ARCHIVO 061

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Thaile

El dolor es lo primero que siento al despertar, un incendio sordo que recorre cada fibra de mi cuerpo. Cada músculo late con un resentimiento brutal, un recordatorio cruel de mi estado deplorable después del infierno que Zhang me obligó a atravesar. No fue un simple entrenamiento; fue una guerra abierta contra mi propia voluntad de existir. Abdominales, planchas interminables, trepar una soga que parecía una soga de ejecución en lugar de un ejercicio: fracasé estrepitosamente, mis fuerzas me abandonaron mucho antes de alcanzar la mitad del recorrido.

Zhang no tuvo piedad. No buscaba hacerme más fuerte; buscaba destruir a la criatura rota que me había convertido y ver si algo, cualquier cosa, sobrevivía debajo de las ruinas.

Y tal vez yo también quería eso. Tal vez por eso no me negué.

Ahora, desplomada en la cama, con la mente en blanco y el cuerpo temblando, siento que me hundo en un abismo donde el dolor físico es casi un alivio comparado con el dolor que cargo en el alma.

Apenas registro el sonido de la puerta abriéndose. Unos pasos silenciosos, casi reverentes, se acercan. Siento manos cálidas desatando mis tenis, con una delicadeza que contrasta brutalmente con la violencia del día. Me arropan con cuidado, como si fuera algo frágil. Y lo soy. Más de lo que me permito admitir.

El roce de su piel en la mía, el leve aroma a colonia y café... es Marc.

Por un instante, justo antes de caer en el olvido del sueño, una lágrima muda se desliza por mi mejilla. No por debilidad. Sino porque hay algo insoportable en recibir ternura cuando crees que no la mereces.

A la mañana siguiente.

Una caricia apenas perceptible en mi brazo me arranca de mi sopor. Mi cuerpo protesta con cada intento de movimiento, como si cada hueso se hubiera oxidado de dolor.

—Chérie, te están esperando... —la voz de Marc es un susurro grave y cálido, acariciándome más que sus propias manos.

Una parte de mí quiere aferrarse a ese instante de vulnerabilidad segura. La otra, la parte rota, quiere gritar, arrancarse de todo y seguir hundiéndose en la oscuridad cómoda de la autocompasión.

—Si es ese viejo loco, dile que me perdí en Narnia... —murmuro, la voz apenas un hilo. Me enrosco más entre las sábanas, como un animal herido que se niega a salir de su madriguera.

No pienso volver. No pienso soportar otra sesión en la que mi cuerpo ceda y mi alma quede aún más expuesta.

Un silencio tenso flota en el aire.

—Oye... yo de ti no lo haría esperar... —advierte Marc finalmente, su tono un poco más grave, una amenaza velada que apenas logra perforar mi caparazón de agotamiento.

Pero me doy la vuelta y me sumerjo otra vez en la oscuridad, ignorándolo.

Aunque en el fondo sé que la oscuridad ya no es un refugio. Es una prisión, y Marc... Marc podría ser la única llave para salir de ella.

Si tan solo pudiera reunir el valor para abrir los ojos.

El golpe de realidad es brutal.

Un torrente helado cae sobre mi rostro, empapándome con un golpe seco que me arranca del sueño como un latigazo. Me incorporo de un salto, el corazón martillando en mi pecho, la piel erizada por el frío lacerante. Cubos de hielo resbalan por mi cuello, deslizándose bajo la camiseta, como pequeños cuchillos de cristal.

—¡¿Qué carajos te pasa?! —escupo, la furia saliendo antes que cualquier intento de racionalidad.

De pie frente a mi cama está Zhang, impasible, sosteniendo el vaso de vidrio vacío como un verdugo sostendría su arma. Su mirada es la de siempre: indiferente, implacable, como si mi miseria fuera apenas un dato irrelevante en su agenda.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora