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–Mi más sentido pésame.

–No seas idiota, Adrien. ¿No me piensas felicitar?

–¿Porque te vas a casar? No, nunca podre felicitar a alguien por eso.

–¿No te gustaría casarte?

–Por ahora no.

–Pronto cumplirás cuarenta años, tienes que comenzar a pensar en tu futuro.

–Faltan diez años para que yo cumpla cuarenta años.

–De todas formas, tienes que pensar en tu futuro.

–Hoy no.

–Bueno, ¿Qué tal te fue con Katherine ayer?

–Bastante bien, me perdonó por haber olvidado San Valentín, y… bueno, todo es gracias a tu prometida.

–Si, Anne sabe cómo solucionar los problemas.

–Lo malo es que casi me deja pobre.

–Pero valió la pena, ¿O no?

–Pues sí. Aunque no entiendo la necesidad de regalar un oso de peluche de dos metros.

–Honestamente, no sabía que existían de ese tamaño. Siempre veo los que son chiquitos.

–Ojalá ella hubiera visto uno de esos. El que compró ni siquiera cabía en la camioneta de lo gordo que era.

–No pienses en eso. ¿Cuánto crees que costó el anillo de Anne? Piensa en que valió la pena y no en lo que costó, porque a fin de cuentas, solo es material.

–Bueno… cuando le vaya a proponer matrimonio a Katherine me ayudas a elegir el anillo. Soy muy malo para esas cosas.

–Está bien, y, ¿Cuándo va a ser eso?

–Apenas nos estamos conociendo. En unos meses más le pediré que se venga a vivir conmigo.

–Qué bien, eso es un gran progreso.

–Si, aunque tampoco quiero ser intenso con ella.

–Ella te quiere, dudo mucho que piense que eres intenso.

–¿Crees que si le propongo matrimonio me diga que sí?

–No lo sé, eso se lo tienes que preguntar a ella, ¿No crees?

–Pues sí, pero, ¿Y si me dice que no?

–Hay que enfrentar esos miedos, Adrien o nunca vas a poder ser feliz con alguien.

–Voy a pensarlo.

–De acuerdo, yo ya me voy. Tengo que atender a mis pacientes.

–Adiós.

–Emma… bienvenida a tu primera terapia conmigo –le señalé la silla delante de mi escritorio –. Siéntate, por favor.

–Gracias.

Me senté y apoyé los codos en el escritorio.

–¿Cómo te fue ayer en San Valentín?

–Muy bien, salí con varias amigas a ver las decoraciones en la plaza principal.

–Qué bueno, yo no pude ir porque estaba ocupado, pero me alegra que te haya ido bien. ¿Cómo has estado con la depresión?

–Bueno… no lo sé, es muy raro porque, un día estoy triste y decaída, y al otro soy la persona más feliz y segura del mundo. No lo entiendo, y eso me deprime aún más porque mientras estoy feliz trato de centrarme en ese sentimiento para no volver a la depresión, pero es algo que no puedo evitar.

–¿Eres una persona agresiva?

–Ojalá, creo que no tuviera tantos problemas si fuera agresiva.

–De acuerdo. Algunas veces, los periodos de depresión profunda se alternan con periodos de júbilo, grandes esperanzas, ideas grandiosas e hiperactividad. Eso se conoce como trastorno maniacodepresivo. Cuando la persona se encuentra en la fase maniaca, es abrumadoramente segura e incansable, pasando de una idea a otra. Sin embargo, eventualmente, el estado de ánimo cambia a desesperación intensa.

–Y, ¿Eso es bueno o malo?

–Es una etapa de la depresión. ¿Has tenido pensamientos suicidas?

–Si… pero nunca he intentado hacer nada de eso.

–Cuando te cortas… ¿Con que intención lo haces?

–Bueno… para… exteriorizar el dolor emocional.

–¿Cada cuanto pasa eso?

–No lo sé, como ya le dije que mi estado de ánimo cambia mucho.

–En la terapia de grupo dijiste que llevabas una semana sin cortarte.

–Si, así es.

–¿No lo has hecho desde que lo dejaste?

–No, aunque la idea siempre está ahí. Trato de distraerme para no pensar en eso.

–¿Cómo te distraes?

–Leyendo.

–¿Y si te funciona?

–Muchísimo, de hecho, no solo eso, también me ayuda a ignorar al mundo y centrarme en la fantasía de mis libros.

–Bien.

–Derrick… ¿Crees que el color blanco me haga lucir gorda?

–No, ¿Por qué lo preguntas?

–He estado observando algunos vestidos y he llegado a la conclusión de que algunos tonos de blanco me harían lucir gorda.

–Entonces busca una tonalidad de blanco que no te haga lucir gorda.

–¿Este te gusta? –abre la cortina del vestidor y sale luciendo un vestido blanco pálido estilo sirena sin mangas. Un poco simple, la verdad.

–Está lindo.

–¿Solo eso? Lindo y… ¿ya?

–¿Qué quieres que diga? Te ves bien, creo que deberías de usar ese.

–A mí no me gusta. Es muy blanco.

–Excelente, ¿Qué tal si te dejo sola para que decidas?

–No hace falta, creo que deberíamos ir a otro lugar, déjame cambiarme.

–No te tardes.

–Ok.

Anne me obligó a acompañarla a elegir su vestido de novia, aunque me negué muchas veces por lo que dicen de la mala suerte, ella me convenció de que ese no era nuestro caso. Así que estuve aproximadamente dos horas sentado en tres tiendas diferentes mientras Anne se cambiaba consecutivamente de vestido sin decidirse.

–Estoy lista.

–Vamos.

Un Psiquiatra Virgen Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora