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Gustabo y Horacio estaban por pasar un día juntos en el parque Belleville, el crestas le contó el sueño del picnic que ahora rondaba en repetidas ocasiones en su mente a la hora de dormir, la playa lo había mantenido despejado del sueño sangriento que no lo dejaba descansar ni a él ni a su cuidador y Gustabo estaba más que agradecido.
Así que al siguiente descanso del oficial habían acordado ir al parque para tomar algo de sol y distraerse.
Gustabo se había levantado un poco antes de lo normal para pedir algo de desayuno desde la app del móvil para poder ir a despertar a su hermano y ayudarlo a entrar en el baño, el crestas se quejó un poco mientras el rubio pronunciaba su nombre y lo movía suavemente del hombro.
- ¡Horacio!, ¡ceeeeeerdo! Ya pedí el desayuno, tenemos que prepararnos para el picnic, ¡despierta! - insistió el joven por tercera vez, a Horacio no le quedó más remedio que abrir los ojos y sentarse para ser ayudado por el contrario y entrar al baño.

Después de que los dos se asearon y desayunaron comenzaron a cocinar una tanda de sándwiches que comerían por la tarde.
Horacio se encargaba de untar los panes con mayonesa, mientras Gustabo metía lonjas de jamón y queso, pero al verlos tan simples optaron por incluir lechuga y un poco de rojo tomate.
- Bueno, pues estamos listo. - Dijo Horacio pasándole los utensilios de cocina que habían usado de la mesa hasta el fregadero donde el rubio lavaba los platos.
Horacio hizo rodar su silla y comenzó a guardar los sándwiches en una hielera que la Doctora les había prestado para la ocasión, tomo dos manzanas del frutero y las acomodo a un lado de los sándwiches.
- ¿Podemos pasar a comprar algo de golosinas? - le pregunto el crestas mirando lo saludable que lucía su comida. - Podemos- afirmó el rubio sonriendo secando sus manos en su mismo pantalón.

El reloj marcaba las 2 de la tarde, hora de partir.
Dejaron de ver la televisión y se dispusieron a hacer la rutina de siempre para salir del departamento del peli azul.
Una vez abajo se despidieron del señor Héctor dándole las gracias pues siempre los ayudaba a bajar del ascensor y montar a Horacio en el Audi.

Gustabo condujo a baja velocidad para llegar al destino, en dónde a mitad de camino se encontraron con un atraco en un badulaque.
- ¡Trabajen cerdos! - gritaron los jóvenes acelerando el coche esperando a que nadie los siguiese y riendo el resto del camino mientras se escuchaban temazos en la radio de fondo, pararon antes de llegar en una tienda pequeña y el rubio compro unas gaseosas, jugo y gomitas en forma de osos para Horacio.

El auto amarillo aparco a un lado de la acera, bajo del coche y saco unas monedas de su pantalón para ponerlas en el parquímetro. Horacio abrió la puerta del copiloto y se resbaló hasta quedar en la orilla del sillón. - ¿Puedo usar las muletas? - miró, al contrario.
- ¿Quieres? - Horacio asintió. - Va, las tengo en el maletero, espera. - Gustabo camino hacia el auto y saco las muletas de su hermano, lo ayudo a levantarse y se las paso.

El aire cálido les rozaba la cara dejándoles una muy buena sensación, ambos suspiraron el aroma del verde parque llenándolos de calma. Caminaron por un buen rato en silencio disfrutando del paisaje y la compañía de ambos, hasta que el rubio decidió hablar.
- Se que antes no te lo he preguntado... Pero creo que ya es momento. - Hablo el mayor caminando al paso del peli azul, este lo miro curioso y asintió para que continuara.
- ¿E.. exactamente qué pasó aquel día? - No hacía falta que Gustabo le mencionara cuál día Horacio sabía que la duda de su hermano tenía que ser despejada, y tal parecía que hoy era ese día. Horacio tomo aire y miro al cielo mientras se le formaba un nudo en la garganta, ¿Cómo olvidar aquellas palabras?

Le toca a él...  VOLKACIOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora