Un cariño que jamás se agotaría

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Aquel ave que canta en soledad se marchita junto a las ramas de los árboles. Las flores caen. Las ramas desnudas son incapaces de brindar refugio al ave que al intentar salir choca, se desmorona, se quiebra cual figura de cristal empujada por un niño que la hace caer al suelo.

El ave pude haber sido yo mismo hace tiempo.

Sin poder volar.

Sin poder cantar.

Pero, por suerte, o por desgracia mía, el mundo junto al destino se quebraron, fue una ruptura que cambió por completo el rumbo de aquel ave.

Y entonces, reescribiéndose su historia, no cae.

Unas manos intentan recogerla, pero son muy débiles. Y entonces, mientras se despluma, poco a poco se va preparando para su caída en unas manos grandes y fuertes que pueden sostenerla y hacerla crecer.

Vuelve a cantar y vuela. Vuela con la enérgica pasión de quien ama la vida y no se detiene a mirar atrás.

Y ese, tras toda la basura a la que me enfrenté al romper el ciclo y levantarme de la silla, resultó ser mi tipo de ave.

Volando...

Caminando.

Cantando...

Amando.

AnquilosisHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora