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De no ser por el rugido de mi estómago, la primera mañana estaba trascurriendo increíblemente bien

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De no ser por el rugido de mi estómago, la primera mañana estaba trascurriendo increíblemente bien. Estaba cansada porque no había dormido en toda la noche, pero lo bueno es que había resultado ser una velada productiva. Luego de horas y horas de auto-convencimiento y motivación personal, había logrado adoptar una actitud positiva con respecto a la situación en la que me encontraba.

Serían tres semanas de lujo. Dormiría en una habitación hermosa, con vistas hermosas. No había comido nada aun, pero estaba segura de que la comida que servían en ese lugar era deliciosa. La ropa que había en el vestidor pertenecía a marcas carísimas y fantásticas, por lo que luciría como una maldita diva. Rafael había aceptado quedarse, y estaba segura de que el príncipe se lo permitiría, así que estaría acompañada. Y además, traía el celular conmigo en esta ocasión, así que podría tomar muchísimas fotos, e incluso estar al tanto de lo que ocurría fuera del palacio. Mantendría el contacto con mis padres, mi hermano y Nigel. Como si eso fuera poco, evitaría una guerra, y ¿quién sabe? Quizás mi nombre comenzaría a salir en los futuros libros de historia.

Aunque tal vez había exagerado un poco en esa última parte.

El punto era que ya no me sentía tan mal como en un principio.

Mi celular emitió un corto pitido, indicando que la batería se estaba agotando. Lo había cargado antes de abandonar mi casa, pero había pasado toda la noche jugando Candy Crush y enviándole mensajes a Rafael, por lo que el porcentaje restante era de menos del cinco por ciento. Me estiré en el colchón para alcanzar la chaqueta que descansaba al pie de la cama y del bolsillo interno extraje el cargador. Recorrí la habitación con la mirada en busca de un enchufe... No había ninguno. Pasé unos cuantos minutos corriendo los muebles para buscar detrás de ellos, pero muchos estaban amurados a las paredes, y los que podían moverse tan solo escondían otra parte de la liza pared ambarina. Maldije para mis adentros. ¿Es que las personas en ese maldito castillo no pensaban en las necesidades básicas de una habitación?

Observé como la pantalla perdía el brillo hasta oscurecerse por completo.

¿Y ahora que haría?

La mañana anterior todo lo que había querido era abandonar la habitación. En esta ocasión, en cambio, no me atrevía a hacerlo. Probablemente acabaría perdiéndome en el retorcido recorrido de pasillos y no obtendría lo que estaba buscando... Pero si lo pensaba mejor, mis opciones se reducían a permanecer en esa habitación muriendo de aburrimiento e inanición, o marcharme y tener la oportunidad de encontrar a alguien que pudiera ayudarme a obtener un bocadillo y cargar el celular.

Suspiré y me senté en el borde de la cama para enfundarme los jeans y anudar las agujetas de mis Vans. Era el único y último par de zapatillas que tenia, porque el día anterior, luego de que las doncellas me transformaran, me marché del castillo con la ropa que ellas me habían puesto, y ahora no había rastro de mi viejo calzado por ningún lado. A juzgar por las miradas críticas que le habían dedicado, probablemente lo desecharon en cuanto abandoné la habitación.

KINGS, QUEENS, AND FUCKED UP THINGSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora