ARCHIVO 023

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Thaile

Me incorporo, el cuerpo aún vibrando con los restos de adrenalina y algo peor: esa maldita calidez que Marc Turner deja en mi piel cada vez que me toca. Me odio por permitirlo. Me odio por necesitarlo.

El cielo se tiñe de un naranja profundo mientras el sol desaparece detrás de los árboles, bañando todo el parque con una luz nostálgica, casi cinematográfica. El momento debería parecer inocente. Pero no hay nada inocente en cómo me siento.

—Creo que ya es tarde —musito, con una voz que apenas reconozco como mía. Está temblorosa. ¿Cuándo fue la última vez que perdí el control de mis emociones así?

Marc asiente con la tranquilidad de quien cree tener todo bajo control. Como si no acabara de desestabilizarme. Va por los niños, y yo aprovecho para recoger las cosas, evitando mirarlo directamente. Me arden las mejillas, la garganta, hasta las palmas de las manos. Como si mi cuerpo entero estuviera protestando contra la lucidez.

Mientras nos dirigimos al auto, el silencio entre nosotros se siente más íntimo que incómodo. Él camina relajado, casi satisfecho, como si hubiese ganado una batalla que ni siquiera sabía que estábamos librando. Yo, en cambio, sigo en modo alerta, emocionalmente desarmada y sin un maldito plan de escape.

—¿Te divertiste, Nicolás? —pregunta Marc, echando un vistazo por el retrovisor una vez estamos en camino.

—¡Sí, señor! —responde Nico, entusiasmado, la risa de Rosie le hace eco, llenando el coche de una felicidad que no me pertenece.

—¿Y tú? —pregunta de pronto. A mí. Con esa sonrisa tranquila que debería estar prohibida en un hombre como él.

Mi respuesta se atora en la garganta.

—Seguro —digo, apenas, y me maldigo por el temblor en mi voz.

—Me alegro —murmura, como si leyera cada una de mis contradicciones. Luego, sin permiso, entrelaza su mano con la mía.

Mi cuerpo reacciona con un escalofrío. Pienso en apartarla, en romper ese contacto que quema... pero no lo hago. No puedo. Y eso me aterra más que cualquier arma apuntando a mi cabeza.

Llegamos a mi departamento. Respiro aliviada al pensar que aquí terminará esta tortura emocional, pero mis esperanzas se derrumban cuando veo que Marc apaga el motor y abre la puerta.

—¿Quién quiere pizza? —proclama al cruzar el umbral, como si este fuera su hogar también.

—¡Yo! —gritan los niños al unísono.

Mierda.

Me obligo a sonreír mientras marco el número de la pizzería. Pido la misma combinación de siempre, porque pensar en otra cosa requiere más energía de la que tengo. Cuando cuelgo, Marc ya ha ocupado mi cocina como si le perteneciera, sacando la botella de vino tinto con llegó y sonriendo como si acabara de ganar una apuesta que yo no sabía que estaba en juego.

Le tiendo una copa, pero él no la toma de inmediato. Primero se acerca. Sus pasos son lentos, deliberados. Cuando finalmente la toma, lo hace con una mano... mientras con la otra se apoya en mi cintura, atrayéndome hacia él.

—Necesitas relajarte —murmura.

Su voz es grave, ronca, peligrosa. El vino sigue en su mano, intacto. Su cuerpo, sin embargo, está demasiado cerca. Siento su aliento en mi cuello, y su pecho rozando apenas el mío. Todo en mí grita que lo empuje. Que recuerde lo que soy. Para qué vine.

Pero lo único que hago es quedarme quieta. Congelada. Embriagada, y ni siquiera he probado el maldito vino.

Se fija nuevamente en mi labio lastimado, deteniéndose como si esa pequeña herida le doliera más a él que a mí. La forma en que me observa es tan intensa que casi me quema. Como si pudiera sanarlo con la mirada. Como si quisiera hacerlo suyo para protegerlo.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora