ARCHIVO 060

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Thaile

Una semana después.

Una semana después, mi mundo se ha reducido a las sábanas frías y pesadas que envuelven mi cuerpo como un sudario. Son mi refugio y mi tumba, el único lugar donde la realidad no puede tocarme. El paso del tiempo se ha vuelto una ilusión; los días se mezclan con las noches en un espeso letargo del que no deseo despertar. No sé si afuera hace sol o llueve. No me importa.

Cada mañana es una guerra que pierdo antes de siquiera abrir los ojos. Mi cuerpo, desgastado y ajeno, se rehúsa a obedecerme. Me hundo más en el colchón, como si pudiera desaparecer, como si pudiera borrarme de todo lo que me duele. A veces escucho pasos, murmullos cargados de una ternura inútil que no llega hasta mí.

—Ange, salgamos a pasear al jardín —me susurra Blanca con una voz frágil, como si temiera romperme con una palabra mal dicha.

—No me jodas —le gruño, la garganta seca, el alma aún más árida.

Ni siquiera abro los ojos para mirarla. Sé que se queda un rato allí, en el umbral, cargando esa culpa que quisiera lanzarme encima como una manta pesada, creyendo que su sola presencia puede salvarme. No puede.

Los Turner también aparecen. Siluetas vagas que dejan charolas de comida que ni toco, platos que se enfrían sobre una mesa olvidada, condenados a la misma indiferencia que siento por el mundo. A veces Marc se queda más de la cuenta, creyendo que con su sola respiración puede anclarme a esta vida que ya no quiero. Escucho el sonido de sus zapatos, su mano cerrándose y abriéndose en el respaldo de una silla, su silencio cargado de preguntas que jamás responderé.

—No puedes quedarte aquí para siempre, Thaile —dice una tarde, su voz baja, endurecida por una mezcla de frustración y... algo más oscuro que no quiero nombrar.

—Mírame —le escupo con amargura—. ¿Quién querría sacarme de aquí? ¿Quién querría ver esto?

Él no responde. No tiene cómo.

Me doy la vuelta, dándole la espalda al mundo. Al horror.

La culpa es mi única compañera. Un espectro insidioso que se instala en las esquinas de la habitación. Veo sus rostros cuando cierro los ojos: hombres, mujeres, a veces niños. Víctimas de mis manos, de mi voluntad quebrada. Escucho sus gritos ahogados en las paredes, siento sus miradas juzgándome, despellejándome lentamente.

Me pregunto si papá llegó a saberlo. Si alguna vez sospechó en lo que me había convertido. ¿Si fue eso lo que lo empujó a qué su corazón se detuviera de la decepción?

O quizás fue la miseria. Quizás fue el dinero que nunca logré enviar a Joyce, el dinero que les hubiera dado otra oportunidad. Tal vez, todo fue culpa mía. Tal vez, yo disparé el arma en su lugar.

Ese pensamiento me retuerce el estómago hasta darme arcadas. No lloro. No tengo lágrimas suficientes para limpiar la sangre que siento pegada a mi piel.

A veces, Blanca intenta tocarme. Extiende una mano temblorosa, como si yo fuera un animal salvaje a punto de morderla.

—Thaile... estás viva. Eso es lo que importa —dice, más para sí misma que para mí.

—No estoy viva. Solo estoy... respirando —le susurro con la voz rota.

Ella se cubre la boca con la mano, reprimiendo un sollozo que detesto escuchar. Se aleja lentamente, dejándome hundirme de nuevo en mi miseria.

Los días pasan como una mancha de tinta corriendo sobre el papel, irreversibles, incontrolables. Hay momentos en los que me despierto sudando, gritando, con el pecho aplastado por un terror que no puedo nombrar. Entonces oigo pasos apresurados, siento manos torpes tratando de calmarme, voces diciendo mi nombre. Pero todo suena lejano, como si me buscaran a través de un túnel que yo no tengo intención de cruzar.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora