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La ciudad parecía cubierta por una neblina invisible, una que no se veía con los ojos, pero se sentía en el pecho. Mientras el auto se deslizaba por las calles de Seúl, el aire dentro del coche se llenaba de pensamientos no dichos. Las manos de Jackson apretaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, pero no decía nada. Yo tampoco.

Cada semáforo era un juicio. Cada bocina de fondo, un recordatorio de que el mundo seguía, aunque el nuestro estuviera a punto de explotar.

—¿Crees que funcionará? —pregunté finalmente, mirando la ciudad pasar por la ventana.

—No lo sé —respondió él, con voz baja—. Pero no puedo dejar que esta mentira nos siga comiendo vivos.

Cuando llegamos al edificio de Mia, una garúa tímida comenzaba a caer. Gotas finas que se adherían al parabrisas como si el cielo también estuviera llorando por lo que iba a pasar.

Jackson se bajó primero y rodeó el auto para abrir mi puerta. Lo hizo en silencio, con esa misma caballerosidad dolorosa que tenía incluso cuando estaba roto por dentro.

—Estás temblando —le dije al tomar su mano.

—Estoy furioso. Pero tengo que estar en calma. Si le grito, le doy la razón.

Subimos al departamento de Mia. El pasillo tenía una de esas luces frías que parpadean como si el drama necesitara una escenografía. Jackson tocó la puerta con tres golpes. Ni uno más, ni uno menos. La precisión de alguien que ya ha ensayado mentalmente este momento mil veces.

La puerta se abrió. Y ahí estaba ella.

Mia.

Vestida de blanco. El tipo de blanco que no transmite pureza, sino frialdad. El tipo de blanco que usa alguien que quiere parecer víctima, pero juega a ser verdugo. Sonrió. Esa sonrisa suya, tan ensayada, tan vacía.

—Vaya... los tortolitos. ¿Qué tal va su campaña de "él no es un monstruo"?

Jackson no respondió de inmediato. Entramos sin que ella lo pidiera, y yo cerré la puerta tras nosotros. El apartamento olía a lavanda... pero también a veneno. A perfume caro usado para cubrir la podredumbre.

—No venimos a discutir contigo, Mia. Venimos a decirte que esto se acaba. Hoy —dijo Jackson con una voz tan firme, que incluso la lámpara del rincón pareció temblar.

—¿Hoy? —ella rió. Una risa seca, hueca, con filo—. ¿Y quién decide eso? ¿Tú? ¿La chica que te limpia la imagen?

Sentí cómo la sangre me subía a la cara. Pero respiré hondo. No iba a caer en su juego.

—Te vamos a dar una sola oportunidad de corregir lo que hiciste antes de que esto escale más. Tienes hasta mañana para desmentir lo que publicaste, o el equipo legal de Jackson iniciará una demanda por difamación —dije, con la voz más firme que logré encontrar dentro de mí.

Mia nos miró como si fuéramos niños jugando a adultos. Dio un paso más cerca, con los ojos entrecerrados, midiendo cada palabra.

—¿Y sabes qué es lo más gracioso, Paula? Que me creyeron. El mundo me creyó. No porque sea cierto... sino porque les encanta ver caer a los ídolos.

Jackson se adelantó. Y ahí ocurrió algo que me partió el alma.

Se arrodilló.

Él, que había sido humillado, acusado, herido... se arrodilló. No como acto de sumisión, sino de dignidad. De agotar las últimas posibilidades pacíficas.

—Te pido, por lo que alguna vez hubo entre nosotros, que frenes esto. Ya no me estás lastimando solo a mí. Estás lastimando a personas inocentes. A ella. A mi familia. A ti misma, incluso.

Mia titubeó. Por una fracción de segundo, lo vi: el temblor en su barbilla, el reflejo de culpa en sus pupilas. Pero solo duró eso: un segundo.

—Levántate, Jackson. No me conmueves. Yo no tengo familia que me proteja. No tengo fans que me adoren. A mí me dejaron tirada. ¿Y tú quieres que pare? Lo siento. El daño ya está hecho.

Jackson se levantó. No dijo nada. Me miró. Y en su mirada había una especie de despedida de la esperanza.

—Entonces nos veremos en los tribunales —dije.

Mia se volvió a sentar en su sofá blanco, como una reina observando a sus peones marcharse. Pero no sabía que acababa de activar la bomba que destruiría su castillo de mentiras.

Salimos. La lluvia ahora caía con más fuerza, como si el cielo al fin se hubiese rendido al dolor. Jackson caminaba con el rostro hacia abajo, y yo tomé su mano, sin palabras.

—¿Crees que la gente verá la verdad? —preguntó.

—La verdad no se grita, Jackson. Se demuestra. Y tú estás a punto de hacerlo.

Él asintió. Solo eso. Pero en ese pequeño gesto, supe que no íbamos a rendirnos. Que esto era solo el principio de una guerra... y que estábamos listos para luchar juntos.

Pao Sang

~Drive you home~Where stories live. Discover now