(25) 56. Pasando la tarde

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La Enfermera no se quedó a comer, así que cogió el coche y se marchó después del desayuno. Aquel día Chispas y Mario se lo habían tomado de merecido descanso, por lo que los alrededores de la mansión quedaron bastante silenciosos, excepto por las puntuales interrupciones de Rosa sacando más y más basura.

–Habrá que ir a por una camioneta para llevarse eso –opinó Liath.

–¿Tienes una? –preguntaron Rosa.

–Eh... no aquí –contestó esquiva–. Pero podríamos alquilar una, ¿no? Por dinero parece que no es. Por cierto, ¿de dónde habéis sacado tanto?

–De dónde va a ser, del banco –contestaron y volvieron dentro para continuar arrancando basura.

Liath y Balt cruzaron una mirada con la que confirmaron que Rosa habían robado un banco.

Durante la tarde tallaron sellos en un buen puñado de tablas, aunque no las suficientes para cubrir el suelo de ningún cuarto.

–Descansad –indicaron Rosa aunque ellas no pararan–. Tomaos un zumito. Dad un paseo para estirar las piernas. Podemos seguir manteniendo vuestras habitaciones.

–¿No os cansa? –preguntó Balt, que había aceptado parar más por Tinieblas queriendo jugar que por las recomendaciones de Rosa.

–En parte lo alimentáis vosotras mismas al querer sitios decentes donde vivir.

–Aun así debería darme prisa, hay mucho que hacer –lamentó la bruja.

–Id a dar una vuelta –ordenaron Rosa expulsándolas del porche.

Liath y Balt se alejaron un poco, bordeando el bosque seguidas por la bolita peluda que corría demasiado para lo pequeñita que era.

–Entonces... ¿has estando viviendo estos días en el bosque? –preguntó Balt por empezar una conversación y la licántropa se limitó a asentir–. Ya lo siento...

–No es culpa tuya, no me fiaba de tus compañeras. Si no hubiera sido por la lluvia y la pelusa...

Aquello hizo que Balt se girara hacia Tinieblas, que estaba enzarzada en una dura pelea contra un diente de león más grande que ella. Balt estaba sonriendo cuando levantó la mirada y se fijó en que había una urraca mirándolas posada en uno de los tocones dejados por la tala de Rosa.

–¿Eres...? –empezó a preguntarle al ave, pero ésta levantó el vuelo–. ¡Espera, ven! –llamó infructuosamente.

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Nah, no es nadie, no preocuparse, para nada, nop.

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