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La mañana está más fría que de costumbre. No hay rastro del sol, a pesar de que son las siete de la mañana.

Anne está de mi lado izquierdo, lleva puesto un conjunto deportivo de color azul que la hace lucir más pequeña de lo que es y el cabello amarrado en una coleta alta. Ya hemos recorrido más de tres cuadras corriendo, falta poco para llegar al parque de la urbanización.

–Detente –me dijo.

–¿Qué pasa?

–Me mareé de repente.

–¿Quieres devolverte?

–No, ya falta poco para llegar. Pero vamos a caminar.

–Me avisas si no se te quita el mareo.

–Esta bi… –me asusté un poco cuando Anne se sujetó de mi brazo con fuerza para no caerse, no dudé en sostenerla.

–¿Qué te pasa? ¿Qué sientes?

–Estoy mareada, tengo nauseas.

–De acuerdo, te voy a llevar a casa –la cargué en mis brazos y comencé a caminar de regreso.

–¿Ya te sientes mejor?

–Si… ya estoy bien.

–Vamos a la clínica. Allá te puedo revisar mejor.

–¡No! No te preocupes, ya estoy bien –se incorporó lentamente en la cama –.

–Anne, necesito asegurarme de que estés bien.

–Estoy bien. De verdad.

–Bien, pero si esto vuelve a pasar te voy a llevar a la clínica así sea en contra de tu voluntad.

–De acuerdo.

–Voy a salir un momento. Si te sientes mal, llámame.

–Adiós.

Me dirigí al estacionamiento y me subí a mi camioneta, la encendí y emprendí mi camino hacia la clínica.

Al llegar, caminé directamente al laboratorio.

–Buenos días, David –David es el bioanalista encargado del laboratorio.

–Buenos días, Derrick. ¿En qué te puedo ayudar?

–Necesito que analices esta muestra de sangre –le entregué el tubo de ensayo con un poco de sangre –, y me digas si hay algo raro.

–Está bien. Te avisaré cuando estén los resultados.

–Gracias, David.

No sé si esté bien lo que hice, pero lo hice porque estoy preocupado. Anne estuvo desmayada cinco minutos, lo que aproveché para tomar una pequeña muestra de su sangre y mandarla a examinar para saber que tiene. También lo hice porque se que ella nunca se dejaría sacar sangre estando en sus cinco sentidos y no me hubiera dejado hacerlo.

Entro en la clínica y voy hacia la oficina de Adrien.

–Hola –lo saludo.

–¡Vaya! Ahora estoy viendo muertos.

–No seas exagerado. No nos vemos desde ayer.

–Para mí fue una eternidad –hace un gesto dramático con las manos.

–¿Cómo estás?

–Con mucho trabajo, pero bien.

–Y, ¿Cómo vas con Katherine?

–Muy bien. ¿Tú como vas con la insoportable de Anne?

–Bien. Aunque… no lo sé…

–¿Qué?

–No, nada.

–No, dime. ¿Qué pasó?

–Es que… siento que me oculta algo, ¿Sabes?

–¿Por qué lo dices?

–Ella se ha estado sintiendo mal físicamente, pero no deja que la revise. Esta mañana se desmayó y tuve que aprovechar para sacarle sangre y mandarla a analizar.

–No debiste hacer eso.

–Entiéndeme, estoy preocupado. Quiero ayudarla, pero ella no me deja. Tuve que hacerlo.

–Está bien, te entiendo, pero… ¿Solo crees que te oculta algo porque no se deja revisar?

–No, también… está lo de nuestra boda. Pensé que quería hacer todo con calma, pero no, quiere que nos casemos en un mes y no me molesta en lo absoluto pero me parece muy extraño que se quiera casar tan pronto.

–Tal vez solo son cosas tuyas. ¿Y que hay con lo de la propuesta de trabajar en un psiquiátrico de Rusia?

–No he tenido tiempo para pensar en eso. No se si aceptar, no quiero dejar a mis pacientes en manos de cualquiera.

–Es una buena oportunidad, yo creo que deberías de aceptar.

–Lo voy a pensar. Si llegara a aceptar, primero tengo que encontrar un buen psiquiatra para que me reemplace.

Un Psiquiatra Virgen Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora