Los dedos tibios rozaban mi mejilla tiernamente. A veces me dolía que ella me acariciase, pero de haber sabido la tormenta que se avecinaba, la hubiera dejado hacerlo por el resto de mi vida.
Mamá sonreía, aún con los tubos en su nariz que la ayudaban a oxigenarse, su rostro siempre era precioso, tierno, quizá incluso feliz; pero yo siempre hallaba un modo de ver dentro de aquellos ojos oscuros un halo de tristeza. Ese día no era la excepción.
—Has crecido mucho —murmuró.
Bajé la mirada intentando sonreír. Los mechones castaños se encargaron de cubrir mi rostro y suspiré cuando ella peinó el cabello detrás de mi oreja. Eran fechas difíciles, no quería sonreír porque me salía terrible.
—¿No quieres cortarte el cabello? —Arrugó sus labios resecos tratando de mirarme a los ojos mientras yo evadía su contacto disimuladamente.
—No, mamá, así está bien.
—Jordan... te cubre la cara. ¿Estás seguro de que puedes ver?
—Sí, mamá... todo está bien.
Loraine recogió los platos del desayuno para llevarlos al lavaplatos y nos dio la espalda mientras los lavaba.
—¿Por qué no ayudas a tu hermana mientras ella me lleva de vuelta a la habitación? —inquirió nuestra madre.
Yo sellé los labios y asentí en silencio, llevando mi silla de ruedas junto al lavaplatos en la cocina. Mi hermana secó sus manos y no dijo nada, solo se fue a tomar la silla de ruedas de mamá, junto al tanque de oxígeno y su gotero para llevársela. Era raro que mamá desayunase con nosotros y, quizá existía un sentimiento mutuo entre mi consanguínea y yo de querer hacer que mamá se sintiese bien y no se percatara de que las cosas entre nosotros marchaban terribles. De hecho, era la primera vez que desayunaba de manera decente en algún tiempo.
Cursaba entonces mi primer año en el College.
Cuando llegué a la institución miré como siempre a los lados en búsqueda del maestro que me ayudaba a subir el escalón para acceder a los pasillos del primer piso y una vez dentro de mi aula, me acomodé en silencio en mi espacio, un puesto individual para poder acomodarme en la silla de ruedas.
Era excelente académicamente, no había una sola nota perdida en mi historial; recibía constantes felicitaciones por mi rendimiento, mas no me importaba realmente, era lo mínimo que podía hacer.
Nueve horas de estudio sin nada relevante y de vuelta a casa. Dejé mi mochila sobre la colcha y tardé un rato en cambiar mi uniforme. El piso de madera crujió al salir. Mamá estaba en la sala, al final del pasillo, al sentir mi presencia se giró para verme y me invitó a acercarme. Puse mi silla de ruedas junto al sillón y le permití revolver mi cabello.
—¿Y Loraine? —se me ocurrió preguntar.
—Dijo que saldría con su novio —replicó mamá.
—¿Hace cuánto que estás sola?
—Casi dos horas.
Tomé la mano de mi madre entre las mías y le dije que me esperara un poco, fui a la cocina y preparé algo para que ambos comiéramos. Mamá se ponía feliz cuando teníamos tiempo para los dos de esa manera.
—¿Qué tal fue la escuela hoy?
—Normal... nada destacable.
—En la reunión anterior le dijeron a tu hermana que al paso que vas podrías ganar una beca universitaria.
—¿Oh sí? —Mamá asintió—. Lo siento... es que ella y yo no hablamos mucho.
—Lo sé —murmuró mamá, con una vibración melancólica en la voz—. No hay que fingir, mi niño; sé que quieren que no me preocupe, pero está bien si no se llevan bien, no puedo exigir algo así.
—Perdóname... no es mi intención.
—Desde pequeña ha sido así, no es tu culpa... se llevaba bien con Claire, no le hacía mucha gracia que Paul y yo tuviéramos otro bebé. A veces me siento culpable por eso.
—¿Por tenerme?
—No, ¿cómo crees? —Mamá se apresuró a negar—. Me siento culpable por no educarla para que no fuera así contigo.
Las lágrimas de mamá comenzaron a derramarse y yo no pude hacer más que guiar mi silla de ruedas al baño, tomar papel y precipitarme a limpiarla. Justo cuando me acerqué a ella, sus brazos me rodearon gentilmente.
—Lo siento mucho, Jordan —Sollozó.
Yo, rata insensible, ignoré su llanto, sus motivos para ponerse de ese modo, y simplemente limpié sus mejillas y la tomé de las manos hasta que se calmó.
Mamá tenía rasgos bastante parecidos a los míos, debido a ello, sabía que ella estaba triste, reconocía esa expresión por ser la predominante en mi rostro, sabía que aún casi ocho años después de la partida de papá y la mayor de sus hijas la herida seguía doliendo, como una infección desde dentro, sabía que se acercaba un aniversario más de aquella fecha triste y que ella lo tenía bastante presente.
—No hay motivos para pedir perdón, mamá...
Y sí los había, pero enterarme habría tomado más tiempo del que yo pudiese concebir.
Me preocupaba ser demasiado inútil cuando solo estábamos mamá y yo. Sin embargo en noches como esa, me aseguraba de darle sus medicinas y poco a poco avanzar tras su silla de ruedas en el pasillo, llevando el tanque de oxígeno y el gotero, mamá se acostaba en la cama y tras una despedida de buenas noches, yo me iba a mi cuarto también.
Con la puerta cerrada, miraba hacia el techo blanco y luego al piso lleno de prendas desorganizadas. Había apenas campo para desplazarme y suplir mis necesidades básicas.
Miré una última vez el ordenador, justo en mi cumpleaños estaba programada una carrera en la que participaría Usain Bolt, el modelo a seguir de mis piernas inútiles. Apreté los labios y apagué la pantalla para luego cerrar la tapa de la laptop.
De repente pensé en mi próximo cumpleaños, un día eternamente maldito. Aún con mis quince años, ya contaba con razonamiento suficiente como para saber que no sería una fecha motivo de celebración.
En mi octavo cumpleaños ocurrió un accidente que privó de la vida a mi padre y hermana mayor, todo por mi culpa. Nuestro auto chocó con un camión de mudanzas, nuestras vidas como las conocíamos terminaron. Mamá y yo nos deprimimos, yo quedé atado a una silla de ruedas y mi hermana me dedicó el odio más profundo del mundo.
Fue entonces que decidí darle la espalda a Dios, a mis sueños y a mi felicidad.
Pensar en mi dieciseisavo cumpleaños me causaba temor; significaba que ya había compartido la mitad de mi vida con mi silla de ruedas, que llevaba ocho años hundido en la tristeza y que ni siquiera en mis años de oro como adolescente había podido conseguir un amigo.
Y me repetía: «Dos años más, Jordan, solo dos y termina la tarea de enorgullecer a mamá».
Cuando era pequeño solía soñar que sería un gran atleta; el mejor atleta de Europa. Pensar eso a mis dieciséis años sería burlarse de la naturaleza. Ni aunque yo mismo me encargase de las terapias de mis piernas para que no perdieran por completo su musculatura podría esperar volver a caminar. Ocho años de ese modo, ya era patético pensar que lo lograría.
Con los años me volví cada vez más parte del área de humanidades; ciencias sociales, políticas, literatura, idiomas y filosofía. En un punto de mi travesía como infante de doce años comencé a leer a filósofos contemporáneos con los que empecé a compartir el pensamiento y recordé a mi padre; él solía escribir poemas en libretas, casi a diario, para mamá y para mí... yo quería traerlo de nuevo a mis recuerdos de vez en cuando y comencé a encaminarme en el área de las artes literarias, la escritura en prosa, que con el tiempo descubrí que era la que mejor se me daba. Y practiqué también las artes plásticas, pinté cuadros en la secundaria durante las clases de educación física en las que no podía participar; quizá quería hallarme a mí mismo pero todo lo que hallaba era miseria, a nadie por rescatar.
Finalmente, todo lo que podía hacer en esas fechas era resignarme a tener un año más de vida, uno más cerca de la tumba y uno más lejos de tener a papá junto a mí.
Me impulsé a las sábanas verdes de la cama desde mi silla de ruedas y me cubrí de pies a cabeza para cerrar los ojos fuerte y suspirar antes de ir a dormir.
La rutina se repitió por una semana más en la que Loraine se veía cada vez más apurada, angustiada y salía por más horas. Yo no podía encargarme completamente del cuidado de mi madre, solo sabía cocinar cosas básicas, me costaba recordar el horario de las medicinas y llevar sus equipos a donde ella los necesitara; mi silla de ruedas era un gran estorbo, pero me esforzaba, sabía que tenía que hacerlo para mantener con vida a la única persona a la que aún le importaba un poco: mi madre.
Aquellas siete noches causaron unas ojeras inmensurables bajo el tono almíbar de mis iris que cada día perdían un poco más de luz.
Entonces era seis de noviembre, aniversario de muerte de dos de mis familiares y de mi nacimiento. La miseria llegó al punto de solo recibir el saludo de un maestro durante todo el día y tenía por seguro que en casa no habría ninguno, mamá tenía que asistir a quimioterapias y no habría nadie allí para recibirme o al menos consolarme en una fecha tan terrible.
Así que en mi cama, con los audífonos puestos y la laptop encedida sobre los muslos insensibles, como buen vegetal, todo lo que hice fue poner la carrera de Bolt en la pantalla. Lloraba, siempre lloraba cuando veía a mis atletas favoritos correr. Me encantaba observar la sonrisa tras el triunfo, pero dolía, punzaba y destruía pensar que yo jamás podría sonreír por ese motivo en mi vida.
A algunos niños que se les acaba la vida les llevan a sus actores favoritos o la celebridad que les guste para visitarlos en el hospital los últimos días de su vida; a mí me hubiese gustado entonces tener a Usain Bolt dándome unas palmaditas en la espalda y diciéndome que me dedicaría una carrera. Pero no me estaba muriendo y nadie me quería lo suficiente como para hacer eso por mí.
Cerré la tapa de la laptop y la dejé a un lado, conecté los auriculares a mi teléfono y me dormí oyendo las canciones de Edith Piaf, la textura romántica de su voz me llevaba a un ambiente familiar, como si alguna vez hubiese experimentado aquel vibrato francés mis oídos personalmente, pero eso era más que imposible; aplaudía a la mujer por causarme esa sensación de paz cuando estaba destruido por dentro.
En el umbral de mis sueños grises y mis pesadillas ponzoñosas, oí un grito que me despertó en cuestión de segundos.
—¡Mamá! —Reconocí en la habitación vecina la voz de Loraine. Mi corazón se aceleró y las manos me temblaron al retirar los auriculares de mis oídos y percibir el ambiente denso y peligroso envolviendo la casa entera.
Ni siquiera tuve fuerzas para impulsarme directamente a la silla. Caí al suelo y tuve que trepar para acomodarme allí, con la linterna del móvil iluminé el camino para salir de la habitación a oscuras, porque no veía el interruptor y ya era bastante tarde. En el pasillo, con la luz de la habitación de mamá encendida indicándome en dónde estaba el problema, apagué la linterna y presioné a mis brazos para avanzar rápido y entrar a la habitación de mamá.
Perdí el aliento al ver su rostro tornándose violeta luego de enrojecerse; tenía la boca abierta y se oían sus angustiosos intentos por respirar. Apretó un papel que tenía en manos y lo lanzó lejos.
Loraine se veía desesperada apretándole el pecho y luego de muchos años vi lágrimas en su rostro.
—¡No la cuidaste bien estos días! —gritó de repente—. ¡Todo esto es tu culpa!
Mis manos parecían más pesadas de lo usual pero me las arreglé para retroceder y desde el pasillo llamé a emergencias para avisar de la situación en la que se hallaba mamá.
Los paramédicos estuvieron allí luego de al rededor de quince minutos, se llevaron a mamá y Loraine corrió detrás, con la cara teñida de desespero.
Entré a la habitación de mamá, a revisar los equipos que había dejado y entonces noté la irregularidad en el tanque de oxígeno, en el tubo que apoyaba la respiración de mi madre; había un corte en el tubo y la válvula estaba entrecerrada. No quise pensar lo peor de inmediato, pero al seguir avanzando, la rueda de mi silla chocó con algo que hizo ruido en el piso al pasar junto a la cama. Cuando me agaché un poco para recoger aquello que estaba en el piso, di con las tijeras de costura y como una patada en el pecho me dolió hallar una pista más. Me quedé con la boca abierta y una mano en el pecho conteniendo mis sollozos mientras seguía avanzando hasta el otro lado de la cama, en el que encontré el papel arrugado que tenía mamá en manos.
Desenvolví el papel y encontré palabras, tinta corrida de un lapicero esparcida en una esquina de la hoja y limpiando mis párpados con el dorso de la mano, me dispuse a leer:
«Jordan, si lees esto revisa el último cajón del ropero. Lo siento, mi niño, no puedo hablar, no tengo palabras ni fuerzas para decírtelo de inmediato y en voz alta; Loraine anda en malos pasos, no quiero que ella se entere de que lo sé, pero, trata de ayudarme, tú que estás más sano, ella es prostituta; no quiero que siga haciendo algo como eso, busca a un tal...»
La nota estaba inconclusa, allí debería haber un nombre, pero a juzgar por los rayones supuse que justo allí Loraine se había dado cuenta de lo que hacía mamá y seguí conectando los hechos en mi mente, como algún detective o algo por el estilo.
Dejé el papel sobre la cama y me agaché de nuevo y como pude para abrir el último cajón del ropero, como decía mamá.
Estuve a punto de llorar de nuevo cuando vi allí guardados los suéteres favoritos de mi padre y un montón de papeles organizados en dos cajas que saqué de allí.
Tomé primero la caja más pequeña y al sacar el primer papel, distinguí de nuevo la letra de mamá, era una carta para mi padre, como todos los papeles que habría en esa caja.
Todo era parte de una secuencia de fragmentos de alguna historia que no sabía si estaba dispuesto a conocer luego de leer el segundo papel. Noté que entre el primero y el segundo faltaba alguna cosa, así que saqué el primero de la caja grande, que era una carta de papá para mi madre.
Luego de terminar con la caja pequeña y la mitad de la grande, me había enterado de varias cosas de la vida de mis padres, que databan de nueve años antes de que yo naciera.
Mamá partía de una disculpa a Paul, mi padre, explicándole que estaba embarazada, jurándole que no había querido engañarlo sino que se trataba de una violación, pero no quería hablar de ello en voz alta frente a Claire. Papá repetía que todo estaba bien, que él se encargaría de la denuncia, de cuidar de ella como su tesoro más valioso y entonces discutieron, saltó otro tema: aborto. Papá se negó rotundamente a ello, le decía a mamá y le prometía que él se encargaría de cuidar al bebé en su vientre como hijo propio, que no importaba, pero no quería que ella tuviese problemas de salud si hacía algo como eso.
Katherine, mi madre, se notaba desesperada en sus cartas, no quería al bebé en su vientre, quería suicidarse, pero papá entonces comenzó a entregarle dos cartas de por medio, una animándola y otra con un poema hasta que mamá, en una secuencia de tres cartas accedió a tener el bebé.
Papá entonces comenzó a discutir con ella acerca de nombres, luego ecografías... y encontré un par de ellas metidas en otras cartas. El bebé en el vientre de mi madre era una niña a la que decidieron llamar Loraine.
Frené en seco al notar por dónde iba el asunto: mi hermana era hija producto de una violación, no era totalmente mi hermana.
Tragué saliva y continué leyendo, las cartas de mamá se acabaron y guardé la caja, entonces solo era papá dedicándole versos a mamá mientras pasaban algunos años. Siete años después las cartas de poemas se cortaron.
Loraine se enteró. Textualmente eso estaba escrito allí. Papá comenzó un recorrido de cartas tristes diciéndole a mamá todo lo que hacía Loraine con él, diciéndole que “la niña” lo odiaba y que no quería que las cosas fueran así. Supuse que mamá le respondía personalmente a esas cartas, pero Paul insistía en escribirle en todo momento; papá quería irse de la casa porque no quería el mal para Loraine, quien entonces estaba insistiendo en querer conocer a su verdadero padre, que no quería un impostor.
Entre tanto, llegando al final, había una hoja distinta con letra de pequeño que está aprendiendo a escribir que decía: «Yo no quiero un hermano, por favor no lo tengas».
Las fechas de las cartas cambiaron entonces a mi año de nacimiento y Papá comenzó a decirle a mamá que tenía miedo de que esa niña le hiciera algo al otro bebé, que estaba seguro de que era yo. De nuevo habían cartas de mi madre, que decía que las cosas estarían bien, que no había necesidad de preocuparse demasiado y tras unos meses, al siguiente año, papá insistía en llevar a Loraine a rehabilitación porque amenazaba con matarme.
Algunas memorias de mi infancia volvieron a mí en ese momento. Loraine rompía las cosas que mis padres me regalaban, siempre me hacía llorar, la recordaba como un monstruo y yo siempre recurría a mi padre para contarle todo. Él era el mejor papá del mundo, siempre me decía que algún día yo sería tan fuerte que nadie querría pegarme de nuevo, que sería tan inteligente que llegaría más alto que un presidente, que tendría una pareja como mamá a mi lado, que me quisiera toda la vida y estuviera allí para mí, que incluso si decían que yo parecía una niña, en ese caso era porque las niñas eran preciosas y yo era muy apuesto. Siempre me llevaba con mamá a todas partes, siempre me regalaban las mejores cosas y yo me sentía amado, a pesar de que era difícil para mí hacer amigos, estaba feliz de tener a mis padres.
En las últimas cartas solo habían palabras de amor normales compartidas entre mamá y papá... hasta la última carta, escrita por mamá después del accidente, con la que entendí que las cosas cambiaron de raíz:
«Paul, ojalá pudieras leer esto.
Si tu energía resta en la tierra, cariño, por favor perdóname por todo, te amo, siempre te amaré, pero he cometido un descuido. Jordan no volverá a caminar, yo interrumpí los procesos para protegerlo pero no sé si lo he perjudicado más; él está muy triste, tengo miedo de que lo molesten más en la escuela si lo ven en silla de ruedas.
Ojalá pueda morirme, por el cáncer o por la miseria, porque Jordan no merece una madre como yo. Ojalá Loraine pueda compadecerse y sacarlo adelante, que yo ya no puedo más.»
Las lágrimas se resbalaron por mis mejillas y guardé ambas cajas. Recibí tanta información en un momento que no supe ni cómo sentirme. Comprendí que había sido abandonado a la suerte desde entonces, que mamá ya no se esmeraba en cuidarme y no era por su enfermedad. Dolía muchísimo.
Yo era quien debía morir, quien debía perecer en lugar de todos por toda la miseria que había traído.
Vi las tijeras de costura y me las llevé a mi cuarto en silencio mientras lloraba, me acosté en mi cama y esperando que mamá estuviese bien, decidí morir.
Mordí mi labio inferior entre lágrimas, a la luz de la pequeña lámpara de la mesa de noche y abrí las tijeras, apoyando su filo en mi muñeca. Estaban frías, era media noche, pero no había nadie ahí para detenerme y nadie querría hacerlo.
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Anquilosis
Roman pour AdolescentsTal vez "amor" es una palabra muy complicada para alguien que ni sus propias piernas puede sentir. Tuvo una vida complicada, en donde toda cosa aparentemente buena que se manifestaba a su alrededor pronto perecía, por eso ni sus propios sentimientos...
