ARCHIVO 052

13.2K 802 200
                                        

Narrador omnisciente

El recién nombrado senador regresa a su hogar, pero no es solo el cansancio lo que pesa sobre sus hombros. Hay algo más, una especie de pesada euforia que le recorre el cuerpo, un sentimiento tan denso como la niebla que cubre su alma. El aire parece espeso mientras camina hacia la entrada, cada paso una mezcla de ansias y sombras que apenas sabe cómo procesar.

La puerta se abre y, como una visión en medio de su tormenta personal, su hija Rosie salta hacia él.

Su pequeña figura, tan llena de vida y pureza, lo envuelve en un abrazo cálido y suave, una salvación que no esperaba, pero que ahora necesita con desesperación.

—¡Papi!—la voz de Rosie es un grito de alivio, su alegría inconfundible. Como si todo en su mundo dependiera de la seguridad de su padre, como si nada más importara.

Papá. Es el título más legítimo que jamás ha recibido. Y cuando las pequeñas manos se aferran a su cuello, lo siente como una marca en su alma. Esa conexión que le da sentido, que le recuerda que aún hay algo por lo que luchar.

—¿Estás bien? —su pequeña pregunta destila una preocupación que lo alcanza, que lo hace vacilar, aunque no lo admita.

—Sí, princesa, estoy bien —responde él, y ella recibe el eco de las palabras de Thaile, que siguen resonando en su mente: "A ti y a Marc jamás les haría daño."

Rosie lo mira, su rostro iluminado por el alivio mientras lo abraza con fuerza.

—Ves, te dije que lo iba a devolver —interrumpe Nicolás con una sonrisa, demasiado satisfecho de sí mismo por algo que aún no entiende en su totalidad—. Solo no quería que se casara con Cruela.

Marc se permite reír, una risa nerviosa que se le escapa al ver la mirada llena de exasperación de Rosie dirigida a Nicolás. Ese tipo de pensamientos, tan inocentes y frágiles, lo arrastran de vuelta a una normalidad que ya no le pertenece. Todo está cambiando, y a veces teme que esos pequeños momentos de alegría sean lo único real en un mar de mentiras y caos.

—¿Señor? —Alice aparece en el umbral del salón, su voz quebrada por la sorpresa. La charola con limonada que llevaba para los niños casi cae al suelo, como si el simple peso de la situación la hubiera derrumbado.

—¿Dónde está todo el mundo? —pregunta Marc, su tono cargado de una incomodidad que ni él puede disimular.

—Buscándolo, señor —Alice tartamudea, recuperándose de la sorpresa mientras se limpia las manos, nerviosa por algo que no entiende del todo.

Marc saca su teléfono del bolsillo con un gesto brusco, lo enciende con rapidez, y se encuentra con lo que temía. Una avalancha de notificaciones lo invade: llamadas perdidas, mensajes, y un sinfín de actualizaciones en sus redes sociales que le clavan una daga invisible. El pulso se le acelera, y el nudo en su estómago se hace más fuerte.

Desliza la pantalla con rapidez, ignorando los mensajes de apoyo que lo ahogan. Lo único que busca es a su hermano. Marc no necesita pensar para marcar su número. El teléfono suena varias veces antes de que la voz de Roger le llegue, llena de esa calma que sabe tan bien ocultar las tormentas.

—Estoy en camino, hermano —le dice Roger, pero no puede ocultar el dejo de preocupación en su voz.

A su lado, los niños siguen jugando, ajenos a la tormenta que se avecina. Marc los observa sin realmente verlos, esperando, sumido en sus propios pensamientos oscuros. La tranquilidad parece tan frágil, tan efímera. Apenas media hora después, la puerta se abre y entra Roger, seguido por Elías, su esposa Blanche y, finalmente, Charlotte. La última se lanza hacia él con la urgencia de quien ha estado al borde del abismo.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora