ÁNGELA.
- ¿Gustabo? - La mujer observaba al joven recargado en la pared mientras refregaba sus manos en el rostro, pero este no le contesto.
Ella se acerco al chico y tomo las manos ajenas haciendo que estas cesaran su movimento.
- Sabes que eso no estuvo bien, ¿verdad? - El tono de la mujer se aligero tanto que solo el rubio pudo escucharle. - No se que paso entre ustedes cielo, pero debes de recordar que Bruno es alguien importante tanto para Horacio como para mi... no te obligaré a que te lleves bien con el... - Ángela hizo una pausa mientras alaba las manos del chico para poder verle el rostro. Gustabo no puso objeción y fue observado de frente por las esmeraldas de la castaña produciendole un poco de calma.
- Solo respetense. - Continuo la mujer soltando las manos de el rubio y dandole algo de espacio.
El policía asintió desviando la vista hacia la puerta roja por donde Bruno había salido.
- Buscale... - Dijo la mujer, haciendo que el rubio la mirase de nuevo con el ceño algo fruncido por su desacuerdo.
- Quizá no hoy... pero creo que se deben una charla y alguna disculpa... - La Doctora lo observo inquisitivamente y el solo se limitó a asentir una vez mas.
- Iré a la cafetería... - Hablo el chico arrastrando las palabras.
- De acuerdo hijo. - Le contesto la mujer y lo observo caminar hasta perderlo de vista una vez que la puerta rojo se cerro tras el.
Ángela soltó un suspiro, jamás habia visto a Gustabo de aquella manera y agradecio por lo bajo a que el espectáculo solo lo habia presenciado ella y no pasó a mayores, si no Gustabo estaría furioso fuera de el recinto junto con Bruno y ninguno habría podido ver a Horacio cuando este despertara.
La castaña tomo la perilla de la puerta blanca frente de ella y la alo para poder entrar en la habitación de Horacio y ahí lo encontró con el semblante confundido y sin indicios de percibir su presencia, Ángela sonrió de alegría.
HORACIO.
El peliazul sentía como todo su cuerpo flotaba alto, pero muy, muy alto tan ligero como una pequeña pluma que se lleva el viento, no veía nada mas que neblina densa, una neblina que lo hacia sentir frío, un frío agradable que lo ponía somnoliento, pero entre mas pasaba el tiempo mas pesado se sentía y la neblina iba desapareciendo de poco a poco dando la sensación de que sus ojos estaban luchando por abrirse sin mucho exito por el momento.
Sus oidos se agudizaron un poco y comenzó a escuchar algunos pitidos distorsionados como si estuvieran muy, muy lejos de el, el frio comenzaba a irse pero pudo notar que su mano derecha estaba mas cálida que alguna extremidad mas de su cuerpo, el peliazul abrió los ojos y observo a alguien sentado en su cama, trató de enfocar la cara de quien tomaba su mano pero la luz que entraba por la ventana y la neblina en sus ojos se lo impedían, en un intento de desespero aló su mano tirando de la contraria tambien.
- Eres tú... mi ángel... - Horacio hablo lo mejor que su voz le pudo permitir, y sus ojos solo pudieron enfocar los grisaseos orbes que lo observaron por un infimo segundo sintiendo como su mano era soltada y escuchando pasos distrocionados y con prisa que se alejaron de su camilla, el peliazul parpdeó con urgencia "¿Era Volkov quien tomaba su mano?" Su corazón se acelero y sintió como su cuerpo recuperaba la calidez de costumbre.
Horacio se quedó quieto en la cama pensando en que quizá todo aquello habia sido un sueño distorcionado por los quimicos que aun estaban en su cuerpo, suspiro con desgana y levantó su mirada hacia el techo blanco de la habitación tratando de hacer memoría de como era que habia llegado al hospital, haciendo que su mente le recordase los rostros tristes de sus seres mas queridos en el mundo y después recordar sentir dolor, para despertarse en este lugar.
El joven se sintió algo solo pues las veces que había estado postrado en cama Gustabo o Conway siempre estaban esperando que el despertara y ahora podía sumar la calida aura de la mujer, pero nadie estaba ahí nisiquiera Bruno. Horacio comenzó a sentir que esa soledad era el karma que comenzaba a regresarle los frutos que el mismo sembró, sus ojos comenzaron a aguarse amenazando con desvordarse en cualquier momento.
