te valore.
—¿Y yo tengo que entenderlo siempre? ¿Y tú cuándo me entiendes a mí?
Silencio.
Se nos quedó el enojo flotando en el aire como una nube gris. Él se pasó la mano por el cabello, frustrado, y yo me crucé de brazos, conteniéndome para no llorar.
