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Mi hermano estaba histérico, apuesto a que incluso más que la novia

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Mi hermano estaba histérico, apuesto a que incluso más que la novia. No exageraba. La ceremonia comenzaría en diez minutos, y él aún no había terminado de anudarse la corbata. La había atado y desatado nueve veces, y ahora estaba a punto de hacerlo de nuevo. Yo me encontraba despatarrada en el sofá de la inmensa sala, observándolo con una mueca burlona en los labios.

—Quita los pies de ahí, Jillian —me regañó, empujándome las piernas para que las bajara de la pequeña mesa que había en el centro. Rodé los ojos, divertida, e hice lo que me pedía —. ¿No deberías estar con tus doncellas?

Reí.

—No quiero que unas fulanas se encarguen de vestirme. A diferencia de tu linda princesita Emily, yo puedo sola —ironicé, dedicándole un gesto de suficiencia. Wesley me fulminó con su mirada esmeralda, y ajustó el nudo de la corbata de un tirón.

—Deja de fastidiar, Jills —advirtió con voz suave.

Me encogí de hombros y permanecí callada. Wes no volvió a despegar los labios, se limitó a analizar su reflejo en el espejo durante varios segundos.

—¿Cómo me veo? —preguntó, soltando un largo suspiro.

—Como todo un príncipe —repuse, sonriendo ampliamente.

Y no mentía, lucía muy bien. Su cabello rubio estaba pulcramente peinado, sin llegar a ser excesivamente formal; sus ojos verdes destellaban por la emoción y los nervios. Volvió a alizar la tela de su traje y suspiró por segunda vez.

—Deja de estar tan nervioso, Wes. No es un fusilamiento, es solo una simple ceremonia —comenté, intentando calmarlo.

—Con cientos de personas observando... —murmuró, frunciendo el entrecejo.

Aquello me hizo soltar una risita.

Mi hermano no era el tipo de persona que se encogía ante el público. Había sido uno de los chicos más populares en la escuela, y ahora su inmensa sonrisa era conocida mundialmente gracias a la banda que él y sus amigos habían creado. Sus conciertos eran cada vez más exitosos, y la cantidad de gente que pagaba por verlos tocar era increíble. En todos los shows que dieron, nunca noté una gota de inseguridad en mi hermano. Se subía al escenario, armado únicamente con su micrófono y las melodías que vivían en su mente, y arrasaba con la multitud, lleno de gracia y confianza.

Ahora, resultaba ridículo verlo en ese estado, intimidado por su propia boda.

—¿Desde cuándo el gran Wesley Barnes se siente apabullado por una pequeña cantidad de invitados? —me extrañé.

Él jugueteó con el borde de la corbata antes de responder.

—Desde que los reyes de Taythor forman parte de los espectadores.

Me encogí de hombros y meneé la cabeza.

—Bueno, tal vez debiste haber pensado aquello antes de ligarte a la princesa —dije, mientras retorcía los mechones de mi cabello entre los dedos.

KINGS, QUEENS, AND FUCKED UP THINGSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora