Capítulo 33

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–Narra Alissa–

 

   Aún no sé cómo me convenció. Dijo que era importante y daba una respuesta bastante lógica a cualquier excusa que se me ocurría. Robar el auto de papá sin que se diera cuenta no fue nada fácil, y mucho menos dar con éste lugar. No había estado aquí antes. Si un oficial me llegase atrapar conduciendo <sin licencia> a estas horas de la noche, voy a acabar castigada hasta cumplir los cuarenta años.

   Me estacioné justo enfrente de la valla que separaba la orilla de la costa y la calle, y bajé encogiéndome en el suéter rojo de lana. Me quedé mirando el viejo letrero oxidado que colgaba de un farol con luz amarillenta; decía “El Embarcadero”. Podía oler el agua salada y la gélida brisa despeinaba mi cabello mientras caminaba directo al muelle.

   No podía ver a Seis en ninguna parte, dijo que lo viera en el muelle, y aquí estoy. Salté la cadena que impedía el paso, y me adentré por el largo puerto de madera buscándolo con la mirada. Habían varios yates y grandes veleros amarrados en las vigas de los extremos, y me detuve en medio del embarcadero antes de llegar a la orilla. No había ningún ruido, mas que las calmadas olas del agua, y el viento agitando las palmeras que yacían a todo lo largo de la avenida.

   De pronto, una voz conocida me exaltó y pegué un ligero grito agudo.

   –¿Ya te había dicho que odio ese suéter rojo que siempre usas? –Seis habló calmado y volteé de golpe llevándome una mano al pecho, mi corazón latía a mil por segundo.

   –¡Diablos! ¡Me asustaste! –me quejé con las cejas juntas.

   –Sí, suelo tener ese efecto en las personas –dijo casualmente y las comisuras de sus labios se elevaron en modo de sonrisa torcida.

   –No es gracioso –mascullé intentando regular mi respiración. Seis estaba recostado en el techo de un yate con los brazos cruzados debajo de su cabeza–. ¿Qué estás haciendo allí arriba? –pregunté después de unos segundos y comencé a acercarme. Era un barco muy bonito, y lujoso.

   –Mirando.

   –¿Mirando qué?

   Se quedó callado un momento, parecía de verdad concentrado en el cielo oscuro con escasas estrellas. Miré hacia arriba pensando en que tal vez había algo peculiar que él observaba, pero no. Era el simple cielo oscuro de siempre con la luna plateada como único centro de iluminación.

   –Sube –dijo en voz baja y pensé que había oído mal.

   –¿Qué?

   –Que subas hasta aquí, hay una escalera atrás.

   No iba a subir, siempre le he tenido miedo al agua, y allí arriba parecía un espacio pequeño.

   –No –me rehusé–. ¿Qué pasa si me caigo?

   –Bueno, pues te mojas –él respondió como si fuera algo demasiado obvio.

   Me quedé esperando a que dijera algo más, pero siguió allí, completamente silencioso, observando la penumbra sobre nosotros. Y el único ruido volvió a ser el del agua moviéndose con tranquilidad. Es una noche muy fría, y solitaria.

   –¿Te vas a quedar allí toda la noche? –cuestioné.

   –Tal vez.

   Dejé escapar un suspiro, y eché un vistazo al metro de distancia que separaba el bote del muelle. Mis piernas son cortas y no quisiera caerme, así que puse un pie dentro con cuidado, y luego, apoyando mis manos en el borde blanco del yate, metí el otro pie y me equilibré. La marea hacía que el bote se meneara sutilmente, pero el espacio era grande, así que caminé rodeando la cabina del timón, y llegué hasta las escaleras en la parte de atrás.

Damned ∙ libro unoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora