58. La espera

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Al día siguiente Balt tallaba sellos en las tablas de madera uno tras otro, levantando la cabeza de vez en cuando para ver si veía una urraca sospechosa posada cerca y volviendo al trabajo.

–Qué ritmo llevas –apreció Liath–. Se nota que hoy no tienes que pararte a explicarme.

–Oh, no es por eso –murmuró Balt inquieta.

–¿Entonces? Espera, ¿tienes miedo?

–Supongo que me estoy esforzando más para que... si viene mi madre... al menos no me diga que estoy holgazaneando. O no tanto.

–Oh, Balt... Ni de coña vas a volver con ella. Esto no es sano.

–Es mi madre –se limitó a musitar sin hacer contacto visual.

–Tienes que tomarte descansos y las cosas con calma –recomendó Liath–. No puedes pretender tallar todas las tablas de la mansión a este ritmo criminal.

–Si no, nunca acabaríamos y no tendría sentido.

–Poco a poco. Y si viene una nueva, podemos intentar enseñarle.

–¿Queréis que llamemos a más gente? –propusieron Rosa, de repente junto a ellas cargando con una mesita que se deshacía en serrín.

–No hasta que haya llegado mi madre –pidió Balt–. No quiero involucrar a nadie más. De hecho, no quiero involucraros a vosotras.

–Nosotras te invocamos, así que ahora tus problemas son nuestros problemas –aseguraron tirando la mesita al montón enorme de basura.

–Si lo dicen quienes son en parte demonio invocado... –aceptó Liath–. Y por nosotras no te preocupes. Yo también tengo lo mío con familiares intratables.

Balt hizo un gesto como si lo aceptara, pero continuó tallando tablas todo lo rápido que podía sin comprometer la calidad.

El día fue pasando sin urracas sospechosas ni brujas superpoderosas. Balt tuvo que parar a descansar cuando las manos le dolieron demasiado, y cuando no soportó ver las monerías de Tinieblas sin responderle con carantoñas.

Estaban cenando al anochecer cuando una luz azul fría, como una aurora boreal, tiñó el aire sobre los árboles, rivalizando con el naranja moribundo del sol.

–¡Es ella! –exclamó Balt atragantándose.

–Joder, cómo le gusta anunciarse –comentó Liath.

–Entrad en casa, ahí somos más poderosas –indicaron Rosa.

Arrastraron a la bruja al salón justo cuando, en el espacio en el que solían aparcar los coches, cayó un rayo azul y de él surgió una mujer vestida de negro.

–¡COBALTO! –llamó con voz potente avanzando hacia el porche.

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Ayayayayayayyyyy >A<

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