ARCHIVO 056

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Narrador omnisciente

Los Turner y los Zhang, junto a Leah, formaban un círculo cerrado en medio de la vasta oscuridad que rodeaba las ruinas de la hacienda de Nathan. No había palabras; solo el sonido sordo del viento nocturno arrastrando cenizas viejas, el eco de un pasado que todavía supuraba maldad. Shun, persistente como una sombra, había vuelto una y otra vez al mismo punto señalado por el rastreador de Thaile. Ayer, finalmente, su obsesión dio frutos: bajo un falso césped tejido a la perfección con el real, sus dedos encontraron el borde de una tapa metálica oculta.

—Aquí es —murmuró Shun, su voz apenas un suspiro.

Con manos firmes y respiración contenida, levantó la trampilla, revelando una abertura oscura que exhalaba un olor rancio, mezcla de tierra, óxido y encierro. Era evidente: ésa había sido la vía de escape. Mientras las fuerzas de rescate combatían el incendio en la superficie, los culpables habían desaparecido por estas entrañas, llevándose consigo a Thaile... y al bebé que Marc ni siquiera había podido conocer.

—Lo más seguro es que se hayan ido por aquí. Eso explica por qué nunca los cruzamos cuando llegamos la primera vez —comentó Shun, sus ojos brillando con una mezcla de furia y esperanza.

El equipo de rescate se movilizó con rapidez, cada uno consciente de lo que estaba en juego. Cruzaron la abertura como espectros en busca de justicia, descendiendo uno tras otro por una angosta escalera de hierro oxidado que crujía bajo sus botas. La oscuridad era casi total, cortada apenas por el verde espectral de sus visores infrarrojos. El pasillo era un túnel interminable, las paredes sudando humedad, como si la tierra misma lamentara lo que había visto.

Al fondo, una puerta de acero oxidado bloqueaba el paso. Shun levantó el puño en señal de alto. Los que portaban la bazuca se adelantaron, sus movimientos mecánicos y letales. Un rugido ensordecedor rompió el aire cuando la puerta voló en pedazos, revelando un mundo aún más perverso.

Un lúgubre corredor se desplegaba ante ellos, como un hotel barato surgido de una pesadilla: alfombras manchadas, luces parpadeantes y puertas entreabiertas que dejaban ver escenas que desgarraban el alma. Varios hombres, vestidos con camisas baratas y armas al cinto, iban y venían, arrastrando a jóvenes con rostros devastados por el miedo.

Por un instante eterno, ambos mundos —el de los captores y el de los rescatistas— se miraron en brutal reconocimiento.

Entonces, el caos estalló.

Uno de los traficantes, impulsado por la desesperación, sacó su pistola y apuntó directo al pecho de Shun. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, una bala le estalló el cráneo en un estallido de hueso y sangre, lanzándolo hacia atrás como una marioneta rota.

—¡No en mi turno, cerdo! —rugió Wilson, avanzando como una bestia desatada—. ¡Concéntrate, Shun!

El eco de los disparos retumbó en los pasillos mientras el equipo se desplegaba. Las mujeres, al ver la oportunidad, corrieron, tropezando, gimiendo, algunas apenas capaces de moverse, guiadas más por el instinto de sobrevivir que por la razón.

—¡Deténganlos a todos! ¡Nadie sale de aquí vivo si se resiste! —bramó Leah, su autoridad cortando el aire como un látigo.

Los agentes se lanzaron sobre los hombres, golpeando, esposando, derribándolos contra las paredes mohosas. Los chillidos de alivio de las mujeres se mezclaban con los gritos de terror de los captores. La sangre ya teñía la alfombra cuando comenzaron a evacuar a las víctimas hacia una salida oculta que conectaba con una discoteca abandonada... de donde también emergían disparos, gritos y el hedor metálico de la violencia.

Pero Shun no se detuvo.

Mientras todo ardía detrás de él, siguió el rastro del localizador de Thaile, sus sentidos afinados como los de un depredador. Sus pasos lo llevaron a una sección de la pared tapizada en terciopelo rojo. Allí, a simple vista, parecía no haber nada... pero sus dedos encontraron una imperfección, una grieta apenas perceptible.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora