He sido en vidas ajenas un cuervo negro, solitario y aburrido, portador de miseria en mis alas colmadas de parásitos, atado al suelo con grilletes de hierro imposibles de levantar.
Preguntando por el motivo de mi existencia, rebuscando entre cada recoveco de mi cabeza para hallar alguna cualidad positiva, he fallado mil y un veces consecutivas.
Sólo me quedaba mirar al cielo con los ojos colmados de lágrimas, esperando que el último golpe de la vida me dejase sin conocimiento por el resto de la eternidad.
Acaricié el dulce hilo que separa la vida de la muerte y me aferré a él por un tiempo, cada vez más muerto que vivo, pero, quizá no con el deseo de morir, sino de hallar sentido a mi existencia.
. . .
Ella, viuda negra, se incrustó en una vida que no era suya, en un espacio que pertenecía al hermano inútil que Dios o la vida le habían otorgado, y deseosa de convertirse en el detonante del fin del mundo, sonrió al encontrar entre caras de padres preocupados una epifanía casi utópica, que rozaba el umbral de la perfección. Se trataba de un muchacho ocho años menor, nieto de la autoridad superior del recinto. Al verlo, los planes se tejieron en su mente en cuestión de segundos, y mientras las manecillas giraban, ya había practicado veinte veces la conversación que tendría con él: Segundo lugar académico después de su hermano.
Ni ingenua ni lenta, supo presentarse, erguirse ante aquel que sería su juguete, y mintió restándole cinco años a su edad. La sonrisa engastada en el rostro redondo cautivó al joven ingenuo de ojos brillantes.
Diversión, quizá, fue el sentimiento en su pecho cuando se supo con el corazón de un jovenzuelo enamoradizo entre sus manos, y aceptó ser su pareja tras algún tiempo de hipocresía. Entre los dientes blancos y las palabras bonitas que salían de su boca, se escondían los restos de cada noche, en los cuales ella usaba un vestido rojo de seda, con el cabello recogido a medias y el labial embarrado en el rostro. En el transcurso de esas noches, viuda negra subía y bajaba apoyándose en un tubo mientras las luces alumbraban su silueta seductora, ceñiéndose a los contornos femeninos las miradas de hombres mayores con los bolsillos rebosantes de dinero, cerciorándose de elegir a alguno para rellenar los propios en lo que restaba de la velada.
Puso un grito en el cielo cuando los ojitos verdes que la apodaban "princesa" la miraron acuosos tras enterarse de su labor como prostituta. Entonces empezó el auge de su recepción de dinero.
«No lo hagas más, si necesitas el dinero puedo dártelo», fueron las palabras del pequeño novio ilusionado, y si bien ella no dudaba que lo seguiría haciendo, comenzó a aceptar cheques cada fin de semana, que llegaban a su casa puntualmente los viernes en la tarde.
Con el novio perfecto y su trabajo aún más furtivo, los días comenzaban a teñirse de colores de nuevo para ella. Podía olvidarse de varias penas sin licor sólo con amenazar a un jovencito con acostarse con ancianos adinerados si él no la complacía con los favores que ella le pidiese. Los días no se oscurecían para ella, pero, para alguien más, que yacía solitario y abandonado en el fondo, las luces parecían jamás querer volver a encenderse.
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Anquilosis
Roman pour AdolescentsTal vez "amor" es una palabra muy complicada para alguien que ni sus propias piernas puede sentir. Tuvo una vida complicada, en donde toda cosa aparentemente buena que se manifestaba a su alrededor pronto perecía, por eso ni sus propios sentimientos...
