ARCHIVO 044

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Narrador omnisciente

El sol de la media tarde se filtraba por la gran ventana como una presencia silenciosa, cálida pero ajena, iluminando con crueldad la habitación donde Thaile despertó. El primer parpadeo trajo consigo la conciencia de lo desconocido: no estaba en su cama, ni en su ciudad, ni siquiera cerca de la vida que había fingido tener. Se acercó al ventanal, aún en ropa interior porque la sofocó el calor, sin preocuparse por su estado. Afuera, los mismos hombres armados de la noche anterior seguían apostados como estatuas vivientes. Más allá, junto a una parrilla rústica, sus compañeras y aquel hombre excéntrico que conoció brevemente preparaban una barbacoa con leña, la carne chisporroteando entre llamas y humo.

Sintió un hambre animal, insaciable. Quizá por haber dormido profundamente por primera vez en semanas. Quizá por la tensión acumulada que se transformaba ahora en un apetito voraz. De vistió y bajó sin decir palabra, atraída por el olor, y sin miramientos, tomó un picador de madera rebosante de carne asada. El humo le nublaba la vista y las manos le ardían, pero siguió devorando como si algo en su interior supiera que este momento de placer era tan efímero como falso.

—Disfruta, disfruten, mis bellas flores. Todo esto es para ustedes —dijo el extraño, su voz como una caricia envenenada, los ojos clavados en ella con una fascinación mística.

—Madame, él es San Nathan —dijo Barbie con una sonrisa cargada de devoción. —Señor, ella es Madame. Su nueva joya.

Nathan se acercó como quien observa un hallazgo interesante. La estudiaba, no como a una persona, sino como a una criatura que aún no decide si será salvaje o servicial.

—Me dice mi Barbie que eres diestra con la tecnología —comentó con aire casual—. Nos vendría de maravilla una mente como la tuya. Aquí todos saben sobrevivir, pero nadie sabe desaparecer.

—Ajá, qué bien. ¿Puede dejarme comer en paz? —gruñó Thaile sin molestarse en mirarlo, mientras seguía engullendo.

Nathan soltó una carcajada suave, deleitado más que ofendido. La insolencia no lo perturbaba; le gustaban los retos.

—Es un poco arisca todavía —intervino la pelinegra con dulzura—. Pero se adaptará, señor. Todas lo hacemos.

—Seguro que sí —dijo él, sin apartar la mirada. Luego, casi como quien comenta el clima: —Ya viene la laborista para hacerles los análisis de rutina.

—¿Análisis? —repitió Thaile, deteniendo el bocado justo antes de llevárselo a la boca.

—Claro —dijo Nathan, con una sonrisa imperturbable—. Quiero asegurarme de que están sanas. No traigo flores marchitas a mi jardín.

—Pensé que eso era solo para sus putas, señor —intervino Kenny sin alzar la vista, mientras alimentaba a su hijo con una mano y jugaba con un móvil con la otra.

—También —replicó él—. Pero ustedes acaban de salir del encierro. A saber con quién se mezclaron o qué toxinas llevan dentro.

Barbie, siempre dócil, tomó su mano y besó el dorso con la reverencia de quien besa un anillo papal. —Gracias por pensar en nosotras.

Thaile sintió cómo el apetito se le evaporaba de la boca, reemplazado por una náusea helada. Su instinto de supervivencia, ese que nunca la había abandonado, se activó como una alarma silenciosa. Se irguió, intentando mantener la compostura.

—Yo no estuve tanto tiempo adentro. No creo que sea necesario —intentó decir, con voz suave pero tensa.

—Sí, sí lo es —respondió Nathan sin levantar la voz, sin mostrar molestia. Justo por eso, sus palabras calaron más hondo. Luego se alejó con una lentitud que decía más que cualquier amenaza.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora