Narrador Omnisciente
La voz del General Zhang llegó a través del auricular con la firmeza de siempre, interrumpiendo la espiral de caos que se cernía sobre la mansión.
—Persuádela para que se entregue antes de que lastime a alguien más —ordenó, su tono mezclando urgencia con autoridad militar.
Thaile asintió apenas, como si él pudiera verla. El peso del pasado, de las decisiones y de las máscaras, se le pegaba a la piel como un vestido mojado. Inhaló profundo. A su alrededor, el ambiente parecía un salón congelado en el umbral del desastre.
Alice bebía whisky con la indiferencia de quien ya no teme al abismo. Cada sorbo era una declaración de guerra, un recordatorio de su decadencia asumida con orgullo. Sus ojos brillaban con un fulgor enfermo, en el borde de una catarsis homicida.
—¿Saben? Me da lástima Alice —dijo Thaile, con una voz suave, calculada, lo suficientemente fuerte como para cortar el silencio—. Ella solo quería una familia...
La frase quedó suspendida en el aire como una nota maldita. Alice se tensó. Sus labios temblaron. El alma herida debajo de su locura tembló por un instante.
—¡Exacto! —gritó, quebrada, como una niña que nunca fue abrazada—. ¡Yo solo quería una maldita familia! ¡Pero ustedes se empeñaron en buscarla en otras mujeres, en otras camas, en otras vidas!
Su furia se volvió hacia los Turner, sus ojos inyectados de lágrimas contenidas, de siglos de abandono comprimidos en una sola noche.
—Me arrastré por ustedes... cociné, limpié, cuidé, besé, me tragué cada ofensa y aún así... siempre era la sirvienta. La sombra. La otra. ¡Ni siquiera cuando tu madre murió, Marc, ni siquiera entonces me diste un poco de compasión! ¡Tú tampoco, Elías! —escupió el nombre como un veneno viejo—. Tú solo fuiste a buscar a esa adicta como si yo no existiera, como si yo no te hubiera dado todo.
Silencio. Hasta que habló él.
Elías, que hasta entonces había guardado su mutismo como un escudo, dio un paso al frente. Su voz fue baja al principio, casi desapasionada.
—¿Y debemos llorar por eso?
Alice parpadeó, confundida.
—¿Crees que el mundo te debe algo solo porque entregaste tu cuerpo y tus años como moneda de cambio? —continuó Elías, y ahora su voz era afilada, hecha de hielo y acero—. No me diste amor, Alice. Me diste control. Manipulación. Envenenaste a la mujer que amaba y que juraste cuidar, ahora pretendes hacer lo mismo con mis hijos. ¿Esperas redención?
La carcajada de Alice murió en su garganta. La furia se le transformó en miedo.
—¡Mátame! —rugió él, abriéndose el saco y dejando al descubierto el pecho—. ¡Hazlo de una vez! Pero ten el valor de aceptar que no te rechazamos por ser pobre, ni por ser sirvienta... sino porque en tu corazón no había más que rencor. Porque tú nunca quisiste una familia. Tú querías venganza con forma de hogar.
Se plantó frente a ella con una fuerza tan aterradora que incluso los presentes, paralizados, retrocedieron un paso. Blanca soltó un grito, su voz desgarrada:
—¡Elías, no!
Pero Elías no se movió. Alice temblaba. Y en ese segundo, el mundo pareció detenerse.
Alice le encañonó la frente con la pistola, la respiración entrecortada, los ojos desbordados de rabia y resentimiento. Su mano temblaba, pero no por miedo, sino por el peso insoportable de años de humillaciones y deseo no correspondido. Elías no se movió. Sus ojos se clavaron en los de ella con una mezcla de furia, dolor y desafío.
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Tras de ti
Mystery / ThrillerElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
