VII: Confusión

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Justo en ese momento, con la melancolía rasgándome las vísceras, decidí tragarme mis temores y ayudar a Alexis como pudiese. No lo llamé, porque en mi impulso del momento consideré más efectivo que fuese sorpresa mi llegada a su hogar.

Fue temprano que me bañé, peiné mi cabello y me vestí de manera prudente para dirigirme a la vivienda del muchacho que más que un corazón roto, parecía tener el alma entera rasgada.

No me consideraba la persona más óptima para aquello, pero si compartir con él algún momento lo hacía sentir mejor, estaba más que dispuesto a ello, no iba a dudarlo más. Era como si de repente todo lo que aquél hizo por mí hubiese logrado formar un cúmulo de fuerza en mi conciencia y ahora aquello me estuviese empujando a ayudar también.

Pensé que papá estaría orgulloso de mí, de ver aún la chispa del niño de seis años que prefería ver la sonrisa en labios ajenos que ser caprichoso con sus juguetes.

Con las manos en las ruedas, a eso de las diez de la mañana, llegué cansado a la casa y llamé a la puerta. La madre de Alexis me recibió con ánimo dulce y una sonrisa cálida, me ofreció una bebida caliente y me dijo que iba a despertar a Alexis para que viniese conmigo.

El pobre Alexis bajó las escaleras con la mirada más triste que podía tener entonces su rostro.

Cuando se sentó a mi lado en el sillón de la sala noté en sus ojos que había estado llorando y el solo imaginármelo me causó un dolor punzante en el pecho.

Le dije que se desahogara, aunque me repitió la misma historia de cómo lo había dejado aquella mujer una y otra vez, se abrazó a mí como si no tuviese nada a lo que pudiera aferrarse y yo simplemente me quedé quieto, atento y conmovido.

Me agradeció por estar allí para él en ese momento y confesó que realmente no se lo esperaba, o no del todo. Noté una mejoría en sus ánimos luego de almorzar.

Comencé a querer pasar más tiempo en casa de Alexis que en la mía. En realidad era egoísta, pero así no tenía que preocuparme por la comida o por estar solo todo el día, con estar hasta antes de la caída de la noche, ya tenía suficiente para volver a casa sin necesidad de algo más. La madre de Alexis se alegraba de verme allí y le gustaba cocinar para mí al parecer. Acababan de colgar las decoraciones de Navidad y toda la casa se veía maravillosa. Colocaron el árbol en la sala y llenaron de luces de colores el lugar. Cuando quise darme cuenta, era veinte de diciembre y estábamos a tres días del cumpleaños de mi amigo. Ese fue el día en que conocí a su padre.

El señor Richard era un hombre serio, bastante sobrio, con el cabello y los ojos oscuros, de porte imponente y un aura pacífica imperturbable. No compartimos muchas palabras, pero no estaba en desacuerdo con que Alexis tuviese un amigo como yo.

Clarise habló a solas conmigo una noche, el veintiuno de diciembre; llevaba un tono serio que jamás le había oído usar antes, pero el aura de una madre conmovida. Era también importante para mí, como la mujer que tenía la capacidad de convertirse en una segunda madre.

—Alexis me dijo que vives solo —Comenzó. Había bajado a la habitación en la que me era permitido quedarme cuando me quedaba luego de que Alexis fuese a la cama, estaba sentada en el borde, acariciando mi cabeza con cariño—. ¿Es eso cierto?

—Sí... —contesté luego de un rato.

—Dios... debe ser duro para ti, realmente no quiero que las cosas estén de esa manera. ¿No tienes familiares con quien puedas contar?

—Desconozco el paradero de mis abuelos y mi hermana... bueno, ella fue quien me dejó solo. Dijo que ya no regresaría.

—Eso es muy triste, mi niño —Clarise suspiró.

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⏰ Última actualización: Jun 27, 2020 ⏰

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