Capítulo 83

7.6K 1.2K 145
                                        

"Anhelamos luz pensando que la oscuridad trae cosas malas, pero es en la noche donde la imaginación florece, los amantes se reúnen y los besos de buenas noches son dados."

Siempre sentí que había un espacio en blanco en mi interior, listo para llenar con los colores de mi historia. Sin embargo, al saber la verdad quise revertir todo. Anhelaba el blanco otra vez. Deseaba volver a imaginar en lugar de tener certezas acerca de dónde venía.

Era demasiado duro.

Me encaminé a la camilla donde descansaba la caja con mis pertenencias y revolví los objetos hasta encontrar un par de jeans y una camiseta descolorida. A pesar de todo lo que había pasado en los últimos días, aún sentía pudor de que alguien entrara y me viera desnuda. Algo en mí se relajó al saber que aún era —mínimamente—, la antigua yo.

Me coloqué los jeans todavía con la bata puesta y luego tiré de ella sobre mi cabeza. Me quedé estática al ver mi reflejo en el espejo del baño. Una venda envolvía mi estómago casi al completo, e incluso una parte de mi pecho. No había notado lo pálida que estaba hasta que observé el contraste del sostén negro contra mi piel. Las ojeras también tenían el mismo efecto.

La puerta de la habitación se abrió, exponiéndome dado que no había cerrado la del baño. En cuando sus ojos me encontraron, se apresuró a cerrarla.

Apartó la mirada aunque le costó. A mí también me hubiera costado dejar de ver todas estas vendas.

—Te dieron el alta. Termina de cambiarte —pidió un distante Killian, a pesar de que su rostro solo decía que quería acercarse.

Me apresuré a atravesar el cuarto y tomar la camiseta de la cama, avergonzada. Por la herida no pude evitar jadear al levantar los brazos. Dolió e intenté disimularlo, dispuesta a encerrarme en el baño para terminar de prepararme, pero él se acercó con un suspiro.

Sentí su cálida respiración en mi nuca. Los vellos de mis brazos se erizaron cuando sus brazos rozaron algunas porciones de mi piel para quitarme la prenda de las manos.

Negué con la cabeza. Era pedirle un favor peligroso, sobre todo para nuestros corazones.

—Déjame hacerlo, no puedes sola —argumentó en voz baja.

Sin esperar respuesta, me giró despacio. Estuvimos cara a cara. Contuve la respiración y me costó no moverme. Quería alejarme o acercarme a él, pero no quedarme quieta.

Cuando lo tenía a centímetros solo podía pensar en lo cerca que estuvimos siempre que narró para mí una vieja tragedia griega de amor, en su cercanía antes de besarme, en su proximidad mientras me sonreía en nuestros balcón... Y, por ende, también recordé la mirada que me dio al saber la verdad.

Sus ojos descendieron a las vendas y apretó la mandíbula. La camiseta se arrugó entre sus manos con impotencia.

—Cuando logré pasar por esa puerta y te vi, solo deseé una cosa —dijo con una impotencia calma como el ojo del huracán—. Quise que murieran por lo que te habían hecho, pero ahora quiero que paguen, y la muerte no es ninguna forma de pago.

—No puedes desear eso para tu hermana, Killian.

Guardó silencio. Me ayudó a pasar un brazo por la manga izquierda y luego hizo lo mismo con la derecha. Liberó mi cabello que quedó atrapado contra mi espalda y la tela pero su mano no retrocedió. Bajó en una caricia suave por todo mi brazo.

Entonces, rompió el hechizo dando un paso atrás.

—¿Crees que soy una mala persona por desear eso?

—No. Creo que eres alguien herido.

Algo en mis palabra lo hizo tensar. Sus manos se volvieron puños y frunció el ceño.

—A pesar de todo serías capaz de perdonarlos, ¿verdad? —acusó.

No había pensando en eso con profundidad.

—Son humanos después de todo. —Me recordé a mí misma—. Odian a Becca por distintos motivos, algunos puede que justificados y otros no, pero si los castigaran y les mostraran que pueden deshacerse del odio... No lo sé. ¿Puedes culparlos por sentir y dejarse llevar por aquello que sienten?

—No, pero los culpo de lo que te hicieron a ti. A Glenn.

—La gente peca a todas las horas, días y años desde que llegan al mundo. Algunos peor que otros, pero creo que pueden arrepentirse.

Negó con la cabeza, distante otra vez.

—Parece que te gusta que te lastimen. Pues suerte con eso, porque no voy a quedarme a mirar mientras lo hacen.

El cuenta mitos de BeccaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora