-¡Mamá! -El gritó me quemó la garganta, me desgarró mientras golpeaba la puerta. -¡mamá!
Aporré la puerta con las manos, pero nadie respondió al llamado. Estaba desesperada, ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta la casa. No tenía dinero. Tuve que caminar, y correr, correr, correr. Quería correr muy lejos de allí y simplemente no aparecer más pero primero... primero necesitaba...
Chillé cuando mi mano chocó contra el vidrio de la ventana, cortes se hicieron por todos lados y de pronto tenía sangre tintándome la piel. Sabía que se supone que debía doler, sabía que se suponía me arrepintiera; pero no podía sentir nada.
Metí el brazo por el agujero en la ventanilla, haciéndome cortes por todo el brazo, y finalmente, asesté contra la manilla y la apreté contra mis manos. La puerta cedió y entré en un tropiezo dentro de mi cada, todo lucía... lucía tranquilo.
Esa casa nunca estaba tranquila.
El pecho me subía y bajaba a toda velocidad. Dolía respirar. Me quemaban los pulmones y algo mucho más allá. Estaba aterrada y algo... algo perdida.
Me tambaleé por la estancia, con las manos temblorosas, quitándome el cabello de la cara y manchándome con sangre en el proceso. El simple olor me revolvió el estómago. Comencé a ahogarme mientras avanzaba por el pasillo principal, sosteniéndome de las paredes para no caer.
Mi mano resbaló por la manilla cuando llegue al cuarto de mamá. Algo en mi me gritaba que no abriera. Esa niña que fue castigada por toda una semana al haber sido descubierta entrando a ese cuarto. Aquel miedo que me daba de tan solo mirar la puerta, me obligo a llamar primero.
-mamá, soy Alex-Murmuré, llamando a la puerta-Ábreme.
Y volví a golpear.
Y una vez más.
Más
Y más.
Sollocé, caminando de un lado al otro en el pasillo, sosteniéndome la cabeza con las manos. Mamá no abría la puerta aun, ni siquiera hablaba y yo... yo no podía hacerlo. Estaba aterrada, no paraba de llorar y la cabeza se me abarrotaba de pensamientos. Un grito me escoció en la garganta en un broté de furia, volteé, me acerqué hasta la puerta y volví a golpearla. La patee. Luche contra ella como nunca había hecho con nada.
-¡Abre la puerta! -Grité, aporreando con mi mano la madera-¡MAMÁ! ¡ABRÉ LA MALDITA PUERTA!
Era lunes, mamá siempre salía por las mañanas, pero luego volvía, siempre volvía. Sabía que estaba allí. Me conocía sus horarios como la palma de mi mano. La conocía a ella. Estaba en ese cuarto y... y
-¡MAMÁ ABRE LA PUERTA! -insistí, golpeándola una y otra vez, se me hacían quemaduras en las palmas de tanto insistir. -¡POR FAVOR! ¡TE 'PROMETO QUE NO ME IRÉ! ¡SOLO ABRE LA PUERTA!
No hubo respuesta, ni en ese momento, ni el resto de la hora que estuve insistiendo.
Finalmente, me había rendido, cayendo sentada sobre el suelo. Si estaba viva, si aun el corazón me latía, no lo sabía. La cabeza me daba vueltas y sentía que ya no podía más. Algo dolía más de lo que lo que había hecho antes. En los oídos sentía un pitido continuo, que amortiguaba mis pensamientos e incrementaba el martirio de aquel dolor de cabeza que solo podía ser causado por tanto llorar.
Necesitaba a mamá.
Me pasé el dorso de la mano por debajo de la nariz, limpiándome, me rendí un segundo y luego, solo me levanté.
Mamá antes no era mala, ella por un par de años fue la mejor madre que pude desear. Por ese tiempo dormíamos juntas en una cama para uno, ella soportaba que le pateara entre sueños y me abrazaba cuando despertaba llorando por una pesadilla. Por ese tiempo, ahorró durante meses para comprarme un par de patines. Por ese tiempo, sonreía más de lo que la vi hacerlo en el resto de años que le siguieron al regreso de papá. Por ese tiempo, éramos felices.
Recordaba el olor a los panqueques de la dueña de esa casa, recordaba que los hacía cada domingo y sabía que a mamá le encantaban. La señora no solo los hacía los domingos, también en aquellas noches que mamá lloraba y lloraba sin parar. La hacía feliz con ellos. Yo aun no sabía porque lloraba y en mi mente aun no entendía muy bien lo que era el dolor, así que la primera vez que me desperté con sus lágrimas cayendo sobre mi cabello, me levanté, fui al baño y volví con una caja de curitas para pegárselas por todo el cuerpo. Yo creía que estaba herida. Cuando ya no sabía qué hacer y mi madre aun no se detenía, llamé a la mujer del cual el nombre ya no recuerdo, y ella hizo panqueques. Mamá se durmió luego de una hora y yo me quedé allí, oyendo como la mujer me cantaba una canción de cuna luego de explicarme, que la vida no siempre era fácil, luego de rogarme que disfrutara de mi inocencia y la cuidara para que no tuviera que aprender tan pronto como era la vida real.
Deseaba volver a ser esa niña, quería ser estúpida e ingenua, quería poder tener una oportunidad. Ser feliz.
Quería panqueques.
Quería que me cantaran canciones de cuna.
Quería que alguien me llenase el alma de curitas.
Quería una madre, una familia, amor. Quería tantas cosas que me había convencido de haber superado. Quería poder fingir que no me estaba cayendo a pedazos y que en realidad estaba en un avión junto al amor de mi vida. Pero ya no importaba lo que quería.
Siempre creí que mamá y yo éramos como una bomba, pero no era así, nunca nadie nos prestó la atención necesaria como para construirnos tan bien. Nunca estuvimos tan meticulosamente cuidadas. Mamá y yo, solo éramos pólvora; frágiles y diminutas. Sensibles. Y cuando dejas pólvora cerca del fuego, no necesita ser una bomba para explotar. Cuando dejas corazones tan rotos en un mundo en el que nadie quiere el lado malo del resto, no necesitas mucho para acabar con ellos.
Yo me encargué de ser su fuego, me encargué de acabar con su corazón y ella hizo lo mismo conmigo.
No sabía quién había sido la madre de la mía, nunca oí sobre ella. Y algo me decía que había una razón. Porque lo que no se cura, se repite.
Tomé una bocanada de aire, temblorosa, dejé caer la frente sobre la madera de la puerta, llorando en silencio, sin más fuerzas. Y mi mano se deslizó lentamente hasta el picaporte. Le rogué una última vez, lo pensé con todas mis fuerzas y cuando ya no pude más, abrí la puerta.
Nada me impidió entrar.
Ninguna voz me riñó por hacerlo.
Pero no fue necesario. Ya nada más necesité para derrumbarme.
Mis rodillas golpearon el suelo, el aire se me entrecortaba en la garganta. No podía gritar, no podía hacer nada. Ya no podía.
-no, no, no...
Me puse de cuclillas, traté de levantarme, pero fui incapaz. Dudaba que algún día pudiera hacerlo de nuevo. Me balanceé hacía adelante y caí sobre algo duro, algo que se enterró en la piel de mis manos. Negué una vez más, impulsándome hacía adelante con las ultimas de mis fuerzas.
-Mami, no... por favor-Solloce, pasándome una mano por mi rostro, tratando de limpiarme las lágrimas-Seré buena ¿sí? No perderé una sola competencia, no iré a la universidad, no volveré a ver a nadie... Mami, no me iré, nunca más me alejaré de tu lado. Yo... yo... Mamá...
Sollocé con fuerza cuando vi mis manos, estaban manchadas de sangre. Toda mi ropa lo estaba, mi rostro, mi cabello...
Era su sangre.
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Bajo la tormenta
Novela JuvenilA veces se trata de derrumbarte, de caerte y aprovecharlo para ver las estrellas bajo la tormenta. Alex ha estado perdida toda su vida; en sí misma, en su familia, en ideas que otros construyen sobre ella. Se pierde tan fácil que ya no sabe en dónd...
