ARCHIVO 002

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Marc

El sábado amanece con un silencio engañoso. Afuera, el cielo está despejado, y el aire fresco huele a jazmín y tierra húmeda. Pero debajo de esa calma, yo sé que se mueven sombras.

Me cambio el traje por ropa deportiva: camiseta oscura, chaqueta liviana, pantalón ajustado y unos tenis que amortiguan el peso de cada paso. Mis hermanos ya están en la mesa del desayuno, listos para ir al gimnasio del club. Prefiero el parque. Necesito el aire. Necesito movimiento. Porque si me detengo, empiezo a pensar. Y si pienso demasiado... empiezo a recordar.

— ¿La princesa? —pregunto a Alice mientras sirve café y le echo stevia.

—Durmiendo en su habitación, señor. Ha estado cansada esta semana.

—Que descanse —respondo, con un nudo en el pecho. No se lo digo, pero cada día me aterra más que le pase algo. A cualquiera de los míos.

—¿Ya te animaste a invitar a la maestra o te la robo yo? —pregunta Francisco, con su sonrisa de imbécil encantador.

—Te agradezco la preocupación, Casanova, pero esta vez no hace falta —respondo, aunque apenas puedo disimular cómo su nombre— la Señorita Mitchel. No es... —me altera. No lo entienden. No es como las otras. No solo es hermosa... hay algo más. Algo que no puedo leer.

Me he cruzado con ella varias veces en la semana. Siempre en silencio, con esa postura elegante y una mirada firme que no busca aprobación. Me mira como si supiera exactamente quién soy... y también quién no soy. Y eso me desarma.

El miércoles la saludé, solo para oír su voz otra vez.

—Buenos días, señor Turner —respondió, sin titubeos. Como si yo no fuera nada más que un nombre en su agenda.

Pero su aroma—miel y algo más salvaje—se me quedó impregnada. Como una advertencia disfrazada de caricia.

Desde que entró a nuestra casa, he sentido que me observa sin hacerlo. Que me estudia. Y no sé si eso me excita o me inquieta.

El miércoles la vi tomar sus cosas. Sus movimientos eran tan precisos que dolía verlos. Belleza mortal. Como una flor venenosa.

— ¿Cómo ha estado Rosie esta semana? —le pregunté.

—Inteligente. Debe estar muy orgulloso —respondió, como si hablara de mí también.

Ayer, mientras pasa frente a mi despacho con una carpeta en la mano, la llamo:

—Señorita Mitchel.

Se detiene. Se gira lentamente, como si ya supiera que la estaba observando. Clava en mí esos ojos azules que nunca se agachan. Me observa sin miedo, sin deseo explícito, y sin embargo... todo en ella grita dese

—¿Si?

—¿Tiene un momento?

Ella entra. Cierra la puerta con un gesto tan suave que el sonido casi no existe. Pero yo lo siento igual. Como un latido.

—¿Todo bien con Rosie? —pregunto, solo para empezar con algo. Porque no sé cómo se empieza con alguien como ella.

—Si. Como siempre —responde. Luego, da un paso hacia mí, con la cabeza ligeramente inclinada—. ¿Está seguro de que me llamaron solo por eso?

Esa pregunta. Maldita sea.

—No —digo con brutal honestidad. La palabra se queda suspendida entre nosotros como una promesa peligrosa.

Su mirada baja un segundo, luego vuelve a subir. Se detiene en mis labios. Lo noto. Ella también lo nota.

—Entonces, ¿por qué?

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora