T.
¡¿Un maldito corazón, T?! ¿En serio?
Me reprendo en silencio mientras cierro la puerta del auto con más fuerza de la necesaria. El recuerdo de la reacción como si fuera una adolescente.
No puedo creer que haya cedido a eso. Que me haya dejado llevar por ese impulso ridículo, casi inocente. No soy una niña. No puedo permitirme cursilerías como esa.
La mansión Turner me recibe con su habitual aire de perfección y poder, como si todo estuviera cuidadosamente diseñado para recordarte tu lugar. Rosie aparece corriendo como una vendaval de azúcar y risas, sus bracitos pegajosos se enredan en mi cintura con una calidez que no me atrevo a rechazar.
—¡Vamos, que tengo mil cosas que contarte! —dice con ese entusiasmo suyo que no debería afectarme tanto.
—Primero, lo primero, dulzura. Las clases —le respondo, en tono firme.
No puedo permitirme debilidades. Ni siquiera con ella.
—Ay, está bien —resopla, resignada, mientras me arrastra por los pasillos como si yo fuera la niña y no al revés.
Charlotte nos espera en el salón. Esa mujer tiene una mirada como cuchillos finamente afilados, cargada de una cortesía finida que me dan ganas de arrancarle de un zarpazo. Sonríe, claro. Siempre sonríe, con esa perfección plástica que esconde desprecio detrás de cada comisión.
Contengo mis ganas de enfrentarla. Me muerdo la lengua hasta sentir el sabor metálico del autocontrol.
Empiezo la lección, y Rosie, como siempre, brilla. Su mente es ágil, despierta, aún libre del veneno de los adultos. Me muero por preguntarle si Francisco ha vuelto a molestarla. Pero ¿cómo se lo digo? ¿Cómo formulo la pregunta sin romperle algo que aún no sabe que está en peligro? Su inocencia...
Y ahí está lo peor de todo.
Tiene una madre. Una madre que, si detectara siquiera una amenaza, se volvería una fiera sin dudar. Tiene un padre que la trata como si el mundo fuera suyo y nada pudiera lastimarla. Un tío que le regala el universo en forma de plumones, y una casa entera que gira a su alrededor.
Todo eso. Y aún así, sé que no es suficiente.
Los verdaderos depredadores no atacan desde fuera. Se infiltran. Se sientan a la mesa. Se ríen con tu hija. Esperan. Observador. Y un día, simplemente actúa. Sin que nadie lo vea venir. Sabré yo de eso.
—Oye, ¿viste las noticias? —pregunta Rosie sin apartar la vista de su cuaderno.
Su voz me arrastra de vuelta al presente.
—Quisieron opacar a papá, pero no pudieron.
—Sí —respondo, suave, como si no estuviera pensando en sangre y traición—. Me alegra que haya salido adelante. Lo merece. Lo está haciendo bien.
Le rozo la nariz con la yema de un dedo, y me devuelve una sonrisa tan pura que me parte en dos.
—Es el mejor —declara, inflando el pecho de orgullo.
—Exacto, mi amor. Por eso tú y yo lo vamos a apoyar siempre... como su hija y su mujer —dice Charlotte, con un tono tan meloso como venenoso.
La frase me atraviesa como un dardo envenenado. Me dan ganas de reírme. O de arañarle la cara.
Pero me limito a alzar una ceja y mirar el reloj, deseando que las clases terminen de una vez. No por Rosie. Por él.
Porque lo sé.
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Tras de ti
Mystery / ThrillerElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
