ARCHIVO 027

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Thaile

La brisa sigue acariciando nuestros cuerpos, como si el viento no quisiera dejarnos ir. Estamos abrazados en la orilla del acantilado, envueltos en una calma que me resulta tan peligrosa como reconfortante. Este lugar, este momento... todo en él es una trampa.

—Me encantaría quedarme más tiempo aquí, pero deberíamos regresar, chérie —murmura Marc, como si odiara romper el hechizo.

Asiento con desgana, pero por dentro, siento el tirón de una realidad que me persigue como una sombra.

—¿Ya te sientes mejor? —pregunto al levantarme, esforzándome por que mi voz suene neutra, como si no me importara demasiado la respuesta.

—Sí... pero estaré mucho mejor cuando encuentre al responsable —su mirada se oscurece— y sepa que está donde debe estar: en prisión.

—¡Basta con eso, maldición! —mi voz estalla, más fuerte de lo que pretendía.

Él se detiene, sorprendido. Me observa con los ojos muy abiertos, buscando respuestas en mi rostro. Respiro hondo. Debería fingir debilidad, no rabia.

—Marc... —le tomo las manos, y lo obligo a mirar mis ojos. Pongo la voz temblorosa, la mirada herida—. No tengo miedo por mí... tengo miedo por ti.

Mentira.

Una mentira hábil, envuelta en ternura. Pero funciona. Puedo ver cómo su expresión se suaviza, cómo su rigidez se derrite bajo el calor de mi farsa.

—Temo que por tu búsqueda de justicia te hagan lo mismo que a Francisco... —continúo, con la tristeza calibrada al milímetro.

Él me acaricia el rostro con una ternura que no merezco.

—Eso no va a pasar... —responde, convencido. Tan jodidamente convencido.

Si supieras lo que tengo planeado para ti, chérie, no me tocarías así. No me besarías así. Te alejarías corriendo. O intentarías matarme primero.

—Si sigues buscando a quien no quieres encontrarte, sí —le advierto, bajando el tono, pero manteniendo el filo. No sabes lo cerca que estás del lobo.

Él me estudia. No con sospecha, sino con preocupación. Y entonces lo dice.

—Amor... —su voz es un susurro—. Todo va a estar bien, ¿ok?

Amor.

La palabra cae como un disparo en el pecho. Me congela. Me quiebra. Me enfurece.

Quiero reírme. Quiero gritarle. Quiero besarlo.

Y todo eso al mismo tiempo.

En cambio, simplemente lo miro. Y no digo nada.

Dejo que entrelace su mano con la mía. Le dejo creer que aún tiene el control.

El camino de regreso es un nudo silencioso. Cada kilómetro que avanzamos me pesa más que el anterior. Cuando finalmente llegamos a su condominio, él se gira hacia mí con una sonrisa suave.

—Servido, señor —murmuro con un deje de ironía en los labios, como si no acabara de contemplar el modo más limpio de arruinarle la vida.

Subimos a su departamento. Él se aleja, confiado. Se cree a salvo. Cree que me tiene.

Yo reviso mi celular.

Llamadas perdidas. Mensajes.

Y el que más odio ver.

[¡No me hagas ir por ti, Dubois!]

Aprieto los labios. Mi mandíbula se tensa. Maldigo al general en mi mente.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora