Capítulo treinta y tres

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Feliz navidad atrasada, intensas

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Feliz navidad atrasada, intensas. Dejen su amor en forma de votos y comentarios. 

Capítulo dedicado a las tías intensas. 

—Me parece una pésima idea.

Cada músculo de mi cuerpo se tensionó por aquella respuesta. Había contemplado la amplia posibilidad de que no le gustara mi idea, sin embargo, no consideré que se molestase de esa forma. Cami había sonado furiosa, sus ojos me observaban con recelo y su rostro tenía una expresión cargada de reproche.

Separé los labios dispuesto a hablar, pero entonces Camila volteó dejándome con la palabra en la boca. Se encaminó hacia la casa de invitados, con pasos largos y presurosos, que dejaron ver su enojo. Respiré hondo y la seguí, llenándome de paciencia para enfrentarme a lo que parecía sería una gran discusión.

Me detuve al verla hacer lo mismo, manteniendo un poco de distancia. Pese a que me daba la espalda pude ver como cruzó los brazos y resopló mientras observaba la pared frente a ella. Permanecí en inmóvil aguardando el momento adecuado para hablar, momento que ella propició al voltear.

—¿Por qué es una pésima idea?

—¿En serio lo preguntas? —Alzó los brazos al mismo tiempo que gritó su pregunta—. ¡No puedes mudarte aquí! Esto no es normal... ¡Mierda!

—¿Estás bien?

Llegué a ella antes de que tuviera tiempo de retroceder. Le sujeté la cintura con ambas manos esperando una respuesta que no llegó. Cami dio un paso hacia atrás, para librarse de mi tacto.

—¿Qué buscas con todo esto? ¿Qué es lo qué quieres, Pablo?

Tomé una larga respiración antes de responder. Camila se encontraba muy exaltada, cuestión que no entendía del todo, pero que decidí abordar con tranquilidad para no empeorar las cosas.

—Busco estar cerca de los dos. Cuidarlos, Camila. Es mi hijo, quiero velar por él.

—Ay, Pablo —se pasó las manos por la frente y volteó una vez más. Verla recostarse en la pared captó toda mi atención. Se deslizó lentamente obligándome a reaccionar.

—¿Qué haces?

—Sentarme.

Aceptó la mano que le ofrecí para ayudarle y se inclinó lentamente hasta que se trasero se apoyó en el piso. El aire se volvió denso entre nosotros, temí que todos nuestros avances se esfumaran en un parpadeo. Me lamenté internamente mientras me sentaba a su lado un poco impresionado por la flexibilidad de Camila, que pese al tamaño de su barriga enrolló las piernas manteniendo la espalda recta.

Ambos fijamos la vista casi al mismo tiempo a la alberca que estaba terminada, envueltos en un silencio cargado de tensión. Evitaba desanimarme a toda cosa, sin embargo, el panorama lo hallé desolador. No concebía la idea de mi hijo creciendo lejos de mí, aquello era lo peor que podía ocurrirme.

Malas DecisionesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora