ARCHIVO 028

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Marc

Llego a la mansión y Alice me recibe con su habitual formalidad, aunque noto una inquietud inusual en sus gestos.

—Buenos días, señor —me saluda con un leve asentimiento, como si temiera incomodarme—. Lo esperan en su despacho.

Le devuelvo el saludo, conteniéndome de preguntar por qué demonios aún sigue aquí. Sé que mi padre insistió en mantenerla después de lo de mamá, pero últimamente su lealtad parece estar más con él que conmigo.

—¿Y mi princesa? —pregunto, sin disimular mi ansiedad.

—La señora Charlotte la envió con sus abuelos, por seguridad...

Me detengo en seco.

—¿Cómo se le ocurre hacer eso sin consultarme?

—Todos estamos consternados por lo sucedido con el joven Francisco. Así que...

No la dejo terminar. Camino con pasos largos hacia el despacho. Abro la puerta de golpe y me encuentro con Roger, mi padre y Charlotte, como si estuvieran en una junta directiva para decidir el destino de mi hija.

—¿Cariño, cómo estás? —dice Charlotte, dando un paso como si quisiera abrazarme, pero se detiene al ver la furia en mis ojos.

—¿Por qué mandaste a Rosie con tus

padres sin avisarme?

—Porque allí estará segura —responde, con esa maldita condescendencia que la caracteriza—. Es más, creo que lo mejor sería que se fuera a Europa. A estudiar.

—No —mi voz es firme, cortante.

—Es lo mejor —insiste—. Si no estuvieras tan obsesionado con esa mujer, podría concentrarme en proteger a mi hija.

—No metas a Thaile en esto —le advierto—. Sí, puede que mi vida esté de cabeza, pero Rosie nunca ha estado más protegida que ahora.

—¿De verdad? ¿Después de lo de Francisco?

Roger interviene, intentando calmar el ambiente.

—La mansión está rodeada por un anillo de seguridad. Aquí nada puede pasarle. Además, no puedes aislarla de nosotros. Ella también es parte de esta familia.

—La familia se rompió hace tiempo —espeta, Charlotte mirándome con desprecio—. Así que ahora solo me queda proteger a los que realmente me importan.

Yo levanto la barbilla, desafiante.

—También es mi hija. Y antes de que tomes decisiones unilaterales, me las planteas. ¿Entendido?

—Sí, señor —me gruñe.

—Ve por ella. Y llévate un par de escoltas.

Charlotte se da media vuelta y sale como si le costara obedecer.

—Qué bueno que regresaste —dice mi padre, con voz grave, aún con los dedos apoyados en el puente de la nariz—. Hay mucho por hacer.

—Padre, por favor, acabamos de perder a Francisco —dice Roger—. ¿Y tú ya piensas en las elecciones?

—No vamos a llorar toda la vida por alguien que ya no está —responde él, tajante.

Roger se enoja.

—Claro, para ti es fácil. Olvidarte de las personas como si fueran desechables.

—¡Basta! —gruñe mi padre, levantándose de golpe—. No tengo tiempo para discusiones estériles. Hay una campaña que salvar y una amenaza real allá afuera.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora